MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

SAN EULOGIO DE CÓRDOBA (I)
Miguel Argaya

                                                               
                                                                                                                          

Ser cristiano en Al-Andalus a mediados del siglo IX no es fácil. A quienes han decidido mantener su fe, las autoridades islámicas los castigan con fuertes gravámenes fiscales con los que no cargan los conversos. Por si fuera poco, la mayoría de los cristianos han sido desposeídos de sus propiedades y malvive trabajando en el campo para sus vecinos musulmanes en calidad de peones, cuando no de siervos. Sólo en Toledo, donde la comunidad mozárabe se mantiene fuerte y abundante, es posible ver a muchos cristianos ejerciendo la artesanía o el comercio. En casi todas las demás ciudades y pueblos de Al-Andalus la población cristiana ha sido reducida a una vida de servidumbre en las propiedades latifundistas de los nuevos señores. Según el cronista árabe IbnHawqal, es habitual ver grandes explotaciones agrarias con miles de trabajadores, casi todos cristianos.

La convivencia con la mayoría musulmana tampoco es demasiado satisfactoria, pues las comunidades mozárabes sufren un duro sistema de segregación jurídica. Excepto en Toledo, en casi todas las ciudades del Emirato andalusí los mozárabes son obligados a concentrarse en los suburbios, normalmente fuera de las murallas, cuyo recinto son obligados a abandonar a la caída de la tarde con la llamada del muecín. Pero la segregación no es sólo jurídica. Los cristianos mozárabes también son víctimas constantes de provocaciones, insultos y humillaciones por parte de sus vecinos. El propio San Eulogio nos describe esas humillaciones harto gráficamente: “Cuando obligados por cualquier necesidad o menester de la vida nos presentamos en público y de nuestro mísero tugurio salimos a la plaza, si los fieles [musulmanes] ven en nosotros el traje e insignias del Orden sacerdotal, nos aclaman burlescamente como a locos o fatuos, aparte del cotidiano ludibrio de sus muchachos, que nos persiguen entre gritos y pedradas. Ellos [los musulmanes] abominan del nombre cristiano, prorrumpen en maldiciones y blasfemias brutales cuando oyen nuestras campanas y se dan por contaminados o sucios en cuanto los rozamos con nuestros vestidos”.

No. Como se ve, no es fácil conservarse cristiano en la España islámica, por más que algunos quieran presentarnos ésta como un paraíso de tolerancia. La realidad es que la presión sobre el pueblo cristiano es asfixiante. Tanto, que a la altura del siglo IX muchos cristianos temen ya manifestarse como tales. Algunos incluso actúan en lo público como fieles musulmanes, visten como éstos, hablan cotidianamente la lengua arábiga y hasta acuden con regularidad a la mezquita. No es de extrañar, por tanto, que la vitalidad de la fe termine por resentirse, pues ya se sabe que “si no actúas como piensas, acabarás pensando como actúas”; aunque no nos es dado a nosotros juzgar a aquellas gentes, abocadas por sus convecinos a la pobreza, el miedo y la vergüenza.

Así las cosas, el año 850 un sacerdote mozárabe de Córdoba llamado Perfecto es abordado en la calle por un grupo de musulmanes y obligado a pronunciarse sobre las personas de Cristo y de Mahoma. La respuesta de Perfecto en favor de Cristo resulta ofensiva para sus interlocutores, que lo denuncian por blasfemia. Poco después es condenado a muerte y degollado.

Pero el martirio de Perfecto sólo sirve para encender la entristecida fe de los cristianos sometidos al Islam. Al calor del ejemplo, algunos mozárabes se empiezan a organizar en torno a la figura del obispo de la ciudad, Saúl, con el respaldo del sacerdote Eulogio y de su amigo Álvaro, un rico comerciante recientemente converso del judaísmo al cristianismo. Eulogio de Córdoba (800-859) había nacido en la propia Córdoba, en el seno de una devota familia mozárabe. Tras consagrarse sacerdote, había dedicado grandes esfuerzos en revitalizar la tradición latina y la fe cristiana en su ciudad. Lo primero lo estaba llevando a cabo recopilando buena cantidad de textos latinos, entre ellos la Ciudad de Dios de San Agustín, la Gramática de Elio Donato, la Isagoge de Porfirio, la Eneida de Virgilio y las obras de Juvenal y de Horacio. Lo segundo, mediante la extensión del carisma eremítico entre la juventud. Animados por Eulogio, decenas de muchachos cordobeses habían abandonado sus casas para vivir una vida ascética en cuevas y abrigos rocosos de los alrededores de Córdoba. Un revulsivo, sin duda, para aquellos otros cristianos más timoratos y acomodaticios que estaban prefiriendo el maquillaje al testimonio. Y el ejemplo cunde.

En junio del año 851, uno de estos jóvenes eremitas, Isaac, abre la caja de los truenos. Decidido a exponer su fe y a exponerse por ella, se dirige a la ciudad, se presenta ante el juez islámico y proclama la verdad de Jesucristo. Pocos días después es decapitado por blasfemia. Pero su sangre no cae en saco roto. Dos días más tarde, un esclavo cristiano de la guardia del emir llamado Sancho, impresionado por el ejemplo de Isaac, se atreve a manifestar públicamente su rechazo a la fe de Mahoma y es finalmente empalado. Se desata entonces el fervor martirial en la comunidad mozárabe: seis monjes eremitas presentan una protesta ante el juez pidiendo recibir el mismo trato que Sancho e Isaac. “Puesto que pensamos igual que ellos -alegan-, trátesenos también del mismo modo”. Profesan públicamente su fe, niegan la de Mahoma, e igualmente se les decapita por blasfemia.

                                                                              

                                                                                                                          
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