MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

BREVES REFLEXIONES POLÍTICAS
D. Negro

                                                                                                                           
                                                      

Der Gebändigte Leviatán (El Leviatán domado) de E. Denninger alude al Estado de Derecho del liberalismo. No hay otro Estado que el hobbesiano, y Estado y liberalismo en su estricto sentido son incompatibles. El Estado Soberano monopoliza por lo pronto y por definición la libertad política o colectiva. Ante el hecho de su inevitabilidad, no le quedó otro recurso al liberalismo que intentar someterlo al menos a reglas de su propio Derecho en el sentido de que se sometiese a la Legislación. El Estado de Derecho funcionó decentemente durante algún tiempo, pero la domesticación  no ha podido impedir que acabara desbocándose. El domador no pudo resistirse a los encantos de la fiera y fue derivando hacia el liberalsocialismo, el socialismo liberal, incluso la social democracia reformista, etc. Todo el mundo es hoy liberal. Sin embargo, se ha vuelto tan ambigua la palabra que no resulta fácil saber qué significa. Pues, como decía Stuart Mill en sus famosos e influyentes Principios de economía, “las funciones admisibles del Estado abarcan un campo cuyas fronteras superan con mucho las de cualquier definición restrictiva […] resultando casi imposible señalar una sola base para justificarlas a todas, excepto la muy amplia de la utilidad general”. Y para la moral utilitaria todo es posible.

La misma expresión “Estado de Derecho” es un pleonasmo ingenuo. Aparte de que la maquinaria estatal es el soporte ideal de la oligarquía por el temor que inspira su existencia debido a su solidez y su fuerza –non est potestas super terram, qua comparatur ei (Hobbes)- la experiencia demuestra que todo Estado, incluidos el Soviético, el Nacionalsocialista y otros por el estilo, sólo pueden existir y funcionar como Estado de Derecho, aunque el Derecho sea política jurídica, Nomología.

La crítica del pleonasmo ha comenzado a derribar el mito, o la superchería, del Estado de Derecho al desaparecer el êthos liberal que le animaba. Se habla cada vez más del Estado Constitucional, como si cambiando el nombre mejorase la cosa. “Estado Constitucional” presupone que la Constitución expresa los valores sociales objetivos del momento y no los de la oligarquía. Hegel escribía previsoramente en La constitución de Alemania: “lo que ya no puede concebirse ha dejado de existir”, pero “la expresión sigue empleándose sobre todo con el fin de legitimar el poder político y burocrático”. ¿Quién hace las constituciones?

Por otra parte, hay que distinguir desde Hobbes entre el Estado y la Sociedad, mediando entre ambos una fracción de la sociedad, la sociedad política de Gramsci.

La sociedad política la constituyen en principio los partidos, definidos por von Stein como el medio por el que la sociedad civil penetra en el Estado a través de la representación y la burocracia. Sin embargo, la sociedad política se ha identificado con el Estado e, inversamente a su concepto, ha llegado a ser la vía por la que el Estado penetra en la sociedad civil a través de los partidos que, consensuados entre sí a efectos de patrimonializar el Estado (consenso político), colonizan la sociedad civil apoyándose en la burocracia. Junto a otros organismos como los sindicatos, doctrinalmente intermediarios, los partidos políticos se han constitucionalizado de hecho o de derecho como órganos estatales, especialmente en el Estado de Partidos, predominante en Europa. Muchas cosas fundamentales dependen del grado en que la sociedad política esté separada oligárquicamente, o no, del Estado

Los partidos son oligárquicos internamente y cuando son de hecho o de derecho órganos estatales, se comportan oligárquicamente frente a los representados, pues en modo alguno son inmunes a la ley de hierro (tampoco lo son los sindicatos). Es el problema planteado por Gaetano Mosca en 1884, Robert Michels en 1911, Moisei Ostrogorski en 1912 y Wilfredo Pareto en 1917. Estos cuatro autores pusieron en claro ese rasgo fundamental de los partidos y, sin insistir más en ello, la naturaleza trascendental de la oligarquía, destacada en cambio por Fernández de la Mora. A estos escritores podrían añadirse Schumpeter, James Bruñan, el historiador E. H. Carr, etc. Escribe este último: “El Estado debe estar basado, igual que otras sociedades, en algún sentimiento de intereses y obligaciones comunes entre sus miembros [el consenso social, que no es lo mismo que el consenso político que une a las oligarquías separándolas del pueblo]. Pero la coerción es ejercida regularmente por un grupo gobernante para obligar a la lealtad y a la obediencia y esta coerción supone inevitablemente que los gobernantes controlan a los gobernados y les ‘explotan’ para sus propios propósitos”.

                                                                                                                          

                                                                                                                         
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