MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

BREVES REFLEXIONES POLÍTICAS
D. Negro

                                                                                                                           
                         

En estos tiempos de inflación democrática, se olvida en cambio la dictadura democrática, típica de los gobiernos totalitarios, favorable retóricamente a los desfavorecidos y en la práctica oligárquica, despótica y tiránica. Tocqueville y Stuart Mill previnieron contra ella utilizando una expresión menos dura pero exacta: la tiranía de la opinión pública –que james, el padre de Mill, consideraba infalible-, a causa del predominio de las pasiones igualitarias, más propias de los tiempos democráticos que de los aristocráticos. Es importante advertir, que si ya Maquiavelo había negado la distinción entre rey y tirano (coincidiendo con el Hierón de Jenofonte), sustituyéndola por l figura del Príncipe, más neutral en tanto designa el actor político, el uso ha confundido, como se acaba de indicar, bajo la influencia de la ideología, la tiranía en su aceptación peyorativa y la dictadura, de manera parecida a como Montesquieu popularizó la confusión, no menos perniciosa para el análisis político, entre despotismo y tiranía, al servirse de la forma de gobierno persa para comparar y criticar subliminalmente la antiaristocrática Monarquía Absoluta, en rigor una dictadura comisoria hereditaria, que devino Despótica ilustrada después de Luis XIV. El gobierno persa era en realidad despótico, lo que para lo europeos de entonces, representados en este caso por los franceses, equivalía a tiránico.
En este orden de cosas, hay que sumar al predominio de la sociología sobre la política la idea, no menos neutralizadora, de Max Weber de la ciencia social Wertfrei, libre de valores, es decir, libre de consideraciones morales y éticas. El neutralismo inherente al modo de pensamiento político estatal ha desviado así la atención de conceptos como tiranía, despotismo, oligarquía y dictadura, debido a sus connotaciones “antidemocráticas” reales o emocionales.
Efectivamente, otra causa de que se hable menos de la oligarquía que de la dictadura consiste, sin duda, en que la mayoría de los regímenes que se presentan como democráticos son en realidad oligárquicos (se habla de democracia deficiente, de democracia precaria, de déficit democrático, etc.). Julián Freund consideraba ya impolíticos a la mayoría de los regímenes europeos en 1987. En 2014 diría seguramente que son antipolíticos. El alemán Hans Magnus Enzensberger y el francés Hervé Kempf, por ejemplo, discrepan de la corrección política al sostener sin reservas que la Unión Europea es un tinglado tecnocrático y burocrático al servicio de los gobiernos oligárquicos  (1).

 

Gonzalo Fernández de la Mora es uno de los raros escritores políticos que han prestado una atención especial a la oligarquía en tiempos recientes. No distingue empero entre régimen, el lugar de las influencias y poderes sociales o indirectos, y gobierno, el lugar del poder político; pero la define como “la forma trascendental de gobierno”; “abarca”, dice lapidariamente, todas las formas del gobierno. Es decir, trasciende a todas las formas del gobierno, a la que es inmanente. Así pues, todo gobierno es inevitablemente oligárquico, tanto por su naturaleza como por su dependencia del régimen; pero puede intensificar o disminuir el grado de oligarquización y por tanto de parcialidad.
El objetivo teórico de la democracia es la desinmanentización de la oligarquía, aunque en la práctica podrá sólo contenerla o disminuirla en la medida en que sea efectiva la libertad política. Según la experiencia, la oligarquía es aceptable mientras no rebase los límites, ciertamente imprecisos, de lo tolerable según el êthos; depende del estado de las virtudes.
La oligarquía no coincide con la clase social, como pensó erróneamente Kart Marx. Confundiendo oligarquía y clase social, Gramsci sostenía exageradamente que, de hecho, todo gobierno es dictadura más hegemonía cultural: el régimen –que el escritor italiano transformó en la sociedad política- enlaza el poder político con el ámbito de lo prepolítico (la sociedad civil en el sentido gramsciano, más amplio que el hegeliano-marxista), en el que reconocía la función fundamental de la religión, y la cultura hace que la opinión pública lo reconozca (o no) como poder público. De ahí el papel fundamental que atribuye a la cultura en la lucha política.
Ahora bien, sin faltarle razón en casos concretos y a largo plazo, Gramsci se equivocaba al afirmar dogmáticamente que “la conquista del poder cultural es previa a la del poder político”, debido a que identificaba prácticamente la ideología, en tanto religión secular (en el sentido de Aron), con la cultura. Los hechos demuestran que la posesión del poder político facilita la conquista del poder cultural para aumentarlo y transformarse en dictadura empleando lo que llamaba Aranguren “la persuasión coercitiva”.
Maquiavelo, tan admirado por Gramsci, sabía muy bien que la política tiene tres aspectos muy distintos, que pueden ser fases sucesivas: conquistar el poder, conservarlo y aumentarlo. La conquista depende de la virtú del príncipe, el hombre político, il principe o principal; la conservación es asunto de la prudencia política; y aumentar el poder puede ser un asunto muy peligroso si choca con otros poderes exteriores. Aumentarlo a costa de la sociedad es la tentación de las oligarquías cuando “cristalizan” en el sentido de Pareto, mezclando y confundiendo el gobierno y el régimen.
Lo cierto es que históricamente, como decía James Bryce, el mundo no ha conocido más forma de gobierno que el de unos pocos y que todo gobierno necesita el apoyo de la opinión. En el siglo XVIII, escribió David Hume en su brevísimo y suculento ensayo “Sobre los primeros principios del gobierno”: “La opinión es el único fundamento del gobierno, y esta misma alcanza igual a los gobernantes más despóticos y militares que a los más populares y libres”. Lo ejemplificaba así: “El sultán de Egipto o el emperador de Roma pueden manejar a sus inermes súbditos como simple brutos, a contrapelo de sus sentimientos e inclinaciones; pero tendrán que contar el menos con la adhesión de sus mamelucos o de sus cohortes pretorianas”.
“Incluso el poder más omnímodo y colosal quebraría en pocos instantes y sus más eficaces e imponentes instrumentos quedarían automáticamente reducidos a la nada, si por un momento –decía G. Ferrero- todos sus súbditos, todos sus fieles subordinados, decidieran espontánea y unánimemente negarle obediencia". Por eso, escribe en otro lugar, “si los hombres temen siempre al poder al que están sometidos, también el poder que les somete teme siempre a la colectividad sobre la que impera”. Lo confirmaba Gaston Bouthoul: “El jefe, cualquiera que sea el nombre por el que se le llame, no gobierna solo. Todo político se apoya en un grupo favorecido. He aquí una segunda demarcación: por un lado, los grandes, aquellos que ocupan la cima de una jerarquía y se benefician de privilegios y derechos adquiridos; del otro, el pueblo. El arte político consiste, pues, en escoger entre diversas preponderancias: la de la plebe o la de las clases dirigentes; los guerreros o los clérigos, los funcionarios o los elegidos ¿A quién contentar preferentemente y a quien sacrificar? ¿Cómo hacer reinar la armonía o algo parecido a la armonía entre tantos intereses opuestos? Y, sobre todo, ¿es preciso satisfacer a la mayoría o al partido que asume el poder, en detrimento de los demás y del porvenir de la comunidad entera? Otro aspecto de la autoridad política: toma una parte de los bienes de todos y la gasta más o menos a su gusto. ¿Pero cómo repartirla y como decidir? […] ¿Gobernar mediante el desprecio, la solicitud o la inquietud, escoger entre los censores, los consejeros, los confesores y los aduladores? ¿Poner en su justo sitio a los favoritos, a las favoritas, a la policía, al ejército, al mecenazgo y a la inteligencia? ¿Marchar recto como una bala de cañón o variar como una pluma en el viento?”

 

(1). La Unión europea ha derivado en una suerte de confederación o sindicato de las oligarquías nacionales, que, para afrontar la crisis financiera y moral provocada por ellas, funciona como una sociedad de socorros mutuos con el objetivo de sostener a los gobiernos sindicados. Bastantes de ellos han convertido el Estado en un centro de negocios comerciales de los oligarcas y de explotación legal del resto. La crisis actual lo está poniendo en evidencia.

                                                                                                                          

                                                                                                                         
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