MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

A QUIÉN VOTAR O NO VOTAR
J. A. Cavanillas Gil

                                                    
                                                   

Resulta muy difícil para un católico que quiera ser realmente coherente con su fe, hacer una elección política en el momento del voto. Actualmente excluidas las opciones de tipo izquierdista por lo que conllevan de sumamente anticristiano y antinatural en sus programas, no queda otra solución que volver la mirada a lo que el panorama político nos presenta en sus “otros flancos”.
Y aquí nos enfrentamos a dos tipos de opciones: o el voto a uno de los movimientos políticos (aunque minoritarios) que en sus programas defienden un proyecto de sociedad enteramente conforme con el Magisterio de la Iglesia –léase opciones Nacional-Sindicalistas o las coaliciones en que ésta está presente– o bien el voto al Partido Popular o a sus marcas blancas, Ciudadanos o VOX.
Sobre esta última posibilidad deseo hacer una serie de reflexiones que nos ayuden a comprender su verdadera naturaleza, pues aunque sea el más votado por los católicos españoles, no cabe duda de que su elección entraña toda una serie de contradicciones que hacen inviable su opción.
¿Cómo en efecto un partido que se dice cuando menos respetuoso con los valores cristianos y que es miembro del Partido Popular Europeo, expresión continental de la democracia cristiana, puede estar conforme e incluso, aprobar leyes como el divorcio, el aborto, las parejas de hecho, que chocan frontalmente con el Magisterio de la Iglesia?
La respuesta la encontramos en la historia y en la ideología a las que se inspira. Esto es: en la anteriormente citada democracia-cristiana.
Los elementos necesarios para la comprensión de este fenómeno hay que buscarlos en la Revolución francesa y se sintetizan en el esfuerzo de realizar en la vida asociada los principios de "liberté, égalité, fraternité" que no traduzco para que no pierdan su significado históricamente condicionado. Tal revolución constituye la mayor agresión política a la Tradición Católica, así como el protestantismo fue la mayor agresión religiosa.
De los muchos aspectos de la Tradición, el que mayormente ha sufrido los ataques del gobierno revolucionario fue sin lugar a dudas, el de la función social. 
La jerarquía social no desaparece inmediatamente. Pero surgen grupos humanos que presentan su propio proyecto de sociedad. Cada uno de estos grupos presenta una “alternativa de sociedad” que desborda los límites sobre los que se asentaba el pluralismo de una sociedad natural que opinaba sobre las formas de gobierno, pero que no cuestionaba sus principios básicos.
Nacen así los partidos modernos, clubes revolucionarios, con su propia interpretación de la historia y la sociedad. Con sus funcionarios y sus escuelas de partido.
En esta situación de pluralismo doctrinal, los católicos que creían en la necesidad de la Revelación y de la Gracia para la salvación –en contra del "dogma masónico" revolucionario de la inmaculada concepción del hombre– ven cómo su doctrina pasa a ser una más entre otras. Pero como a menudo ocurre en estos casos, no hay una reacción común. Y así vemos nacer una derecha, un centro liberal –que acepta la "liberté" no confundir con la Libertad pues son opuestas y trata de interpretar pro bono "égalité" y "fraternité"–  y una izquierda que ve en la Revolución un signo positivo de los tiempos una nueva "Revelación". Ésta última será la “democracia cristiana”.
Estas tres facciones –derecha, centro e izquierda– llevan impresas la impronta masónica de la misma Revolución Francesa en la medida en que todas apartan a Dios y su centro del universo pasa a ser el hombre autónomo en sí mismo. Para todas ellas, Dios deja de existir pues todo se puede explicar por medio de la razón, de la ciencia, de la “gnosis” masónica.
La gravedad que supuso esta actitud de los demócrata-cristianos hacia el Magisterio de la Iglesia, se comprende mejor si nos paramos un momento a considerar el cambio de época provocado por la Revolución Francesa. Ésta en efecto, condujo por primera vez en la historia de la Europa cristiana, a la completa laicización del Estado y de la vida pública. Se realizó por primera vez desde la época de Constantino, la total separación entre la Iglesia y el Estado –de nuevo encontramos la visión masónica–.
A partir de la Revolución, la humanidad –inclusive los católicos– se acostumbró a vivir su vida social y política sin hacer referencia a la Iglesia. Sin recurrir a sus poderes espirituales ni a sus ministros.
Hasta ese momento el nacimiento de los hijos, su educación, el matrimonio, la muerte, la organización de la vida colectiva, la constitución y el funcionamiento del poder político se había hecho al amparo de la religión confesional, sacerdotal y jerárquica.
La Religión era un asunto de Estado y el Estado estaba consagrado por la Religión. No solamente no se pensaba en separar a la Iglesia del Estado, sino que excepcionalmente se hablaba de Iglesia y de Estado, ya que se preferían términos como “poder político” y “poder religioso”. Gobierno y clero. Rey y obispos o Papa.
Estas autoridades se consideraban como partes distintas de una misma sociedad cristiana.
Pues bien: la democracia cristiana contribuye a destruir todo esto con su ideología aconfesional, no católica –o visceralmente anticatólica como ocurrió en el siglo XIX en España y las diferentes persecuciones y asesinatos de religiosos–, en la que el “sistema democrático” es interpretado como semilla evangélica capaz de llevar por sí mismo al ejercicio de la virtud. Además, la verdad ya no es un dogma de fe. Es decir: ya no se refiere a la Verdad Revelada por Dios y culminada en Jesucristo.
Ahora es el resultado de la confrontación dialéctica entre varias opiniones. De aquí la convicción que el progreso histórico moderno sea una consecuencia evangélica y por consiguiente fruto de una gracia histórica invisible. Todo ello condujo a la idea de que el Cristianismo era una corriente más como otra cualquiera, de la democracia y la democracia el contenido político del Cristianismo. El resultado más coherente de toda esta teoría fue la divinización de la democracia.
Se comprende pues cómo con tales ideas hayan podido participar en la marcha triunfal de los ejércitos revolucionarios de todos los tiempos –aunque eso sí, en una posición subordinada y de retaguardia– representando el momento "místico" de la "fraternité".
Tampoco nos sorprenderán las reacciones contrarias que tales ideas provocaron en la Santa Sede y en la Jerarquía Eclesiástica, preocupada a partir de la Revolución Francesa de poner en guardia y de preservar la ortodoxia de la fe, frente a los ataques de lo que tenía todos los visos de ser una nueva herejía.
Después de este recorrido histórico y doctrinal, no nos será tan difícil comprender la ideología del Partido Popular, Ciudadanos y VOX; unos partidos que afanándose en acoplarse a la marcha de la Revolución, asumen todos los principios "éticos" de sus "adversarios".
El tan manido "centro" en realidad no es más que una escenificación política que sirve para encauzar al electorado de derechas en un proyecto “progresista”.
Y así vemos como se da cabida a la homosexualidad con sus plataformas gays, al aborto, a toda una programación cultural que ni siquiera intenta oponerse al relativismo triunfante, sino que antes bien, lo ratifica no desdeñando mostrar su regocijo.
Ahora bien: vista la imposibilidad o cuando menos el enorme problema moral que supone votar al Partido Popular y sus otras dos marcas blancas, ¿qué podemos hacer si queremos participar de forma activa en la vida política, sin tener problemas de conciencia?
Creo que la solución estriba en votar a aquellos partidos –en este artículo no tomo en consideración a las asociaciones de tipo cívico-cultural, fundamentales para la difusión de los valores católicos en la sociedad y la formación de las élites, –ya que me limito a la mera opción electoral– que aun no teniendo posibilidad a medio plazo de conseguir representación parlamentaria, sí son una opción legítima para una conciencia católica rectamente formada. Me refiero a aquellas formaciones que en sus principios generales son conformes al Magisterio de la Iglesia. Me refiero a aquellas que se declaran abiertamente seguidoras del Nacional-Sindicalismo.
La dificultad mayor que estas formaciones políticas tienen para hacer llegar su mensaje y su presencia a los españoles, consiste en que tiene en su contra a toda la prensa y medios de comunicación de masas que incluso recurriendo a la mentira abierta y descarada, han venido vertiendo sobre éstas y sobre sus seguidores, toda suerte de invectivas. Unos medios de comunicación en manos de todo aquello que no comulga con los postulados emanados de la Revolución Francesa.
A la visceral inquina de todo el sistema liberal capitalista hacia esta doctrina y todo lo que ella promueve, hay que unir la impaciencia de muchos votantes en conseguir resultados inmediatos cuando ello requiere serenidad, entereza, trabajo constante y continuo replanteamiento de estrategias. Con la diferencia de que con su escasez de medios no se encuentra por tanto en igualdad de condiciones para defender un criterio auténtica y genuinamente español y esto unido a su vez al aprovechamiento de esta circunstancia por sus enemigos, para tacarla a sabiendas de que no se puede defender, comporta una falta de confianza por parte del electorado que estima como inviables tales opciones.
Obviamente, no son inviables. Pero los medios de comunicación al servicio del mundialismo imperante, hacen ver que sí.
Tampoco hay que obviar la distorsión sufrida por la auténtica "leyenda negra" que se abatió sobre otros Regímenes y las fuerzas que de alguna manera le apoyaron, generada por los mismos sujetos políticos. Como también –consecuencia en parte de esta última– el tópico del "mal menor" que imposibilita una verdadera reacción católica coherente contra el relativismo imperante.
Otro elemento a tener en cuenta a la hora de organizar una oposición frontal al sistema es la nueva etapa revolucionaria comenzada con el "mayo del sesenta y ocho".
Me explico.
La época contemporánea se caracteriza por el triunfo completo del proceso descristianizador que la doctrina contrarrevolucionaria ha denominado como "Revolución".
Ésta después de las tres primeras etapas (Protestantismo, Ilustración y Comunismo) ha dado lugar a la "Cuarta Revolución". Esto es: al cuestionamiento de la capacidad por parte del hombre de alcanzar cualquier tipo de verdad válida e inmutable para todos.
Tanto es así que los mismos mitos de la modernidad –la "Razón Ilustrada" como única fuente del saber y obrar humanos, el "progreso ilimitado de la ciencia" hacia horizontes paradisiacos en este mundo, etc...– son cuestionados por el nuevo relativismo, a favor de un pensamiento "débil" en el que cada uno es impulsado a crearse "su" propio mundo a sabiendas de que su cosmovisión tiene exactamente el mismo valor que todas las demás y en el que incluso la misma percepción de la realidad como la conocemos mediante los sentidos y la experiencia, no es más que una de las tantas posibilidades existentes.
Fruto maduro de esta nueva etapa revolucionaria es el fin de las ideologías. No ya que los partidos políticos con sus nombres dejaran de existir, sino que ya no hacen referencia a sus ideologías originarias en un proceso de superación de las mismas, a favor de la asunción plena del relativismo radical.
Al mismo tiempo vemos como la política pierde su función de guarda y ejecutora del bien común para convertirse en pura administración de decisiones tomadas allende las fronteras nacionales por un grupo de burócratas supeditados a la disciplina de los intereses plutocráticos de la finanza especulativa, a menudo extensión de las decisiones que se adoptan en oscuras logias masónicas, como ya hemos demostrado en más ocasiones.
Así las cosas, lo que hoy se necesita es una clase dirigente católica bien formada según las enseñanzas de la Iglesia y del magisterio contrarrevolucionario que sepa, a través de las demandas y reivindicaciones legítimas de la sociedad, encauzarlas –adaptándose a la pobreza intelectual y moral del hombre de hoy, pero sin caer en ella– y desarrollarlas, para que puedan hallar su corolario en la ley natural y divina. 
Se trata pues de explicar al hombre de a pie, el por qué de sus inquietudes y demandas para que pueda desarrollar los principios de ley natural que debido a su fe o a otros factores todavía conserva.
El mejor ejemplo para este tipo de apostolado lo encontramos en la fe.
De hecho, la Tradición de siempre sin menoscabo alguno de la verdad, se conjuga a un lenguaje, a una doctrina de la ley moral, que sabe hablar al hombre conforme a principios universales captables también por personas que por su propio credo o formación están muy alejadas del Catolicismo.
De esta forma se ha venido comportando el movimiento político que aspira a reinstaurar/instaurar la Hispanidad y toda la carga cultural, emocional y religiosa que ello conlleva: el Nacional-Sindicalismo, de acuerdo con sus puntos programáticos, con los que rescatar la ignominia a una sociedad española que discurre por el devenir del mundo, como si renunciara a la cultura de la vida y abrazara la cultura de la muerte y de su autodestrucción.


                                                                                                                        
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