MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

BREVES REFLEXIONES POLÍTICAS
D. Negro
     

                                                                                                                           
                                                      

Puesto que el pensamiento político occidental es tan griego por su origen como la filosofía de la que nació, aunque la tradición jurídica concreta fuera romana, hay que referirse a los griegos para abordar la cuestión de la oligarquía. Los griegos concibieron por vez primera la posibilidad de un orden político “constituido sobre sus propios supuestos”, al descubrir o caer en la cuenta que la libertad colectiva es la verdad fundamental de la política. La Polis, en tanto forma política, no se concebía “como un lugar construido como ciudad, sino como la ciudad común y comunidad de ciudadanos […] en que le hombre en tanto hombre era capaz de realizar la actividad vital de su ser humano y sus posibilidades con su propio poder y obrar”. Vivir políticamente era para los griegos el modo de vida de los hombres libres. Y la lucha por la libertad política o colectiva ha sido desde entonces una constante de la historia política europea con los naturales altibajos. Es uno de los motores de esa historia y, por derivación, la de Occidente, mucho más intensamente histórica que la de las demás culturas y civilizaciones.
Decía Aranguren que lo fundamental sociológicamente son las fuerzas políticas reales que hay “detrás” del aparato del Gobierno; muchas de ellas invisibles como tales fuerzas, limitadas  aparentemente a los partidos. Mas, debido a esos antecedentes, la falta de claridad sobre la significación universal de la oligarquía como una ley general que rige lo Político y la Política se debe seguramente a que los griegos, atenidos por su falta de sentido histórico al criterio de las formas puras o buenas del gobierno como formas sanas de la Polis, es decir, como “formas políticas” o de lo Político en las que reside su poder visible, no las distinguían prácticamente de las formas de régimen, el lugar del poder invisible. La clave para entender el carácter universal de la ley de hierro es, pues, la diferencia entre formas de gobierno y formas de régimen. Reside en estas últimas la influencia, el poder o los poderes informales, invisibles como tales poderes: los principios de legitimidad, “genios invisibles” que condicionan o determinan el ejercicio del poder formal. Los gobernantes son con frecuencia personas interpuestas, las instituciones jurídico-políticas “superestructuras", y los poderes legislativo y ejecutivo simples delegaciones de poder; lo mismo que el judicial cuando está completamente degradado del êthos que sustancia el orden social.
Contribuye al embrollo y a la ocultación, el tópico de que está obsoleta la clasificación tripartita griega Monarquía, Aristocracia y Democracia (y sus contrarias). Escribe Loewenstein: “indiferentes al contenido ideológico incorporado a las instituciones gubernamentales, las clasificaciones tradicionales se fijan tan sólo en la estructura externa del gobierno y dejan de lado la propia dinámica del proceso del poder”. No obstante, sólo es verdad en cierto modo y hasta cierto punto, pues no se trata sólo de la ideología sino de la naturaleza de los elementos oligárquicos, a menudo contradictorios entre sí, que constituyen el régimen o sociedad política y sus relaciones de fuerza.
Maquiavelo, buen conocedor de la historia y el pensamiento antiguos, especialmente el romano, había empezado a sustituir esa clasificación quizá rutinariamente –su stato era formalmente republicano y materialmente monárquico-, por la distinción entre Monarquía y república. No tuvo mucho eco –Cromwell, Norteamérica-, hasta la revolución francesa por la influencia de Norteamérica, la de la literatura romana, la torpeza de la Monarquía y porque sería como separar el régimen, cuya estructura suele ser “republicana”, del gobierno, cuya estructura suele ser “republicana”, del gobierno, cuya estructura es más bien monárquica. Georg Jellinek, el gran teórico del Estado de Derecho, la consideró esencial. No obstante, ese criterio se ajusta bastante bien a la historia de las formas del Estado, pero no a las del régimen.
Por su parte, el historiador del Derecho Michael Stolleis, prescindiendo de las distinciones entre Estado y Gobierno, y formas de gobierno y de régimen, escribe: “de las formas del Estado de Aristóteles sólo han quedado dos, la democracia y la dictadura. Incluso la dictadura se llama hoy a sí misma democracia, pero tiene buenos motivos para no tolerar debates teóricos, sino reprimirlos. De modo que sólo queda la democracia por más que la vieja Europa tenga aún algunas jefaturas monárquicas”.
Esos criterios son inferiores al griego en el plano de la historia universal, en la que resulta más útil la revisión por Montesquieu de la clasificación tradicional, teniendo en cuenta aquellas distinciones. En lo que concierne a la oligarquía, puede ser una forma de gobierno o una forma de régimen pero, salvo metafórica o retóricamente, ni la monarquía ni la democracia pueden ser regímenes: la ley de hierro hace que la oligarquía monopolice el concepto régimen. Como tal, condiciona la actividad de los gobiernos, normalmente la legislativa. Si condiciona intensamente la ejecutiva, puede ser al mismo tiempo la forma del gobierno. Marx lo entendió así y en la realidad concreta de hoy en día se da también esa coincidencia.

En cuanto a la democracia, la contemporánea es completamente distinta de la griega. Se solía describir como “multitud desorganizada”, “ley de la calle”, o incluso “gobierno de la mafia” (H. H. Hoppe), y se pensaba que, como ocurrió en Gracia, abocada a la demagogia y la tiranía y los europeos la rechazaron prácticamente hasta el siglo XX. Si, como mostró Tocqueville, Europa comenzó a pasar en la Edad Media –hacia el siglo XI- del estado aristocrático de la sociedad al estado social democrático, ¿hasta qué punto la concepción griega no retrasó, y sigue retrasando, su aceptación real, no retórica, en Europa?
Aparte de los recelos que pueda despertar como forma del gobierno, podría ser una explicación que en la Edad Media prevaleció la tradición republicana griega y romana en la que encajaban las monarquías feudales, de origen germánico, que eran electiva. Sin embargo, el ejemplo del Papado que, coherente formalmente con la naturaleza comunitaria de la Iglesia (como communitas, comunidad espiritual, no como koinonía, comunidad natural, de sangre), llegó a ser materialmente, como forma política, un Estado; la recepción renacentista del ideal de la Polis como un todo integrado frente a la dispersión feudal; y la costumbre por razones prácticas de transmitir hereditariamente la corona dentro de las Casas dinásticas, impulsaron la idea del Estado. Al mismo Hobbes se le escapó que el deus mortalis es una máquina homogeneizadora y, al caer en Francia lamonarquía, condicionó las ideas europeas sobre la democracia como forma del gobierno y de régimen. Inspirado por la Polis, Rousseau los había mezclado en su doctrina de la voluntad general y en Europa se llegó a la república partiendo de la democracia como opuesta a la monarquía. Los estadounidenses partieron en cambio de la república siguiendo a Montesquieu, para establecer la democracia como la forma del régimen y así resulta que Norteamérica no es una Domocracia republicana sino un gobierno republicano democrático, una República democrática.
En Grecia, no podía existir en las unidades compactas, muy integradas, que eran las polis no la sociedad civil ni la representación, origen de la sociedad política. Ciudadanos, politai, eran sólo los hombres libres, relativamente pocos en relación con la población total de la Polis, vinculados a la Ciudad por la sangre –la phylía, como en general en todas las culturas no cristianas-, que disponían de suficiente ocio para participar (democracia directa) en las discusiones del ágora en orden a formar la razón y la voluntad comunes o colectivas de la Ciudad. Su escaso número posibilitaba mitiar la ley de hierro mediante el sorteo (corrompido, según Aristóteles) de los cargos públicos. Con todo, lo que preocupaba más a los demócratas atenienses era moderar la influencia de las familias más ricas en las instituciones.
Lo reducido del número de hombres libres y ciudadanos en el mundo antiguo, se debe en parte a que la Polis descansaba en la institución de la esclavitud, en violento contraste con el hecho moderno de que el trabajo ha dejado de pertenecer a la esfera estrictamente privada convirtiéndose, en palabras de Arendt, en “un hecho público-político de primer orden” que, dicho sea de paso, apenas se reconocen en la Europa actual, donde se ha inventado un derecho especial, es decir, privilegio (si odioso o favorable en  tanto ley particular, para un grupo, no es ahora la cuestión) regulador de las relaciones laborales. Ese acontecimiento ha alterado el alcance y el significado de la política al perder sentido la philopsychia, el amor a la propia vida, que distinguía la vida del esclavo de la del hombre libre.
En consecuencia, aceptada la transcendencia política del trabajo, la democracia política moderna se reduce –es decir, debiera reducirse-, en poblaciones numerosas, a las reglas de juego preliminares o formales a las que han de atenerse los representantes elegidos por la mayoría en virtud del principio de la igualdad formal o jurídica universal de todos. Representantes que debieran atenerse al mandato imperativo de sus respectivos electores, cuyo número imposibilita su participación en la formación de la voluntad jurídica y política.

                                                                                                                          

                                                                                                                         
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