MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

RENOVAR LA HISPANIDAD
Eduardo Arroyo

                                                    
                                                   

Hoy es el día de la Hispanidad, que viera la luz por vez primera gracias a un presidente argentino: Hipólito Irigoyen. Esto es casi anécdota histórica si lo comparamos con su contenido y su potencial. Lo importante es saber qué puede significar hoy la Hispanidad, cuando parece que toda la razón de ser de la nación española es el estar constituida en democracia; es decir, un mero método de elección de dirigentes. Que la razón de elegir este método y no otro se funde en el abstracto y vago concepto de “libertad” no aclara lo más mínimo las dudas que le surgen a uno cuando constata que la nación española ha sido sujeto político e histórico de Occidente desde la Hispania romana, ya va para dos mil años.

Pese a la insistencia de los liberales, el problema sigue ahí y se ha hecho bien patente en estos días cuando constantemente se apela a la democracia para vindicar a España frente a la traición y la sedición del gobierno regional catalán. Paradójicamente, ha sido el patriotismo, muy distante del “constitucionalismo” legalista, el que ha salvado los muebles del fracasado régimen de 1978 sacando a las calles de Barcelona a un millón de personas: los manifestantes lo hacían por España antes que por la constitución y por ello enarbolaban banderas y no ejemplares de la “carta magna”. Lo que ha movilizado a los Españoles en todos los rincones de nuestra geografía ha sido el patriotismo, no una etérea abstracción legalista en pos de una constitución que todos quieren ahora reformar.

En el colmo del cinismo, se remiten a la constitución supuestos valores como la “convivencia”  la “tolerancia” entre españoles, obviando el fermento de descomposición nacional que introdujo la Constitución con el ya conocido galimatías de las “naciones” en la nación “única e indivisible”.

Lo malo es que este espíritu desnacionalizador en el fondo; es decir, una corriente intelectual que desprecia en el fondo a los pueblos para sustituirlos por un entramado burocrático de “derechos y libertades” es el mismo que se alza también contra la Hispanidad.

La esencia de la Hispanidad es la fe católica, algo que no tiene lugar en una España descristianizada y hedonista, transida de relativismo cultural y cosmopolitismo. Se apela, para ocultar esta quiebra de las esencias, a “vínculos culturales” y una “herencia común” (sin abundar en cual). Y es que en realidad los liberales odian a la Hispanidad en nombre de las “sociedades abiertas”; la izquierda porque la Hispanidad está fundada en el catolicismo altomedieval. Unos y otros hacen fácil causa común y convergen en la termitera gris diseñada por el capital global: los primeros, como élite financiera internacional, los segundos, como fuerza de choque para aplastar a los disidentes. Jamás fue tan evidente la colusión del imperialismo mundial del dinero con el internacionalismo de la izquierda y de los “progresistas” en general. De ahí que Soros -y otros cuantos más, aunque es él el que lo hace más abiertamente- financie causas en todo el mundo que podrían muy bien aparecer en un programa de la CUP, de “Sortu” o de los “antisistema”.

Esta es la razón por la que tanto se abunda en la naturaleza supuestamente “mestiza” de las naciones. Por su parte, acérrimos defensores actuales de la Hispanidad alaban, coincidiendo con la derecha o con la izquierda, el “mestizaje” de la Hispanidad para la España de hoy. Estos olvidan que el “mestizaje” fue un intercambio, generador de naciones nuevas en otro tiempo, cuando la existencia de la nación española no estaba ni mucho menos puesta en entredicho. Así, si entonces el “mestizaje” con pueblos americanos era plenitud e irradiación de la energía histórica española, hoy, el mestizaje es la decandencia nacional, el abandono de la identidad y el hundimiento en las simas del cosmopolitismo del capital global. En realidad, la Hispanidad es generadora de identidades -nuevas o antiguas- mientras que el proceso de globalización es justo lo contrario: arrasa a los pueblos porque las identidades es el único valladar contra el que se estrella el ariete del mercado.

Por lo tanto es hoy imperioso renovar la Hispanidad para situarla a la altura de los tiempos y de las batallas que se libran en nuestra época. En este contexto deben destacarse dos cuestiones: la primera, es la relación de la Hispanidad con la idea de “Imperium”, esto es: una construcción política, histórica y, en última instancia religiosa, en la que la metrópoli dirige e integra, hasta imprimir un nuevo carácter, generador de una nueva identidad, que salva lo mejor de identidades anteriores. Segundo, que la Hispanidad, entendida desde el punto de vista cristiano católico, es un producto de la Providencia Divina, como lo son las naciones que se integraron en ella. Destruir naciones, por tanto, no puede ser ya una ocasión de voluntarismo político.

En consecuencia, frente al “espacio de derechos”, de individuos libres e iguales, regidos por parámetros vitales forjados en la horma del materialismo y del hedonismo, decir hoy “Hispanidad” debe ser defender la patria en el marco de una concepción superior del ser humano, no materialista y no hedonista. Decir “Hispanidad” debe ser, en definitiva, afirmar la identidad de los pueblos que la Historia ha gestado.

Hoy, la Hispanidad así renovada debe ser signo de rebeldía frente a la globalización y también de concordia entre pueblos amantes de su patria. Desde luego, no es una ley, por muy constitucional que sea, la que funda a España sino más bien es el más sencillo y puro amor a la patria quién constituye la justificación histórica de nuestro derecho a existir. La primera -la ley- es formal e instrumental, la segunda -la patria-, en cambio, es esencial y funda a la primera. España no es una construcción mental del derecho si no el resultado histórico de una gesta providencial.

No es una buena idea, por tanto, que estos días ponga voz al ímpetu de la patria un trilateralista corrupto o unos antiguos felipistas. Ambos son parte del problema y origen del caos que vivimos. El sistema intenta reconducir las sanas energías liberadas hacia su campo y ya prepara la emergencia de un partido diseñado en un laboratorio de ideas de vaya usted a saber donde, como “Ciudadanos”. Todo eso es el mundo que ha traído la presente crisis y, sin duda traerá otras. Frente a él deben alzarse valladares como el de la Hispanidad.

La luz de la Hispanidad, antes que como imposición belicosa o recuerdo de otro tiempo, debe brillar como ejemplo ilusionante, capaz de traer esperanza a la oscuridad de un mundo sin alegría.


                                                                                                                        
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