MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio
 

 

T E M A S

BREVES REFLEXIONES POLÍTICAS
D. Negro

                                                                                                                          
                                                                                                                       

“Mandar –decía Ortega- no es simplemente convencer ni simplemente obligar, sino una exquisita mixtura de ambas cosas”. Es hacer que se haga algo. Prácticamente lo mismo que Santo Tomás en el siglo XIII: “mandar es mover por la razón y por la voluntad”. Mandar políticamente consiste en servir al pueblo, no en dominarle, entremeterse en su vida normal o natural o explotarle, y obedecer consiste en cooperar con el poder con confianza, lealmente –de acuerdo con la ley-, sin servilismo.

El mando dictatorial antepone la obligación al convencimiento, que viene por sí solo según los resultados, y para entender la oposición de los griegos a la dictadura es preciso tener en cuenta que concebían la política como un arte medicinal para curar los males de la vida colectiva, idéntica para ellos a la vida de la Ciudad. El dictador sería como el “cirujano de hierro” de Joaquín Costa. Mas, como se indicó arriba, al suspender o suprimir por definición la libertad política en la Polis, desaparecía la ciudadanía, y eso era para los griegos una forma bárbara de gobernar, un despotismo o una tiranía. Palabra esta última que designaba originalmente una forma monárquica, a veces como un cumplido, antes de que Platón y Jenofonte le dieran la connotación peyorativa que acabó por imponerse. Al descubrir la política como el arte de sanar la Polis, los griegos, en vez de apelar a la dictadura, discurrieron las formas mixtas de gobierno.

Hay tres interesantes ejemplos clásicos de la dictadura: uno, que sirve para ilustrar que la oligarquía como forma trascendental del gobierno no es condenable sin más, puesto que obedece a la realidad de la naturaleza humana es, paradójicamente, la Atenas democrática de Pericles, el general autor de la célebre Oración fúnebre por los muertos en la guerra del Peloponeso transmitida por Tucídides. Europa ha heredado sobre todo de esa Atenas la idea de la democracia como la forma de gobierno más libre y, según eso, la forma perfecta del gobierno y del orden o régimen político.

La democracia ateniense fue posible gracias a que la sostenía en la trastienda el prestigio de ese general, una especie de dictador en la sombra o protector de la república ateniense –se podía decir, parodiando al socialista Indalecio Prieto, que demócrata a fuer de liberal-, con cierta semejanza con Cromwell, quien no quería ser dictador por cuestión de principios y se presentaba como protector de la primera república en el mundo moderno (duró diez años) en un espacio mayor que el de algunas pequeñas ciudades. Su fracaso ha debido influir en Montesquieu. Es muy conocida la ironía de Sócrates, nada absurda aunque no fuera del caso, de que quien mandaba en realidad en Atenas, no eran los demócratas sino la hijastra de Pericles, pues su mujer mandaba en el general y en ella mandaba su hija. Como observó Aristóteles, la democracia incluye, a diferencia de la oligarquía, a los ciudadanos más pobres y débiles, de modo que el prestigio de Pericles, un auténtico aristócrata, sirvió para que pudieran participar en la vida política.

El segundo ejemplo es el romano. Los romanos, un pueblo de juristas, tenían mentalidad campesina y aristocrática, mentalidades que suelen ir unidas. Y mientras en Grecia los politai o ciudadanos pertenecían a la Polis, en Roma, la Urbs, Civitas o Ciudad pertenecía jurídicamente a los cives, los ciudadanos. Celosos del Derecho, eran menos arcaizantes y naturalistas que los griegos y tenían un sentido de la política fundada en el principio salus populi suprema lex est, más amplio, más concreto y más jurídico. Incluía el ius vital ac necis (derecho de vida y muerte) como el símbolo de lo que podría llamarse entonces la soberanía del pueblo como depositario de la autoridad, institucionalizada en el Senado formado por los patres conscriptii y de la divinidad, los dioses de la urbs.

En la Urbs, la dictadura era un recurso legal para afrontar las situaciones excepcionales. No se abolía el Derecho, pues actuaba de acuerdo con un estatuto jurídico especial (el famoso artículo 48 de la constitución de Wimar era un remedo) consistente sustancialmente en extender a la vida civil en esos casos extremos la potestad de origen sagrado del imperator, el jefe militar que tenía en el campo de batalla la potestas absoluta, respaldada por la auctoritas, del ius vitae ac necis. A diferencia del juez, cuyo modo de sentenciar o decir el derecho viene del dicare, ius dicare, algo así como indicar el ius –el juez, que es autoridad, no ejecuta-, la palabra dictadura deriva del verbo dicere: el dictador no indica, dique qué hay que hacer sin contradicción posible y además ejecuta.

La dictadura era para los romanos una pócima necesaria para salvaguardar la salud de la Ciudad, del populus, cuando, incapaces de cumplir su función los mores, las costumbres éticas –la Cortesía, la Sittlichkeit hegeliana- y el Derecho, peligraba la libertad colectiva o bien peligraba la Ciudad por causas exteriores. Era una institución pensada para situaciones límite o excepcionales intensamente políticas al estar en cuestión la existencia de la Civitas. La voluntad expresa del dictador era ley en un sentido mucho más fuerte y abarcador que las sentencias judiciales, puesto que se refería a los intereses colectivos: a Roma como un todo. Solamente se le exigía que salvase la situación restaurando la normalidad, el orden jurídico-político que garantiza el orden social, en el plazo máximo de seis meses.

El objeto de la dictadura, fórmula tan intensamente política que al absolutizarla la sobrepasa, no consistía tanto en administrar la cosa pública, asunto relativamente secundario en esos casos, como en decidir lo pertinente a la salus –salud y salvación- de la Urbs. El dictador disponía al efecto de todos los poderes, con la reserva de que, si bien Aristóteles distinguió ya las ramas legislativa, ejecutiva y judicial, la antigüedad desconocía la división de poderes, impensable para los griegos y los romanos. Para ellos, el poder político era el “ejecutivo”, el que manda y gobierna, no el que hace las leyes.

El tercer ejemplo es Inglaterra. Donoso Cortés observó que la dictadura se establece allí en situaciones excepcionales suspendiendo sin más trámite el principio constitucional England abhorr coalitions –al parecer ahora en decadencia- al unirse o aliarse el gobierno y la oposición sin distinguir entre los poderosos y los débiles.

La dictadura clásica es una situación intensamente política que suspende provisionalmente el orden o régimen político, pues el gobierno no tolera la menor oposición, ya que, dadas las circunstancias, queda en suspenso la libertad política en virtud del citado principio salus populi suprema lex est, a la vez que protege las demás libertades, siempre que no obstaculicen ese supremo principio político.

                                                      
                                                                                                                          

                                                                                                                           
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