MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

DEL ALEVE Y TRAIDOR ZAMORANO VELLIDO DOLFOS
Vicente Fernández Riera

                                                                                                                         
                                                                                                                         

SEMBLANZAS HISTÓRICAS QUE CONVIENE RECORDAR

Se trata de uno de los más bellos “romances antiguos castellanos”, el del asesinato del Rey de Castilla D. Sancho “El Fuerte”, ante las murallas de Zamora, en el intento de conquistar la ciudad, que, por herencia paterna del Rey castellano D. Fernando, había correspondido a su hija, Doña Urraca, que hubo de recriminar agriamente a su padre, en trance de muerte, cuando testaba, que todo su caudal lo dejaba y distribuía entre los hermanos varones, y a ella, como hembra, no le adjudicaba nada.

Fue fama que recogieron y perduraron los romances, y lo confirma la historia, que tiempo después, ya fallecido el padre causante, y en la hora siempre fatídica, o de “armas tomar” (¡nunca mejor dicho¡) de las partijas hereditarias, resultó cercada la ciudad de Zamora, bien “guarnida” con fuertes murallas, y acometida por otro el ya dicho D. Sancho, para aumentar su territorio, verificando el ataque la hueste del Rey por un costado de la misma, mientras que, por el otro, lo verificaba la que dirigía el joven caballero castellano Rodrigo Díaz de Vivar, “El Cid”; e, igualmente, que los esfuerzos guerreros de éste iban siendo más favorables por el costado donde atacaba, que por donde los verificaba el monarca:

“De un cabo la cerca el Rey,
del otro el Cid la cercaba.
Del cabo que aquél la cerca,
Zamora no se da nada.
Del cabo que el Cid la aqueja,
Zamora ya se tomaba.
Corren las aguas del Duero
Tintas en sangre cristiana”.
 

Como el final de estar cerca el momento de sucumbir la ciudad, era más que previsible, un hombre del consejo, o cotarro, de Doña Urraca se comprometió a fingirse pasado al rey de Castilla, procurar introducirse en su ámbito de confianza, mostrarle un pasadizo desconocido, o poterna, o falla del terreno, inadvertido en la extensa muralla, para irrumpir en la ciudad y posesionarla fácilmente. Se trataba de Vellido Dolfos (con “v” escribieron D. Ramón Menénez Pidal, el Padre Juan de Mariana, el Padre Enrique Flórez y Bretón de los Herreros, en uno de sus dramas, y nosotros no somos quien para escribir Bellido, que en algún lugar aparece); el cual Vellido se insinuó tanto en la aceptación y credulidad por D. Sancho que se aventuró, sin acompañamiento alguno, ni siquiera del buen “Cid”, hasta el lugar del pasadizo, en donde pudo fácilmente asesinarle a puñaladas e introducirse de nuevo en la ciudad zamorana para transmitir a Doña Urraca el cumplimiento de su misión.

Literariamente, alcanza el romance, en este trance, toda la belleza tersa, incipiente y espontánea, sin ningún artificio que desvíe de la sencillez poética. Se conservan muchas variantes, de diversos tiempos nos parece la más pura y original, la que sigue:

“De los muros de Zamora,
Un alevoso ha salido;
llámase Vellido Dolfos,
hijo de Dolfos Vellido;
si gran traidor fue su padre,
mayor traidor es el hijo.
Gritos dan en el real,
a Don Sancho han malferido,
muerto le ha Vellido Dolfos,
¡gran traición ha cometido¡
Por las calles de Zamora,
va dando voces y gritos:
‘¡Tiempo era Doña Urraca,
de cumplir lo prometido¡’”.

Exprimiendo los inigualables “romances antiguos castellanos” o las viejas “Crónicas”, quedan muchas cosas que contar y rememorar con experiencias que pudieran ser útiles en nuestros días; entre ellas, las relativas la mismo personaje de Doña Urraca, apellidada Fernández, ni buena, ni mala, simplemente mujer; y hasta lo fue en su reclamación interesada al padre moribundo, que quebrantaba por vez primera la rigurosa tradición visigoda de mantener siempre la España indivisa, que la propia naturaleza geologizó como unidad desde los montes del Norte hasta el estrecho del sur; y que el Rey, en el trance final distribuye y fragmenta solo entre sus hijos varones; y que, gracias a ese innato reproche discriminador, obtiene Urraca, al manos, la ciudad de Zamora en legado soberano. Lo que bien pudiera quedar para otra “semblanza” posterior, de resultar ésta pasadera y aceptable.

                                                                                                                           
                                                                                                                          

                                                                                                                          
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