MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

BREVES REFLEXIONES POLÍTICAS
D. Negro

                                                                                                                           
                                                      

Además de los poderes intermediarios, más eficaces mientras no se corrompa el êthos, Montesquieu había propuesto como remedio la separación de poderes siguiendo a Blackstone, para contrarrestar la tendencia oligárquica del poder, sin tocar el fondo del asunto. Pues, como explica agudamente Odo Marquard, esa teoría constituye un caso especial de la división general de poderes que se da en la realidad como consecuencia natural de la diversidad de los modos o formas de pensamiento.
Escribe Marquard, citando a Montesquieu: “Sólo hay libertad individual allí donde el individuo no está sometido a la intervención exclusiva de un único poder exclusivo [Montesquieu pensaba ya en términos estatales], sino que existen varios poderes (independientes entre sí) que, al agolparse para intervenir sobre el individuo, se entorpecen y limitan entre sí: los hombres cobran su libertad individual frente a la intervención exclusiva de cada uno de ellos, sólo porque cada uno de esos poderes restringe y debilita la intervención de todos los demás”. Tocqueville observó que la aplicación a la vez formal y material de este principio cautelar en los Estados Unidos y, coherentemente, el rechazo del parlamentarismo, instituía un republicanismo que, combinando formalmente la monocracia (presidencialismo), la aristocracia (en realidad oligocracia) y la democracia –las iglesias y confesiones conservaban la auctoritas-, diferenciaba sustancialmente la democracia norteamericana de la europea.
En lo que concierne a Inglaterra, la nación que disfrutaba entonces de más libertad política, Hobbes había denunciado ya, especialmente en Behemoth, su libro sobre la guerra civil, el carácter oligárquico del Parlamento, frente al que postulaba la Monarquía Absoluta. Tras la Revolución francesa, cuyo régimen burgués inequívocamente oligárquico contó en la isla con admiradores como Price –contra los que escribió Burke sus famosas Reflexiones-, volvieron a la carga, como se indicó antes, conservadores como Coleridge y liberales como Bentham y sus respectivos seguidores, entre ellos dudosamente Stuart Mill. La crítica más radical fue, seguramente, la de Coleridge, sucesor político de Burke al frente de su escuela. Unos y otros denunciaron el gobierno inglés como clasista. Las críticas consiguieron que comenzara a ampliarse el censo electorales 1832, tardándose empero casi un siglo en llegar al sufragio universal, lo que no significa que Inglaterra sea una democracia.

La cuestión se planteó en Francia durante la Restauración y se agudizó desde 1830 bajo la Monarquía de Julio. Entonces, llegó por fin al poder la gran burguesía, estableciendo lo que se considera el primer Estado liberal de Derecho. Una forma estatal que, decía Miglio, añade al monopolio de la fuerza “la ‘privatización’ progresiva de todos los conflictos ‘internos’ mediante la imposición sistemática a todos los súbditos-ciudadanos del recurso a los tribunales estatales para solucionar todas sus controversias”. El Estado liberal burgués de Derecho, ligado al parlamentarismo, implicaba empero un giro radical en el êthos estatal al cargarlo de contenido económico, tener que afrontar las consecuencias de la Revolución Industrial y ser el protagonista de la historia, conforme al pensamiento político introducido por la revolución francesa. Durante los dieciocho años que duró el régimen, estuvo en vigor un sistema censitario monopolizado por la gran burguesía abierto teóricamente a todos, pero muy cerrado en la práctica. Una causa era que los librales en general, y en particular los doctrinarios franceses inventores del Estado liberal de Derecho, recelaban de la extensión del derecho al sufragio entre las masas incultas o dependientes.
Francia no había recuperado el nivel económico anterior a 1789 y la mayoría del alrededor de veintiséis millones de habitantes eran campesinos vinculados a las antiguas dependencias más o menos feudales: al caciquismo, degeneración del feudalismo que apareció en el tránsito de las sociedades campesinas a las industriales. El censo, basado en la propiedad –de ahí el famoso enrichissiez-vous! De Guizot-, se abrió a los talentos y ciertas profesiones. Sin embargo, no llegaban a 500.000 los electores al producirse la Revolución de 1848; en parte por esa causa y en parte por el aburrimiento, cuya gran fuerza histórica suele pasarse por alto, que suscitaba el régimen, incapaz de suscitar el menor entusiasmo, otra gran fuerza histórica. Algo así como una implosión con ínfulas de revolución.
Los revolucionarios introdujeron el sufragio universal y se cumplió lo que habían previsto los liberales: Luis Napoleón –de quien decía Tocqueville “si hubiera sido un hombre de genio no hubiera sido jamás Presidente de la república”- apoyado por las masas deslumbradas por tratarse del sobrino del gran Napoleón, e hizo fácilmente con el poder absoluto en 1852 y acto seguido restauró nominalmente el Imperio. Una parte muy influyente de la gran burguesía era saintsimoniana, e impulsó el crecimiento económico recuperándose los niveles anteriores a al Gran Revolución. Una importante consecuencia fue el descrédito del liberalismo por su oposición al sufragio universal: a pesar de haberse confirmado sus recelos, quedó tachado de aliado natural de la oligarquía, y empezó a plegarse a la democracia social y económica.

                                                                                                                          

                                                                                                                         
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