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NUESTRA HISTORIA EN LIBROS

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Historia de los indios de la Nueva España, Fray Toribio de Motolinía.
(Madrid, Castalia, 1991)
Fray Toribio de Paredes o de Benavente, apodado por los indios “Motolinía” (“pobre” en náhuatl) fue un fraile franciscano español nacido en Benavente en 1482 y fallecido en México en 1569. Su obra principal es esta “Historia de los indios de la Nueva España”, concebida como respuesta al conocido libelo de Bartolomé de las Casas. No se trata, sin embargo, de una hagiografía de la conquista española de América. Muy al contrario, al autor no le duelen prendas de señalar todo tipo de injusticias cometidas por los españoles contra los indios. Pero lo hace con mucha mayor objetividad que el dominico, y sobre todo evitando la generalización. Interesante resulta la comparación que el franciscano hace entre la Nueva España anterior a la llegada de los españoles y la posterior. “En esta Nueva España –dice- siempre había muy continuas y grandes guerras, los de unas provincias con los de otras, adonde morían muchos, así en las peleas como en los que prendían para sacrificar a sus demonios. Ahora por la bondad de Dios se ha convertido y vuelto en tanta paz y quietud y están todos en tanta justicia que un español o un mozo puede ir cargado de barras de oro  trescientas y cuatrocientas leguas, por montes y sierras, y despoblados y poblados, sin más temor que iría por la rúa de Benavente”. De similar manera se refiere a la conversión de los indios, especialmente de los tlaxcaltecas aliados de España, quienes -dice- “ahorraron (libertaron) más de veinte mil esclavos, y pusieron grandes penas que nadie hiciese esclavo, ni le comprase ni vendiese, porque la ley de Dios no lo permite”.
Pero la actividad de Motolinía no es meramente descriptiva. Como ya hemos dicho, objetivo suyo muy principal fue desmontar las burdas exageraciones de Bartolomé de las Casas. En enero de 1555 envió a Carlos I una dura carta advirtiéndole contra los argumentos del dominico. “Él (Bartolomé de las Casas) se atreve a mucho, y muy grande parece su desorden y muy poca su humildad. Y piensa que todos yerran y que él solo acierta (…). Yo me maravillo cómo vuestra majestad y los de vuestros consejos han podido sufrir tanto tiempo a un hombre tan pesado, inquieto e importuno y bullicioso y pleitista, en hábito de religión tan desasosegado, tan malcriado y tan injuriador y perjudicial y tan sin reposo (…). A los estancieros, calpixques y mineros llámalos verdugos, desalmados y crueles, y dando caso que algunos haya habido codiciosos y mal mirados, ciertamente hay otros muchos buenos cristianos y piadosos y limosneros, y muchos de ellos casados viven bien (…). Y sepa vuestra majestad por cierto que los indios de esta Nueva España están bien tratados y tienen menos pecho y tributo que los labradores de la vieja España”. Pero la polémica tenía ya un vencedor previo: el poder de Bartolomé de las Casas en la Corte era tan grande que a raíz de su carta Motolinía se vio obligado a pasar sus últimos quince años de vida escondido y bajo nombre falso. Fue la propia España la que apostó en origen por enfangarse en una supuesta culpa, renunciando de ese modo a la verdad. Gloria de un Imperio que no dudó en evaluar sus propias actitudes con dureza hasta entonces desconocida.


Historiadores de Indias, VV.AA. (Selección, estudio y notas de Germán Arciniegas)
(Barcelona, Océano-Éxito, 1986)

Otro buen número de testimonios de primera mano referidos a la conquista española del Nuevo Mundo. Se trata de una selección de textos originales recopilados por el historiador y político colombiano Germán Arciniegas (1900-1999). Entre ellos, de Bartolomé de las Casas, Cristóbal Colón, el inca Garcilaso, Bernal Díaz del Castillo… De este último se recogen pasajes sueltos de su Historia de la Nueva España, ya reseñada en estas páginas. Suyo es este párrafo acerca de la victoria sobre los chulultecas en Nueva España. Dice Bernal Díaz: “Y no tardaron dos horas cuando llegaron allí nuestros amigos los tlascaltecas (…) y les hacen grandes daños porque estaban muy mal con los de Cholula. Y desde que aquello vimos, ansí Cortés y los demás capitanes y soldados por mancilla que hubimos de ellos (es decir: “sintiéndonos ofendidos por ello”), detuvimos a los tlascaltecas que no hiciesen más mal (…). Y (Cortés) les dijo que volviesen los hombres y mujeres que habían cautivado, que bastaban los males que habían hecho. Y puesto que se les hacía de mal devolvellos y decían que de muchos más daños eran merecedores por las traiciones que siempre de aquella ciudad han rescibido, y que por mandallo Cortés volvieron muchas personas, mas ellos quedaron de esta vez ricos, ansí de oro, y mantas y algodón y sal y esclavos; y además de esto, Cortés los hizo amigos con los de Cholula, que, a lo que yo vi y entendí, jamás quebraron las amistades”.
Otro de los autores compilados es el inca Garcilaso de La Vega, mestizo hijo de un capitán conquistador español y de una nieta del emperador inca Túpac Yupanqui. El testimonio de Garcilaso es especialmente interesante, no solo por su ascendencia sino porque no suele mostrarse condescendiente con los excesos de los conquistadores. Por eso resulta significativo el relato que hace de la derrota de los anilcos en Nueva Granada: Una vez que entran en el pueblo los guachoyas, indios aliados de los españoles, “a ninguna persona de ningún sexo ni edad que en el pueblo hallaron quisieron tomar con vida sino que las mataron todas, y con las más capaces de misericordia como viejas ya en la extrema vejez, y niñas de teta, con estas usaron de la mayor crueldad, porque a las viejas despojándolas esa poca ropa que traían vestida las mataban a flechazos tirándolas más a las partes pudendas que a otras del cuerpo, y a los niños cuanto más pequeños, los tomaban por una pierna y los flechaban en alto y en el aire antes que llegasen al suelo, los flechaban entre cinco o seis, más o menos como acertaban a hallarse (…), las cuales cosas vistas por algunos castellanos que no habían podido los indios encubrirlas tanto como quisieran, dieron luego noticia de ellas al gobernador, el cual se enojó grandemente de que hubiesen hecho agravio a los de Anilco (…) y reprendió al cacique de lo que sus indios habían hecho y para prevenir que no hiciesen más daño mandó echar bando que so pena de la vida nadie fuese osado pegar fuego a las casas ni hacer daño a los indios y porque los guachoyas no ignorasen el bando mandó que los intérpretes lo declarasen en su lengua”.
Podemos acabar, en fin, este repaso al libro, con el testimonio de un fraile, Fray Pedro Aguado, sobre de la conquista de Nueva Granada. En él nos narra el episodio en que un soldado español llamado Juan Gordo roba cuatro mantas a unos indios. Estos acuden al general Jiménez de Quesada y este “lleno de cólera de este negocio (…) procuró inquirir y saber qué soldado fuese aquel; y sabido, hizo a su alguacil que estuviese a punto y que en llegando lo prendiere, lo cual se hizo ansí; y por este pequeño exceso, que aún no se averiguó de ello (es decir: por la simple palabra de los indios), para ejemplar castigo de todos hizo otro día de mañana ahorcar y dar garrote a Juan Gordo”.

Cartas de la conquista de México, de Hernán Cortés
(Madrid, Sarpe, 1985)

Siguiendo con el argumento de nuestra propuesta anterior, aquí tenemos otra obra-fuente, más interesante si cabe que la de Bernal Díaz del Castillo por venir de la pluma del mismo capitán Hernán Cortés. Este libro rompe el tópico del conquistador tosco e iletrado y el de que España envió a América le hez de su sociedad. Se trata de una serie de cartas escritas por Cortés entre el año 1519 y el 1526 y dirigidas -a excepción de la primera- a su rey el emperador Carlos V. El extremeño Hernán Cortés (1485-1547) estudió leyes durante dos años en la Universidad de Salamanca. No llegó a obtener su título, pero esa formación universitaria queda reflejada en la calidad literaria de sus escritos. No era, por tanto, un desgarramantas. Con no mucho más de ochocientos hombres, y aliándose con los pueblos sojuzgados por los aztecas, sometió sucesivamente al emperador Moctezuma y a su sucesor Cuauhtemoc. Fue un soldado compasivo y honorable, como muestran sus textos, del que es una prueba señera el que sigue: “E yo miré desde aquella torre lo que teníamos ganado de la ciudad que sin duda de ocho partes teníamos ganado las siete; e viendo que tanto número de gente de los enemigos no era posible sufrirse en tanta angostura (…) y sobre todo la grandísima hambre que entre ellos había (…) acordé de los dejar de combatir por algún día y movelles algún partido por donde no pereciese tanta multitud de gente; que cierto me ponía en mucha lástima y dolor el daño que en ellos se hacía, y continuamente les hacía acometer con la paz; y ellos decían que en ninguna manera se habían de dar, y que uno solo que quedase había de morir peleando (…); y yo, por no dar mal por mal, disimulaba en no dar combate”.
Honorable fue, desde luego, hasta el final de sus días, aun en medio de la ingratitud del rey, como se ve en su última carta enviada al emperador Carlos desde Tenoxtitlán el 3 de septiembre de 1525: “Yo, aunque vuestra majestad más me mande desfavorecer, no tengo de dejar de servir; que (…) yo me satisfago con hacer lo que debo y con saber que a todo el mundo tengo satisfecho y le son notorios mis servicios y lealtad con que los hago; y no quiero otro mayorazgo para mis hijos sino este”.


La lucha por la justicia en la conquista de América, de Lewis Hanke (1959)
(Madrid, Istmo, 1988)

Lewis Hanke (1905-1993) fue un hispanista norteamericano especializado en la conquista y civilización de América por los españoles. Fue profesor en las universidades de Massachusetts y Columbia. Uno de sus libros más celebrados es este que aquí presentamos, La lucha por la justicia en la conquista de América, donde queda meridianamente claro el esfuerzo de buen número de españoles de los siglos de Oro por impregnar el proceso de dominación del Nuevo Continente de valores y principios humanitarios, evidentemente cristianos. Así lo afirma el autor en el prólogo del volumen: “Este libro se propone demostrar que la conquista de América por los españoles no fue solo una extraordinaria hazaña militar en la que un puñado de conquistadores sometió todo un continente en un plazo sorprendentemente corto de tiempo, sino, a la vez, uno de los mayores intentos que el mundo haya visto de hacer prevalecer la justicia y las normas cristianas en una época brutal y sanguinaria”. Son cerca de seiscientas páginas de datos irrefutables que conviene leer y tener al alcance de la mano en la biblioteca particular junto a los ya reseñados de Juderías, Levene y Powell.


La Mentira histórica desvelada, de Juan Luis Beceiro García (1994)
[Madrid, Ejearte, 1994]

El aparato documental contra la llamada “leyenda negra antiespañola” es tan extenso y minucioso que resulta difícil entender cómo es posible que los españoles del común hayan dejado empañar con tamaña ligereza su prestigio histórico -es decir, su honorabilidad nacional- respecto a su tarea civilizadora en América. Hoy traemos a estas páginas un nuevo ejemplo. Su autor, Juan Luis Beceiro (1936), es un abogado e historiador gallego que ha dedicado parte sustancial de su obra a reivindicar esa tarea civilizadora. La mentira histórica desvelada fue escrita con ocasión del quinto centenario del descubrimiento de América y es, como su nombre indica, un documento decisivo que refuta sin discusión  y con ingente profusión de datos casi todas las acusaciones que se hacen a España acerca de su actitud en América durante los siglos que la administró. El volumen cuenta con cerca de seiscientas cincuenta páginas sin desperdicio, y merece ser leído si se quiere disponer de un argumentario exacto con que romper prejuicios. Especial atención exigen algunos de los apéndices finales, especialmente el que hace referencia a la presencia militar española en el Nuevo Continente.


TU  BIBLIOTECA  HISPÁNICA  RECOMENDADA
Conociendo Nuestra Historia

      

-Árbol de odio, de Philip W. Powell (1972)
(Madrid, Iris de Paz, 1991)
   
-La leyenda negra, de Julián Juderías (1914)
(Madrid, Atlas, 2007)
  
-Las Indias no eran colonias, de Ricardo Levene (1951)
(Madrid, España-Calpe, 1973)

-La unidad religiosa y el derrotismo católico, de Rafael Gambra  (1969)
(Buenos Aires, Editorial Nueva Hispanidad, 2006)
 
-La España por venir, de Miguel Argaya
(Madrid, Milenio Azul/Visionnet, 2006; ejemplares disponibles en nuestra página)

-Derrota, agotamiento, decadencia, en la España del siglo XVII, de Vicente Palacio Atard.
(Madrid, Rial, 1966)
  
-La Historia de España, de Marcelino Menénez Pelayo
(Madrid, El Buey Mudo-Ciudadela, 2011)

-España inteligible, de Julián Marías
(Madrid, Alianza Editorial, 2014)

-Una hora de España (entre 1560 y 1570), de Azorín (1924)
(Madrid, Alianza Editorial, 2011)
   
-Lo que el mundo le debe a España, de Luis Suárez
(Barcelona, Editorial Planteta, 2012)
 
-Hispanoamérica del dolor, de Jaime Eyzaguirre (1969)
(Edición más reciente: Hispanoamérica del dolor y otros estudios. Madrid, Agencia Española de Cooperación Internacional (Ediciones de Cultura Hispánica), 1979)
  
-Defensa de la Hispanidad, de Ramiro de Maeztu (1934)
(Edición actual en Editorial Homo Legens, 2011)
  
-Idea de la Hispanidad, de Manuel García Morente (1943)
(Edición actual en Editorial Homo Legens, 2008)

 


 
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