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T E M A S

                                                                                                                  

SANTIAGO Y ESPAÑA
Miguel Argaya

                                                                                                                         
                                                                                                                         

Secular es en España la devoción a Santiago, y secular también la advocación guerrera de los españoles al santo apóstol de Cristo como patrono de la Reconquista. De lo primero, tenemos constancia desde el siglo VI, según nos adelanta San Isidoro de Sevilla. La tradición nos dice que Santiago estuvo en Hispania en los años 41 y 42, que evangelizó en Itálica Mérida, Lugo, Astorga, Palencia y Zaragoza, que en esta última ciudad se le apareció la Virgen María, y que finalmente regresó a Palestina, donde sería martirizado el año 44 por Herodes Agrippa. La tradición asegura igualmente que su cuerpo lo traen a Hispania dos discípulos del santo, Atanasio y Teodoro, quienes lo entierran en Galicia, lo que entonces era el “finis terrae” (el confín de la tierra).

De la advocación de Santiago como patrono de la Reconquista tenemos algunas referencias más. La más antigua, el himno O Dei verbum compuesto por Beato de Liébana e incluido en su “Comentario sobre el Apocalipsis” y escrito hacia el año 780, en tiempos del rey Mauregato: “¡Oh verdadero y digno Santísimo Apóstol, cabeza refulgente y áurea de España, nuestro protector y patrono vernáculo!” ("Oh, vere digne sanctior apostole caput refulgens aureum Ispaniae, tutorque nobis et patronus vernulus"). Es, como vemos, un documento tempranísimo, escrito a escasas siete décadas de la invasión agarena, e incluye además una interesantísima alusión a España que debería hacer pensar a quienes niegan que esta haya existido antes del siglo XV.

En el año 814, reinando en Asturias Alfonso II, se unen ambas tradiciones en una sola cuando encuentran en Iria Flavia (hoy Padrón) un túmulo funerario latino con tres cuerpos que, tras una investigación del obispo de entonces, Teodomiro, se identifican como los del Apóstol y sus dos discípulos. Es un hallazgo de primer orden porque hasta ese momento no se conocían otros restos apostólicos que los de San Pedro en Roma, así que la noticia no tarda en circular por toda la cristiandad.

Pero el acontecimiento definitivo ocurre treinta años después, en la legendaria batalla de Clavijo. Los historiadores actuales sostienen que esta batalla, como tal, nunca existió, y seguramente tengan razón. Es la tradición la única que nos la relata, y la tradición -claro está- no cuenta para el historiador actual. Yo, que no soy muy actual, no voy a decir que me la crea, pero tampoco lo contrario. Tradición era, por ejemplo, la guerra de Troya, hasta que vino Schliemann a documentarla.

Lo que la tradición nos cuenta, en todo caso, es que Clavijo existió, que tuvo lugar cerca de Logroño el año 844, que enfrentó al rey leonés Ramiro I y al emir cordobés Abderramán II, y que en el curso de la batalla se apareció el propio apóstol Santiago a lomos de un caballo blanco animando y dirigiendo a las tropas cristianas a la victoria. Se difunde, como es lógico, la noticia, con heroicos visos de cruzada antes de las Cruzadas, y con ella la devoción al Apóstol enterrado en el “finis terrae”. De la segunda mitad del siglo X tenemos ya registro de los primeros peregrinos europeos -sobre todo franceses- a Santiago. Aparecen en el llamado “Martirologio de Adón”, un libro francés escrito entre el 850 y el 860.

Para los cristianos españoles, es además un importante acicate reconquistador. La “Crónica Profética de Alfonso III”, escrita hacia el 883, vaticina que “este príncipe nuestro, el glorioso don Alfonso, reinará pronto en toda España”. Y de nuevo la palabra España, para ilustración de los que niegan que existiera de tal concepto antes del siglo XV. Poco después, en el 899, el propio rey asturiano Alfonso III hace construir en Santiago un nuevo templo, que se erige sobre el de su predecesor Alfonso II, más pequeño y primitivo. Para que no quede duda alguna acerca de la intención jacobea del monarca, el Acta de constitución de la nueva iglesia define esta como “templum ad tumulum sepulchri Apostoli”.

Cuarenta años después, el 939, tiene lugar la famosa Batalla de Simancas, en la que una coalición cristiana de leoneses, castellanos y navarros derrotan al poderoso califa cordobés Abderramán III. También aquí dice la tradición que se produce una aparición milagrosa, la de un misterioso hombre sobre un caballo blanco, que en el peor momento de la lucha se pone al frente de las tropas cristianas, las conduce a la victoria y luego desaparece. Los leoneses y navarros quieren ver en él al apóstol Santiago; los castellanos, en cambio, lo quieren identificar con su propio patrono local, San Millán. Prevalece, en todo caso, la tesis navarro-leonesa, y de nuevo salta por toda Europa la noticia del patronazgo jacobeo a la causa cristiana de los españoles. Las peregrinaciones se hacen, a partir de entonces, continuas y regulares. Tanto es así, que desde finales del siglo X el rey navarro Sancho III el Mayor decide organizar para los peregrinos una primera red de puentes, hospitales y posadas que abren lo que hoy conocemos como “el camino francés”.

     

                                                                                                                        
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