MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

¿DELENDA...?
Santiago Alcalá

                                                                                                                           
                                                      

Tras la investidura como presidente del Gobierno de Pedro Sánchez Pérez-Castejón, se ha desatado un atronador coro de lamentos por un lado y de amenazas por el otro. No puedo ser -como tengo por costumbre- equidistante en esta ocasión, puesto que el espectáculo de un sujeto al que le sirve absolutamente todo con tal de calentar el sillón del despacho de La Moncloa, dispuesto a aceptar incluso amenazas y vejámenes personales para no incomodar no sólo a sus apoyos, sino a los abstencionistas necesarios, revuelve las tripas a cualquier persona con un mínimo de autoestima y sentido del decoro. Tampoco puedo serlo cuando esa investidura supone la inclusión en el Gobierno de representantes de una ideología que ha perpetrado los mayores genocidios históricamente constatados, así como el apoyo de delincuentes, golpistas y filoterroristas. Es la teoría del ´susto o muerte´ que, tras multitud de ´sustos´, ahora ha devenido en ´muerte´. Entre otras cosas porque los apoyos del señor Sánchez son los que son y su actitud es la que es. Invocando la sacrosanta gobernabilidad ha llegado a pedirle responsabilidad y sentido del Estado -es decir, la abstención- al mismísimo grupo parlamentario de Vox. Estamos ante la representación de una obra a medio camino entre la comedia bufa de vodevil y la tragedia: porque en España, estos sainetes suelen terminar rematadamente mal.

Existe una rara unanimidad -porque hasta la gente con posturas netamente izquierdistas lo admiten sin demasiados ambages- en considerar que el tiempo político que se avecina será netamente rupturista. Todos están de acuerdo en que la gran víctima será la Constitución de 1978 y sus derivados, incluida la actual Monarquía parlamentaria. En el punto de mira del nuevo Ejecutivo está también la integridad territorial de España, precio que el inqilino de La Moncloa parece dispuesto a pagar a cambio de su permanencia en el cargo. La sociedad española está en estado de expectación ante un tiempo que tiene todas las trazas de ser cualquier cosa menos tranquilo. No voy a recordar la boutade sanchista acerca de que con ministros podemitas en el Gobierno, ni él ni los ciudadanos podrían dormir tranquilos, porque ya sabemos el valor que tienen las afirmaciones de este individuo.
Lo que a mí personalmente me resulta muy difícil comprender es que ahora alguien se sorprenda y poniendo gesto de consternación, prorrumpa en lamentos y protestas. ¿Acaso no estaba clara la deriva que comenzó en 1985, cuando el Gobierno entonces presidido por Felipe González liquidó la independencia del Poder Judicial y decretó que Jordi Pujol era intocable? Porque la prescripción de sus delitos tampoco constituye una sorpresa, sino la confirmación de todo lo que ha venido sucediendo desde entonces. Esa impunidad comenzó ya en 1984, cuando el Gobierno de Felipe González interfirió de manera cuasi dictatorial y con manifiesta prevaricación, para salvar el cuello de Pujol. Las cosas sufrieron un brusco y trágico acelerón a partir de 2004 -quien quiera entender, que entienda- y nadie puede ser tan desmemoriado como para no recordar que el Gobierno presidido por Mariano Rajoy se dedicó a blindar y consolidar la eliminación del principio de presunción de inocencia (LIVG), la igualdad entre los españoles -diferencias estatutarias- amén del concepto antropológico de la familia, el derecho a la vida y tantos otros principios que fueron borrados de un plumazo, porque la Constitución realmente, a efectos jurídicos, no dice lo que dice sino lo que el Tribunal Constitucional interpreta que dice. ¿Voy a recordar ahora la dilaciones en relación con el momento propicio para determinados fallos y sentencias? ¿O actuaciones gloriosas del Tribunal Supremo como la rectificación de su propio fallo acerca de a quién corresponde abonar los impuestos de las hipotecas? Por no recordar la sentencia del ´procés´ plagada de pretextos infantiles y atentados contra la lógica más elemental. Como tampoco será necesario recordar la sentencia del 11-M, según la cual la bilocación es posible y alguien puede estar en tres trenes distintos al mismo tiempo... en algún momento llegué a pensar que nombrarían presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ a Iker Jiménez o al padre Fortea, probablemente los únicos capacitados para explicárnoslo.

Ponerse a estas alturas a lloriquear porque ese Gobierno de rojos y separatistas va a cargarse los fundamentos de la civilización occidental, resulta tan absurdo como hipócrita, sobre todo si tenemos en cuenta la innegable complicidad de la derecha política española -no sólo por omisión, sino también por acción- en el advenimiento de la actual situación, que tanto parece perturbarles, pero que no es sino la culminación lógica del proceso iniciado en su día. Creer que el Partido Socialista Obrero Español se iba a constituir en un dique frente a los embates revolucionarios, equivale a desconocer la personalidad política e histórica de partido fundado por Pablo Iglesias Posse en 1879. A 1934 me remito. Como tampoco me parece demasiado inteligente confundir la personalidad bipolar o multipolar de Pedro Sánchez, con su carga de cinismo, oportunismo, fulanismo y amoralidad, con el hecho de que el recién investido está siguiendo un guión muy determinado al servicio de unos intereses muy concretos. Que Pedro Sánchez es un megalómano con ínfulas es cierto, pero precisamente por eso es el personaje adecuado para desarrollar ese guión. Creer que con su eliminación o defenestración política -acometida en su día- la pesadilla se ha terminado, constituye un ejercicio de infantilismo político rayano en la oligofrenia severa.

La coyuntura es, no sé si trágica, pero sí trascendental y preocupante, por cuanto se constata que el PSOE se ha apeado del bando constitucionalista. En estos momentos la Constitución de 1978 sólo reúne en su defensa a las fuerzas políticas del centro y la derecha -Ciudadanos, Partido Popular y Vox- a alguna formación minoritaria como Foro Asturias o el Partido Regionalista de Cantabria y una parte de Coalición Canaria. Y a la Corona. Está por ver cuántos socialistas siguen creyendo en la España constitucional de 1978, pero yo no me haría demasiadas ilusiones al respecto. En los tiempos venideros asistiremos al espectáculo de cómo esas fuerzas derechistas intentan parapetarse como una piña tras la figura del Rey, que tengo que decir que en comparación con su antecesor y sobre todo tras su intervención del 3 de octubre de 2017, me inspira cierta simpatía y algún respeto personal. Pero la circunstancia antedicha no le reportará ningún beneficio, pues dejará en evidencia que tanto la Corona como la Constitución sólo representan a media España. Y así es imposible la continuidad del actual régimen, convertido ya en una ficción. La defección del PSOE es la noticia de mayor gravedad que haya podido suceder desde la transición hasta nuestros días, sobre todo porque ese partido ha sido uno de los fundadores del régimen constitucional de 1978 y uno de los pilares básicos del sistema. Pero esa simpatía personal que yo pueda sentir hacia la persona de Felipe VI de ningún modo puede soslayar la gravísima y ominosa responsabilidad de la institución que encarna en la deriva autodestructiva de la España actual. La derecha y sus terminales mediáticas apuntan -y creo que con fundamento- que la Monarquía está en el punto de mira no de los socios del recién investido presidente, sino del presidente mismo.
Resulta difícil no buscar paralelismos históricos, porque a poco que se busquen, aparecen por doquier. En su día, en este mismo foro, comenté cómo había experimentado un verdadero déjà vu durante un paseo por el madrileño Parque del Retiro: porque sucedió en una visita al histórico Palacio de Cristal en las mismas fechas en las que el PSOE se enfrentaba a la destitución de Pedro Sánchez como secretario general. En 1936 tuvo lugar en ese mismo Palacio de Cristal la elección de Manuel Azaña como presidente de la República, en sustitución de Niceto Alcalá-Zamora. En el transcurso de aquel acto, se enfrentaron a puñetazos los directores de “Claridad” -periódico de la UGT- Luis Araquistain y de “El Socialista” -órgano del PSOE- Julián Zugazagoitia. Eran los revolucionarios frente a los llamados moderados, en aquella conversión del partido socialista al bolchevismo, lo cual condujo directamente a la Guerra Civil. En aquella ocasión estaba vigente la II República, pero ahora aún no hemos llegado a esa fase, por lo cual no resulta arriesgado deducir que a la institución monárquica, cómplice y copartícipe de la deriva maligna de la política española, le esperan jornadas duras. No está de más recordar las palabras de José Ortega y Gasset en aquel histórico artículo publicado en el diario “El Sol” el 15 de noviembre de 1930, titulado “El error Berenguer”:

“Desde Sagunto, la Monarquía no ha hecho más que especular sobre los vicios españoles y su política ha consistido en aprovecharlos para su exclusiva comodidad. La frase que en los edificios del Estado español se ha repetido más veces, es ésta: ´¡En España no pasa nada!´ La cosa es repugnante, repugnante como para vomitar entera la historia española de los últimos sesenta años; pero nadie honradamente podrá negar que la frecuencia de esa frase es un hecho. He aquí los motivos por los cuales el Régimen ha creído posible también en esta ocasión superlativa responder, no más que decretando esta ficción: Aquí no ha pasado nada”.

Es precisamente lo que ha sucedido todos estos años en la España de la supuesta transición modélica que amparaba tal cantidad de irregularidad y podredumbre. La sociedad española, con la Corona al frente, creyó que ejerciendo el avestrucismo político y moral, todos los males quedaban conjurados. Lo cual evidencia una inmadurez e infantilismo colectivos impresionantes. En una reflexión anterior -”Nación sin Estado”- en este foro, expresé lo que creo que es cada día más evidente: que en el territorio español, más allá de pseudonacioncitas ficticias, existe una nación auténtica que no tiene un Estado a su servicio, sino una entelequia que se ha convertido en su principal enemigo, esto es, el más peligroso enemigo de España, no es otro que el que conocemos como Estado Español. Por ello no puedo -ni quiero evitar- hacer mías las palabras con las cuales Ortega y Gasset finalizaba su artículo:

“Y como es irremediablemente un error, somos nosotros y no el Régimen mismo; nosotros gente de la calle, del tres al cuarto y nada revolucionarios, quienes tenemos que decir a nuestros conciudadanos: ¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo!”

El artículo finalizaba con una frase que supuso el epitafio de la institución monárquica: “Delenda est Monarchia”. No sé si tal vaticinio orteguiano, que resultó clarividente y acertado en su tiempo, es de aplicación a la época actual. Sólo sé que de la misma forma que no hay consecuencia sin causa, no existe causa sin su respectiva consecuencia. Yo, por mi parte, lo dejaré en una prudente y expectante pregunta: “¿Delenda...?”.

                                                                                                                          

                                                                                                                         
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