MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

¿A QUIÉN VAS A VOTAR?
José Antonio Cavanillas Gil

                                                                                                                           
                                                      

En esta “campaña electoralista” que venimos sufriendo desde hace meses y que se antoja interminable, terriblemente cansina, puedo decir que tengo criterios claros. Sé a quién no voy a votar y por tanto, sé a quién votaría si la indecente ley electoral me lo permitiera:

No voy a votar a ningún partido que promueva leyes que atenten contra la Ley de Dios. No voy a votar a ningún partido que sea complaciente o comprensivo con el aborto. No voy a votar a ningún partido que promueva medidas que atenten contra la familia o a partidos que sigan los dictados de la ideología de género. No votaré a ningún político que no entienda que la familia es la unión de un hombre y una mujer que se aman y deciden compartir su vida, traer hijos al mundo y educarlos.

No voy a votar a ningún partido que plantee la legalización de la eutanasia ni a ningún político que proponga que se pueda experimentar con embriones humanos o que sea partidario de la eugenesia o de cualquier otra medida que acabe asesinando o congelando a seres humanos inocentes, a quienes no se les concede ninguna oportunidad de vivir.

No voy a votar a ningún partido que pretenda arrebatarles a los padres su derecho inalienable a elegir el tipo de educación y de colegio que quieren para sus hijos, en función de sus principios, de su religión o de su filosofía de vida. No voy a votar a ningún partido que defienda que sea el Estado –o sea, el político de turno que ocupa el gobierno– quien tenga el monopolio de educar a los niños.

Por supuesto, no voy a votar a ningún partido que sea abiertamente enemigo de la Iglesia y de los católicos, a pesar de que la Jerarquía Católica lleve muchos años nadando en la desvergüenza.

Ningún partido laicista, marxista, comunista (de cualquier pelaje) o anarquista cuenta con mi voto: ni con hoz y martillo, ni con corazones y sonrisas. Los anticlericales y anticatólicos van contra mí. Así que, obviamente, no los voy a votar. Los que aplauden cuando se profanan nuestras iglesias o cuando se cometen sacrilegios o cuando se asaltan capillas o cuando se hacen exposiciones blasfemas, son mis enemigos, porque son enemigos de Cristo. Todos estos –ya que tanto hablan de “memoria histórica”– son los dignos sucesores de quienes quemaron templos y asesinaron a miles de fieles por el mero hecho de serlo, desencadenando en los años treinta del siglo pasado una de las persecuciones más feroces de la historia contra los cristianos.

Tampoco votaré en ningún caso a quien se define como católico y legisla como masón; al que va a la procesión y aprueba leyes abortistas o acepta legislaciones contra la familia. O a esas derechas de nuevo cuño, que haciendo alarde estentóreo de “patrioterismo” barato, pretenden la implantación de postulados neoliberales o “neocon”, que suponen una sumisión a doctrinas forjadas en oscuras tenidas de inconfesables propósitos, que llevan más de doscientos años cebando la injusticia del “tanto tienes, tanto vales”, abiertamente contraria a las Enseñanzas del Evangelio.

A esos, tampoco.

No voy a votar a ningún partido que esté dispuesto a negociar o haya negociado ya con la unidad de España. Los filo-etarras, los que consideran que Arnaldo Otegui es un hombre de paz y los que dicen que ETA es una fuerza política respetable me repugnan. Simplemente. Soy español y soy un hombre de honor: he jurado defender con mi vida la Unidad de España, tanto de enemigo exterior como interior (que es el peor con que contamos). Y yo cumplo mis juramentos: mientras tenga vida y posibilidades de defender España, lo haré.

Un juramento no es un vulgar compromiso temporal ante los hombres. Un juramento es una promesa que las personas de honor, hacemos hincando nuestra rodilla en tierra, ante Dios Nuestro Señor, que en inapelable Juicio, nos reclamará su cumplimiento.

Los tibios, los federalistas, los que no saben tomar decisiones (o no se atreven) para pararles los pies a los secesionistas catalanes o vascos, no tendrán nunca mi voto.

Tampoco voy a votar a mentirosos ni a corruptos. Quien miente una vez, miente un ciento. Los corruptos, los que roban para sí, para su partido, para sus amigos, militantes o simpatizantes, deben acabar en la cárcel. No en el Parlamento.

Los que prometen bajar impuestos y luego los suben, mienten. Y no voto a quien me engaña.

Los que dicen que van a derogar las leyes contra la familia y contra la vida y luego las mantienen tal cual, nunca van a recibir mi voto.

¿Quién defiende la vida, la libertad de los padres para educar a sus hijos, el bien común de todos los españoles? ¿Quién defiende a España? ¿Quién defiende la moral y la decencia frente a tanta corrupción y tanta basura? ¿Quién defiende la propiedad privada dentro de la Justicia Social? Porque en España hay millones de parados que sobreviven a duras penas…

Hoy en día no hay ningún partido político parlamentario que no sea una estructura de pecado.

Tenemos los malos, los menos malos, los pésimos, los peores, los sinvergüenzas, los mentirosos, los corruptos, los más corruptos…

Y por último, los que entienden la democracia como los Castro en Cuba o como Maduro en Venezuela. Y ni un solo partido con posibilidades de tener representación en el Parlamento que un católico consecuente pueda votar.

La solución es la abstención o dar el voto a opciones minoritarias y extraparlamentarias, allá donde se muy democrática “ley electoral” lo permita.

Me da igual. Tengo claro a quién no voy a votar y más claro aún, cuáles son mis principios. Y no voy a renunciar a ellos bajo ningún concepto. Porque soy seguidor y constructor de esa España que soñara José Antonio Primo de Rivera, con su profunda carga emocional y el impresionante legado cultural e histórico, que se remonta a los tiempos en que unidos en esa empresa común, llevamos a España a ser la nación más grande de la tierra.

Porque sé lo que quiero, cómo lo quiero y por qué lo quiero.

Y además me importa un pito que gusten o dejen de gustar tales principios.

Que me descalifiquen. Que me llamen integrista, ultracatólico, fascista o lo que les dé la gana. Ya estoy acostumbrado.

Yo soy católico y español. Por ese orden. Y no voy a traicionar ni mi Fe ni mis principios morales (los Mandamientos) ni a mi Patria: nunca, con la gracia de Dios.

La degeneración de los políticos españoles no es sino una muestra de la corrupción moral de la sociedad española.

España se forja en la lucha de la Cruz frente al Islam y luego contra las herejías protestantes, que la derechona actual y los escindidos en otro partido de nuevo cuño, reivindican con su modelo económico y social sectario y clasista.

La Fe Católica es la que vertebró y mantuvo unidas las distintas tierras de España.

La Fe fue el motor del descubrimiento y evangelización de América.

Fue la Fe la que llevó a misioneros de la talla de San Francisco Javier, navarro y español donde los haya, a entregar generosamente su vida por dar a conocer la Verdad Revelada por Dios, en la figura de su Hijo Jesucristo.

Si España deja a Cristo y lo cambia por el bienestar, el hedonismo y el egoísmo más grosero, dejará de ser España.

Vivir en democracia no es incompatible –ni mucho menos– con mantener nuestros principios.

La corrupción que sufrimos no se soluciona solo con leyes o con cárceles. Se soluciona con la conversión de cada uno de nosotros a Cristo, con coherencia eucarística, con integridad, autenticidad: con santidad.

También con santidad política. Que es lo que no existe.

                                                                                                                          

                                                                                                                         
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