MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

BREVES REFLEXIONES POLÍTICAS
D. Negro
  

                                                                                                                            
                                                                                                                        

Los holandeses libertaristas autores de Beyond Democracy defienden abiertamente la necesidad de abandonar la democracia esgrimiendo buenas razones desde el punto de vista de la libertad negativa: “Una de las grandes ilusiones políticas de nuestro tiempo es la democracia. Muchas gentes se creen libres porque votan. Oponen democracia y tiranía. Y como no viven en Corea del Norte o Cuba, se creen libres. Pero tal como se ve hoy a los Estados modernos invadir la esfera privada como jamás anteriormente, cuando la expoliación ha tomado las formas que en modo alguno pudo imaginar un Bastiat en el siglo XIX, es que no funciona la democracia”.
La realidad es que, dando un paso más, los gobiernos actuales han sustituido la Legislación, palabra en cierto modo neutral, por la Nomología, la producción de normas al estilo soviético –la norma alude a la conducta- dirigidas expresamente a imponer conductas, inventando innumerables leyes que, además de los explotadores sistemas fiscales socialdemócratas, que les permiten un control político exhaustivo complementario del policíaco pero más disimulado –el llamado “terrorismo fiscal”-, dificultan o imposibilitan multitud de relaciones e interacciones sociales completamente naturales y legítimas, como las relaciones conyugales o entre padres e hijos, las del agricultor con el cultivo de su tierra o sus bosques, el mismo lenguaje a través de las neolenguas ideológicas, etc., etc.; 1984 de Orwell, Un mundo feliz y Revisión de un mundo feliz de Huxley y algunos otros semejantes podrían ser su vademécum.
La democracia existente ha llegado a un punto en que, en nombre de la democracia, se prohíben mediante normas los actos más inocentes y elementales, empezando por la libertad de expresión, mientras se autorizan o imponen otros antinaturales como los relacionados con la “cuestión antropológica”, Ersatz de la “cuestión social”. La democracia se está reduciendo –se ha reducido ya en bastantes casos- a la corrección política definida y sancionada por los gobiernos con el asentimiento activo o pasivo de los gobernados infantilizados por la propaganda masiva, la educación en manos de los políticos y las costumbres del estatismo, entre ellas el clásico panen et circenses. Gobernantes y políticos no se libran del infantilismo: “en nuestra época, todo da la impresión de que la actividad política es infantil, incapaz de elevarse al nivel de otros progresos humanos”, subrayaba ya Gaston Bouthoul en 1962. “Para las sociedades, ha llegado el momento de optar entre la edad adulta y la prolongación de la adolescencia, entre sus ansiedades y sus tempestades”.
Lo único que no se atreven todavía a decir públicamente los gobiernos “democráticos” o a plasmar como ley, es el célebre eslogan de Orwell “la libertad es esclavitud”. Parodiando la “jaula de hierro” de Max Weber, no es demasiado exagerado afirmar que los gobiernos europeos están encerrando a sus súbditos en jaulas de cristal irrompibles desde las que pueden contemplar el espectáculo de la sociedad política de las oligarquías, comentarlo sin traspasar la corrección política e incluso salir a pasear, cuando les convocan los oligarcas para cumplir el rito elemental que reserva para la masa la religión democrática legitimadora de la oligarquía: el voto. “La democracia es votar” es un eslogan que repiten los políticos a sus súbditos infantiles entre los que se reclutan los mismos políticos.

La forma del gobierno vertebra o pretende vertebrar el orden o régimen político, que es como la piel del orden social entero. Mientras no le vertebre conectándolo con la sociedad civil mediante el Derecho justo, existirá una situación política; si lo vertebra, la situación se transforma en régimen u orden determinado por el ordenamiento jurídico. La cuestión es, dice Loewnstein, que no existe en absoluto una relación causal entre la estructura del mecanismo gubernamental y la localización fáctica del poder. La dirección de cualquier nación estatal yace independientemente de la institucionalización de su “forma de gobierno”, en las manos de una minoría manipuladora constituida por los que ostentan el poder, sean los oficiales o los invisibles.
Igual que en toda organización colectiva, esta minoría maneja los hilos de la maquinaria estatal. Descubriendo esa oligarquía dominante y dirigente se penetra en el núcleo del proceso del poder. Los marxistas simplifican de boquilla esta situación extraordinariamente complicada, al presentar con su manera de pensar unilateral un esquema blanco-negro de la clase capitalista dominante y el proletariado explotado. Por otra parte, prosigue Loweenstein, “la teoría neopluralista de la dinámica socioeconómica y política tiende a insistir en el supuesto equilibrio de las fuerzas sociales concurrentes y a ignorar totalmente la existencia de una clase dominante”. El historiador E. H. Carr escribe: “El utópico que sueña que es posible eliminar el egoísmo en política y basar un sistema político sólo en la moralidad, no atina en el blanco, al igual que el realista que cree que el altruismo es una ilusión y que toda acción política se basa en el egoísmo”.
Schumpeter perdió muchas simpatías con su tesis de que la democracia es algo “residual”. Pero Panebianco coincide recientemente con Stephen Krasner, en que lo que suele llamarse “democracia liberal” es “hipocresía organizada”.
En fin, la célebre frase de Lincoln, “la democracia es el gobierno del pueblo para el pueblo y por el pueblo”, es un peligroso sofisma, pues omite los efectos de la ley de hierro. El dictum de Lincoln es una prueba de cómo la omisión o ignorancia de la ley de hierro induce al autoengaño.
Según la concepción clásica, lo opuesto a la democracia no es la oligarquía, sino lo que llamaban los griegos la demagogia o democracia radical en contraposición a la democracia moderada. La demagogia sobreviene cuando el régimen se ha impuesto al gobierno, por decirlo así, sin guardar las formas. Puede ser una forma de gobierno muy persistente y cohabitar aparentemente con las formas puras o buenas del gobierno. Comienza normalmente cuando su degeneración es tan intensa al derivar la oligarquía en plutocracia el –el mando del dinero-, que el poder dinerario corrompe las instituciones –incluidas las más ajenas a la política como pueden ser las iglesias-, poniéndolas a disposición de los ricos, o bien adoptando la forma de oclocracia (la fórmula del populismo) cuando la degeneración de los que mandan, gentes mediocres y corrompidas extraídas de la masa, corrompen todo sistemáticamente, tanto la vida pública como la privada, utilizando el poder político. Las democracias actuales tienden a ser oclocracias.
“Nada impide, sabía ya Aristóteles, que la democracia aparentemente más segura, degenere en una tiranía”. Pues, en el proceso de generalización o “democratización” de la oligarquía, se llega a un punto en que “todas las causas que hemos citado de la oligarquía pura y extrema y de la democracia radical, hay que referirlas también a la tiranía, pues éstas vienen a ser tiranías repartidas de la democracia radical”. Suele ocurrir cuando se mezclan plutocracia y oclocracia en lo que llamaba Maquiavelo lo stato licenzioso, expresión muy adecuada para describir los Estados europeos actuales.
La tiranía democrática –la tiranía de la mayoría dirigida por los oligarcas- suele advenir cuando el Derecho, devenido mero transmisor de los deseos o caprichos de los gobernantes, no da ya seguridad imponiéndose la obediencia pasiva, no como obediencia política en el sentido de J. Freund, sino com antelasa de la servidumbre voluntaria. Todo ello, por supuesto “en nombre del pueblo” y “por el pueblo y para el pueblo”. La opinión política, decía Maurice Divergir, es siempre el resultado de la propaganda, que, por cierto, reobra sobre las élites. Pareto pensaba que era ésta una de las causas del declive inevitable de la democracia al hacer del gobierno un desgobierno, una suerte de desorganización organizada por las oligarquías en su beneficio.
Es interesante distinguir la dictadura de la oligarquía, pues democracia y dictadura no son necesariamente opuestas, como pretende el modo de pensamiento totalitario vigente que, viendo la paja en el ojo ajeno, condena sin más las dictaduras.

                                                                                                                             

                                                                                                                          
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