MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio
 

 

T E M A S

BREVES REFLEXIONES POLÍTICAS
D. Negro

                                                                                                                          
                                                                                                                       

En el siglo XX no se ha hablado mucho de la oligarquía, salvo en los relatos históricos, retóricamente, o en sentido condenatorio para criticar a algún sistema de poder enemigo, no grato, o poco simpático. De acuerdo con Stolleis se habla en cambio continuamente de la democracia y la dictadura como las únicas alternativas posibles. Esta dicotomía forma parte de la vulgata del modo de pensamiento totalitario, doctrinalmente igualitarista, cuya idea del gobierno es completamente nueva. “Propongo aceptar el surgimiento y ascenso del totalitarismo como una forma de gobierno demostrablemente nueva”, escribía Arendt. Y como su componente utópico la presente, además de innovadora, como “definitiva”. Cualquier otra forma que no sea la democrática según la entienda el pensamiento totalitario, de profesión progresista, es una dictadura, por muy liberal que pueda ser. Es como lo de Borges sobre los comunistas, que afirman que ser anticomunista es ser fascista. Algo tan incomprensible, decía Borges, como decir que no se católico es ser mormón. Las religiones seculares, políticas o de la política, son incompatibles entre sí. De ahí que se las llame también religiones de guerra.
Conviene hacer ciertas precisiones aunque sean muy someras, porque la crisis actual, en la que las oligarquías dirigentes socialdemócratas, el socialismo light, están lapidando a las clases medias y con ellas a las naciones en nombre de la democracia, ha puesto sobre el tapete el tema de la oligarquía. Pareto ere muy duro con la socialdemocracia que, como indica su nombre, pretende monopolizar la democracia. En su opinión, que puede haber influido en el relativo olvido y desconocimiento de su pensamiento, los líderes socialistas italianos eran “una aristocracia de bandidos”.
En este sentido tiene interés echar una breve ojeada a algunas opiniones sobre la democracia contemporánea, repleta de mitos. El principal, el de la democracia como una panacea.

Ortega había denunciado la “democracia morbosa” en los años veinte y, en 1949, previno a los estudiantes berlineses en su famosa conferencia De Europa meditatio quaedam, de que esa palabra “se ha vuelto ramera”, pues cohabita con múltiples significaciones. Hace más de veinticinco años, un escritor norteamericano encontró unas seiscientas cincuenta definiciones de la democracia.
Decía también Ortega que la palabra “democracia” es hoy “estúpida y fraudulenta”. Su uso cotidiano con cualquier motivo suena ya muchas veces como la invocación de una religión civil. “Antidemocrático” suena como pecado. John Dewey, cuya influencia ha sido enorme como educador de varias generaciones, entendía así la democracia que, debido en buena medida a la ideología “americanista”, ha degenerado de hecho en el fanatismo (“la anulación de toda diferencia”, decía Hegel) democrático. La palabra empieza a ser un tópico demagógico o una superstición. Eso reflejaría una insensibilidad hacia su contenido, que precedería a su declive. Hayek propuso sin éxito, por ese motivo, sustituir la palabra democracia por demarchía para librar su contenido del envilecimiento.
Algo gravísimo, pues, en un tiempo en el que no existen autoridades indiscutibles reconocidas, el principio de la libertad política o colectiva constituye la única garantía de las libertades. Los poderes intermediarios incluida la familia y las instituciones –salvo si están en manos de la oligarquía- están prácticamente controlados si no destruidos como tales poderes por el intervencionismo estatal. Sin embargo hay un problema: ¿es la libertad política el principio de la democracia como pensaba Platón, o es un principio más general, un presupuesto? Coincidiendo con Hoppe y otros autores, F. Karsten y K. Beckman niegan en un sugerente ensayo reciente sobre la democracia parlamentaria, que democracia signifique libertad y tolerancia: “uno de los mitos más tenaces en relación con la democracia consiste en que es lo mismo que “la libertad”. Para muchas gentes, la libertad va de suyo con la democracia, igual que las estrellas acompañan a la luna. Pero de hecho, la libertad y la democracia son opuestas.
Los autores del panfleto Beyon Democracy apelan a la autoridad de Aristóteles, en cuya época la democracia no había sido sacralizada ni identificada con una religión: “la democracia ilimitada es, lo mismo que la oligarquía, una tiranía repartida sobre un gran número de personas”. Para Aristóteles, la democracia como gobierno del demos, al estar al servicio de los intereses de clase, devalúa el principio constitutivo de la Polis, lo común como una relación orgánica armoniosa de las partes con el todo, dejando la Ciudad de ser una koinonía o comunidad natural. Sin embargo, la palabra demos alude a la décima parte del total de los ciudadanos, pues la participación se ordenaba separando a los votantes en partes, calculando que cada barrio de la ciudad contenía la décima parte de los ciudadanos (demos equivaldría más o menos a barrio o al grupo formado por sus habitantes) y puede indicar el predominio de un barrio si sus habitantes, al preferir en bloque a los suyos, imponen la oligarquía.
Lo que sí es seguro es que una de las causas de la inoperancia de la democracia cuando no es contraria a la libertad y a la tolerancia natural –algo evidente sin necesidad de pruebas fehacientes en las democracias populares soviéticas y semejantes-, y de su creciente descrédito consiste, justamente, en la intuición de que facilita el reino de la oligarquía, aunque no se miente esta palabra. El demócrata escéptico Zagrebelsky reconoce que es precisamente en la democracia donde al régimen político “se presta mejor a generar y mimetizar oligarquías”. La célebre frase de Churchill, “la democracia es el peor de todos los regímenes exceptuando todos los demás”, podría interpretarse como una manera cínica, o por lo menos irónica de sugerir que la democracia extiende la oligarquía al favorecer las ocasiones y proporcionar los medios para que todos puedan aspirar a ser oligarcas sin merma del sortilegio de la palabra. “Bajo la apariencia de la democracia, prospera en realidad una oligarquía”, acepta P. Manent: “la minoría de los que poseen el capital material y cultural manipula las instituciones políticas en su propio beneficio”.

                                                      
                                                                                                                          

                                                                                                                           
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