MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

BREVES REFLEXIONES POLÍTICAS
D. Negro

                                                                                                                            
                                                                                                                        

La ley de hierro [de la oligarquía] tiene por lo pronto una ventaja: “No es la des-velación, sino la des-ilusión, lo que quebranta los mitos y promueve el abandono de las actitudes míticas”. Desenmascara los mitologemas mediante la desilusión y descalifica o ridiculiza las pretensiones del pensamiento político y de la política que no se atienen a lo concreto y agible en el momento presente, a la realidad histórica.
Tiene también dos inconvenientes.
El primero, que hace imposible una teoría política universal. Por ejemplo, como la de Hobbes, para quien la matemática es la lógica de la ciencia, la filosofía y la política, y “la política concreta está extrañamente ausente”. Sería un cientificismo ideológico, puesto que la política presupone por un lado la libertad colectiva, que puede estar dividida o dispersa –un caso extremo es el multiculturalismo que impide gobernar-, y la intensidad con que opera la ley de la oligarquía y, por otro, depende de la vivencia del sentimiento y la necesidad de las libertades y del azar o el conjunto indefinible de causas, concausas y circunstancias de todo orden. De ahí que sea la prudencia la virtud principal del político y pertenezca la política al ámbito de la filosofía práctica, no al de la teorética, hacia la que viene derivando desde Hobbes. Ernst Jünger veía en el Diario de 1965-197 como uno de los grandes problemas actuales, que “la política no es ya nuestro destino, sino la física”.
El segundo inconveniente consiste en que, si se extrema la actitud pesimista, se llega fácilmente a la conclusión de que el poder es malo, idea difundida por la preponderancia del pensamiento político de origen protestante. Tras la revolución francesa que, confundiendo la titularidad del poder con su origen, desenmascaró a las monarquías que se lo atribuían por disposición divina para atribuírselo al pueblo, es decir, a las oligarquías que le representan, esta actitud pesimista ha llegado a ser empero la dominante. El gran historiador Jacob Burckhardt creía firmemente que “el poder es malo” (die Macht ist böse) y es popular el dictum de Lord Acton, influido por el historiador suizo, “el poder corrompe y el poder político corrompe absolutamente”. El poder tienta, es la tentación del orgullo, ensoberbece. Una frase de Tocqueville matiza y aclara la idea de Lord Acton: “El apego que uno tiene por el poder absoluto es directamente proporcional al desprecio que siente por sus conciudadanos”.
La frase clave de El espíritu de las leyes que resulta “una experiencia eterna que todo hombre investido de autoridad abusa de ella” (XI, 4). Mas la teología protestante, alimentada por teólogos como Kart Barth, quien atribuía los males políticos y económicos a la naturaleza pecaminosa del hombre, si por una parte separa la moral y la política e induce a renunciar a la política dejándola, puesto que es inevitable, en manos de los peores, contribuye por otra parte a justificar los actos del poder. A eso hay que añadir que, modernamente, no es indiferente que se trate del gobierno o del Estado: el Estado, no un aparato al servicio del poder, sino una máquina cuya poderosidad impone miedo, y como su poder es anónimo, cuando la opinión pública está manipulada, no existe o decae el êthos, irrumpen poderes indirectos, particulares, de naturaleza muy distinta a los poderes intermediarios de Montesquieu, Tocqueville, etc., que usurpan de hecho el poder público, un poder impersonal, el de la “gene”, decía Ortega, y se intensifica la oligarquización. Bajo el Estado, ni siquiera la tiranía necesita tener una cabeza visible y las gentes egoístas, los estúpidos, los logreros y las oligarquías se sienten cómodas en él imponiendo la tiranía de la opinión como política correcta. Tal es la causa, quizá principal, de la Realpolitik como Machtpolitik o política de poder.
El caso decisivo y más eminente es precisamente el del racionalista protestante Thomas Hobbes, inventor del Estado, cuyo lema podría ser la famosa expresión homo homini lupus, tomada de Plauto. El gran pensador inglés hizo de la pecaminosidad inherente a la naturaleza humana, reduciéndola al interés, el fundamento de su teoría política. Unió el poder político y el temor de los hombres a los demás hombres e identificó lo Político con el aparato estatal, concebido como un hombre magno cuya mera existencia como una máquina instala el miedo como categoría permanente de la vida colectiva. Contra todo ello reaccionó Rousseau, de educación calvinista, pero en realidad siguiéndole y radicalizando aún más la prepotencia que da Hobbes a la ley.
Lutero había dicho que la razón es una Hure, una postitula que extravía la fe, lo que introdujo la desconfianza en el hombre que justifica el estatismo. Rousseau la agravó ingenuamente al sostener contra Hobbes que si la razón es corruptora, como la naturaleza humana es angélica en su origen –el Paraíso perdido-, lo pertinente es la preeminencia del sentimiento. De ahí la actitud progresista que, empeñada en restaurar a lo Rousseau la naturaleza humana caída, ha desembocado finalmente en la irracional antipolítico pacifista y de la tolerancia indefinida, llamada popularmente “buenista”, indiferente al bien y al mal. El “más allá del bien y del mal” de Nietszche, que deja en la impunidad a las oligarquías y las legitima para imponer la política correcta, de trasfondo angelista. Una actitud paradójicamente antihumanista.
El auténtico pensamiento político no es ni hobbesiano ni rosseuniano. Ambos se revuelven contra la tradición política fomentando la abstracción y el apoliticismo. El pensamiento político tradicional no prejuzga la naturaleza humana: ateniéndose a la realidad según la experiencia, la acepta según es, pecaminosa pero racional en el sentido de razonable, de manera semejante al atribuido por el Dereco al pater, o mater, familiae.
Michel Foucault decía que el poder está en todas partes y un economista como James Buchanan escribe –no es el único-, que, “en política, quienes toman las decisiones últimas sobre empleo del os recursos, no comparten ninguno de los costes del sacrificio de oportunidades abandonadas”; y en otro lugar: “ningún sistema de organización social en el que los hombres puedan actuar libremente es capaz de impedir la explotación del hombre por el hombre o de un grupo por otro grupo2. Uno de los mayores problemas actuales consiste en la supeditación casi absoluta de la política a la economía, como si fuese lo natural. Olvidando que no existe la economía pura y que en último análisis depende de una metafísica, la ciencia económica –que descansa formalmente en el principio de la escasez que, como demostró Gustavo Cassel, la permite cierto grado de determinismo- ha usurpado el sitio a la política en la confianza de que puede difundir la felicidad o incluso suprimir el mal. Rechazando las enseñanzas de la historia y la política, limita esta última a los aspectos materiales del mundo de la vida. El cientifismo economicista que se ha apoderado de la política olvida que la maldad humana es en muchos casos simple estupidez.
Son infinitos los testimonios que podrían aducirse sobre la primacía de la política, su estrecha relación con la ley rehierro y su pesimismo lógico. Podrían sintetizarse con otro célebre dictum de Carl schmitt: en política, “quien escribe se proscribe”. Hablar políticamente de la realidad política es arriesgarse a ser proscrito, no sólo políticamente sino socialmente, incluso económicamente. Habría que matizar: salvo que se sea hobbesiano o rousseauniano, según la situación concreta.

                                                                                                                             

                                                                                                                          
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