MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

MEMORIAS DE UN GURIPA
HISPANIDAD

Salvador Saldaña Juste

                                                                                                                         
                                                                                                                         

En nuestro deseo de verter, tan siquiera unos gramos de tan inabarcable concepto, sin perecer en el empeño, intentaremos desgranar los pensamientos y, como no podría ser menos los hondos sentimientos que en nosotros afloran, a fuer de verme concernido, por mi implicación, tan siquiera modesta en tal concepto.

Con el fin de determinar la situación planteada y el uso (infamante, no pocas veces, desdenes que por lo demás, viniendo de quienes vienen, no pueden por menos que enaltecerme) resulta perentorio esclarecer los conceptos que, por sabidos considerados deberían ser de ociosos, pues sabido es que “probar la evidencia resulta tarea de tontos”.

Sentado lo que precede, omitimos por, supuestamente sabida, quién mostró al mundo la existencia de lo que hoy (inicuamente) conocemos como AMÉRICA y no CONTINENTE COLOMBIANO.

Como primera cuestión se nos plantea desentrañar el origen y el sentido de la expresión y cuál fue el de otras, las intenciones espurias con las que fueron introducidas y, que pese a que su destino no podía ser otro que su expulsión del lenguaje, sin dejar rastro en el mismo, inconcebiblemente fueron aceptadas por ignaros y bárbaros aldeanos que tomándonos por compadres de su bárbara ignorancia o por su torva malicia pretenden, recurriendo al dicho popular, “comulgar con ruedas de molino”.

Ociosas, por conocidas, son las razones que hicieron de España una nación penta continental (rechazamos el uso de la palabra Imperio, pues son no pocos los historiadores que al considerar a la Hispanidad la reputan de nación con extensos territorios y, ahí nos damos de bruces con la HISPANIDAD y su desmedida grandeza, al considerar a tales territorios como España y, como súbditos de la misma y con idénticos derechos  a quienes la poblaban. Quien deseen pormenorizar en este extremo que se molesten en leer los cuerpos legales propiciados por Isabel de Castilla y su defensa contumaz de los indígenas, que no podían ser esclavizados, a quienes (tomen nota los necios que llenan la boca de “imposiciones lingüísticas”) que dichos pobladores fueron evangelizados en sus propias lenguas siendo no pocos quienes obtuvieron de la Corona timbre y blasón.

Así pues, (remito al lector a todo tipo de fuentes) que mienten, porque faltan a la verdad:

1. Quienes aseguran que, con la intervención de España se produjo un genocidio (díganlo los pueblos que, estigmatizados por aztecas y otros lugares de la América hispana), volvieron a la vida tras ser liberados por el contingente español acaudillado por Cortés y a cuyo caudillaje se adhirieron numerosos pueblos indígenas sojuzgados que veían en los conquistadores a sus liberadores de tan infame y bárbaro yugo).
2. Quienes niegan el mestizaje (no olvidemos, como premisa, a quien, por Cunqueiro, fue  denominada (“Lengua Marina” y con quién se unió en matrimonio). Quién esto ignore que se tome la molestia de leer a tan ínclito autor.
3. Quienes por artera malicia, ignoran a las tropas “indígenas” que se batieron a favor de España en las últimas guerras coloniales, señalaremos, a modo de ejemplo:
a. A los guajiros camagüeyanos.
b. A los charros mexicanos
c. A los llaneros venezolanos
d. A pueblos indígenas de Chile (Mapuches singularmente)
4. Quienes desean ignorar que fueron tribus indígenas que habitaban las llanuras de lo que hoy es USA, quienes se acogieron al cobijo y protección del pabellón de Castilla.

De la intervención española en América (cuyos territorios se extendían desde lo que hoy es USA hasta la Tierra de Fuego) siendo así que de tan vasto territorio asistimos al emerger de una pluralidad de naciones perfectamente definidas y estructuradas, política y culturalmente, que hablan en la misma lengua (sin mengua de la supervivencia de las nativas), unidos mayoritariamente por idéntica fe y que, como no, blasonan de la pureza y elegancia de su “español” (léase, por vía de ejemplo, algún periódico editado, VG, en Colombia o Argentina).

De lo dicho deviene palmario cuales son los pilares sobre los que encuentra reposo la denominación de HISPANO y sus derivados, a saber

1. Su descubrimiento y extracción de las tinieblas corresponde a la empresa propiciada por Castilla (Isabel I), condenemos pues al ostracismo a teorías extravagantes que resultan ajenas a los ojos del historiador, sabido es que la Historia se envilece al contacto con manos legas.
2. Lengua y fe católica común (no nos molestaremos en considerar la penetración de herejías que no están enroladas en la barca de Pedro).
3. Desdeñamos la infame denominación Latinoamérica, pseudo sustituta de Hispanoamérica. Considerar cierta la tal estigmatizante denominación nos obligaría a:

-Olvidar que el Lacio (el pueblo latino), hasta donde nosotros alcanzamos fue un pueblo de la antigüedad que habitó la península itálica y cuya existencia dio (entre otras causas) lustre y honor a lo que hoy llamamos Occidente. Por ende qué nos autoriza a considerar Latino a un gaucho o a un morador de conventillo porteño, al poblador de una Fabela carioca (no perdamos de vista que Portugal entra en el concepto de Hispano), a un charro mexicano, a un zambo andino, a un isleño caribeño.
-Postular que en tan bastas tierras se utiliza como medio de comunicación la lengua del Lacio. Ello no
empece que con los conquistadores y la pléyade de eruditos y clérigos ilustrados se reconozca identidad a lo Latino, al igual que nosotros fuimos favorecidos con tal cultura por Roma, siendo y actuando nosotros como  “correa de transmisión” de tal imperecedera e inmortal cultura y que hoy sigue latiendo para nuestro orgullo. Menester resulta explicar cual fue el origen blasfémico de Latinoamérica.
Pues bien, tal monstruosidad salió de las filas invasoras francesas durante su ocupación de México y tal brillante idea salió del brillante caletre de un generalito  gabacho que atendía por CHEVALLIER, quien, en su afán “de recibir mercedes y ver al emperador” le “vendió la burra” de que con tal trapacería se conseguiría, ipso facto, la desespañolización americana. Contaba el añorado Sancho Gracia que, en uno de sus desplazamientos a México decidió visitar en prisión al director de cine azteca “Indio Fernández” y, pese a ser desaconsejado tal encuentro por parte de sus allegados, advirtiéndole “cuidado que El Indio es muy raro” tenaz en su empeño se realizó la tal visita y, en un momento determinado, Sancho Gracia preguntó: “Excúsame Indio, ¿es cierto que mataste a un hombre?” a lo que, impávido respondió el Indio: “NO ERA UN HOMBRE, ERA UN CRÍTICO, vino a desafiarme a mi casa pensando que no era capaz de matarlo no más, SE EQUIVOCÓ”.

Pues eso, respecto al tal Chevalier que, en el presente caso ni era crítico ni sufrió la justa cólera de ningún émulo del inolvidable Indio Fernández, no más se equivocó, eso si aquí podremos afirmar que el motivo de la pervivencia del perverso apelativo confirma el proverbio:
La Vulgata antigua dice:

Perversi difficile corriguntur et stultorum infinitus est numerus.

(Los malvados difícilmente se corrigen, y es infinito el número de los necios).

Pues eso, a quien le satisficiere lo dicho, hasta el próximo artículo y a quien se le indigestase, pues nada, a dieta de  pescado blanco.

 

 

                                                                                                                          

                                                                                                                          
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