MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

                                                                                                                  

BREVES REFLEXIONES POLÍTICAS
D. Negro

                                                                                                                         
                                                                                                                         

Desde hace tiempo, y por supuesto en la actualidad, es preciso tener en cuenta el cambio sustancial experimentado en la vida política debido a la instalación de amplias clases medias –en recesión actualmente por la presión de las oligarquías-, cuyo origen y fundamento es el trabajo, como clases independientes en la sociedad, en la cultura y en la civilización. Gracias a la libertad de trabajo se hacen poseedoras y propietarias. Y universalizada la natural libertad de trabajo, peculiar de la civilización occidental, donde está empero cada vez más en entredicho, el estado social democrático ha sustituido al ancestral y universal estado aristocrático de la sociedad. Este hecho es en el fondo el gran elemento revolucionario de la “globalización”.
Debe reconocerse el mérito de la famosa ley inspirada por el revolucionario Le Chapéliére, tan criticada, sin embargo, al abrir el monopolio de los gremios, que no se libran de la ley de hierro. Hannah Arendt llamó la atención sobre la introducción de un nuevo paradigma en la vida y el pensamiento político debido a ese hecho y atribuyó con razón a Kart Marx el mérito indiscutible de haber sido el primero en hacer hincapié vigorosamente en él con categoría de acontecimiento. Aunque, a la verdad, Tocqueville captó en Norteamérica lo esencial de la cuestión y dijo simultáneamente lo mismo pero de otro modo, al pedir una nueva ciencia política para “inmundo enteramente nuevo" nacido del tránsito del estado aristocrático de la sociedad al estado social democrático debido a la formación de las clases medias.
El propio Tocqueville señaló que comenzó su gestación en el fondo de la Edad Media, siendo el cristianismo la causa formal; la material consistió en la adición a las posesiones y propiedades inmobiliarias aristocráticas de un gran incremento de la posesión y propiedad de bienes mobiliarios que modificó la economía circular, kreislauf (Schumpeter), o de perpetuo giro. Se deben tener en cuenta también los adelantos técnicos y las revoluciones agrarias habidas en la todavía llamada absurdamente Edad oscura.
Ferdinand Lasalle, el fundador del “socialismo evolucionista” –la socialdemocracia partidaria de la revollución mediante la reforma legal en contraste con el socialismo revolucionario de Marx-, había rebautizado como ley de hierro la ley de bronce de los salarios de David Ricardo, para darle más énfasis, y es muy probable que Michels, estudioso del partido socialdemócrata alemán, la generalizase como ley de hierro de la oligarquía, aplicando la idea de Lasalle a los partidos políticos.
Bajo la influencia de la tradición de la Polis griega y ejemplos parecidos, y del pensamiento político tradicional, Montesquieu sólo concebía gobiernos republicanos en pequeñas ciudades o grupos de hombres, donde es posible la democracia directa o participativa. Por eso son indispensables los partidos, o como se les quiera llamar, en los gobiernos democráticos de espacios de mayores dimensiones, pese a las buenas razones –entre ellas la corrupción- esgrimidas por Simone Weil para suprimirlos. El problema principal no es su particular e inevitable organización oligárquica, sino el hecho de que en toda agrupación humana existe una jerarquización, por muy informal que sea. “Quien habla de organización  habla de oligarquía”, decía Michels.

Seymour M. Lipset observó la interrelación entre los estudios de Marx y Tocqueville, respectivamente sobre la división del trabajo y el consenso, con los de Michels sobre la oligarquía y los de Max Weber sobre la burocracia: “Ambos –dice, refiriéndose a los dos últimos- trataron de demostrar que los organizaciones y sociedades socialistas eran, o serían necesariamente, tan burocráticas y oligárquicas como las capitalistas”.
Desde la publicación en 1911 del famoso libro de Michels Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencia oligárquicas de la democracia moderna, suelen relacionarse las alusiones a la oligarquía con los partidos políticos, aspecto sobre le que existe bastante bibliografía, que suele seguir a Michel o parte de él. Sin embargo, a pesar de su afirmación en el prólogo de 1915 a la edición inglesa de aquella obra, de que “la democracia conduce a la oligarquía y contiene necesariamente un núcleo oligárquico”, en comparación con Weber inspiró pocos estudios posteriores, Rara vez se considera esa ley como una ley general que condiciona la política. El propio Michels casi se limita a decir, acertadamente, que es “una ley sociológica más allá del bien y del mal”.
La atención a la ley de hierro en relación con los partidos políticos –que hace ilusoria la absurda exigencia de que “se democraticen internamente”- está sobradamente justificada, ya que parecen ser indispensables en la democracia de masas. Ahora bien, los partidos políticos son sólo un aspecto de sus implicaciones. Si, como decía Foucault, el poder está en todas partes, no opera sólo en la democracia –ni en la política-, aunque en este caso sean más notorios sus efectos. Sin embargo, no deja de ser sorprendente la relativa escasez de estudios concretos sobre esa ley, pese a que la historia de Occidente podría escribirse como una interpretación oligárquica de la historia bastante menos reduccionista que la interpretación económica socialista, o como una lucha permanente por la libertad política mediada por la dictadura en situaciones límite o excepcionales a fin de conservar el equilibrio del orden político. Unas veces a favor de las oligarquías y otras de la democracia, como en las célebres luchas entre Sila, defensor de la oligarquía, y Mario, defensor de los plebeyos, y luego entre sus herederos Pompeyo y César. La sacralización de la democracia –la transformación de la democracia en una religión- tiene seguramente bastante que ver con la escasa atención explícita prestada a esa ley, que afecta y en cierto modo explica el “constitucionalismo”.
El meollo de la cuestión radica en cómo impedir o mitigar que los que mandan, no sólo los partidos (aunque sean de notables, como los liberales y conservadores del siglo XIX), se comporten oligárquicamente respecto al resto de la sociedad o sean meras correas de transmisión de los intereses, deseos, sentimientos, incluso caprichos, de las oligarquías sociales. Lo decisivo políticamente es la función de la ley de hierro como un denominador común de todas las formas del gobierno, incluida la oligárquica. Nicolás Péres Serrano notaba que fortalece por ejemplo la figura del Jefe del Estado, aunque sea doctrinalmente inoperante, al confluir en su figura la tendencia oligárquica. Bertrand de Jouvenel infirió de la concentración de los poderes la monarquización del mando, el secreto en las grandes decisiones, que los sistemas políticos “democráticos” tendían a ser principados en los que proliferan la élites.

     

                                                                                                                        
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