MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

ESENCIA DE ESPAÑA
J. A. Cavanillas Gil

                                                               
                                                                                                                          

España no somos todos.

Incluso diría aún más: los hombres no somos España.

España es al contrario, la parte noble de cada uno de nosotros.

Es todo aquello que somos capaces de compartir con los demás.

España es pues, la comunicación que podemos establecer con nuestros semejantes.

¿Es entonces España el idioma? No. No es sólo eso.

España no es el idioma en que hablamos, aún el idioma –los idiomas y dialectos nuestros– está lleno de España como está lleno de Dios.

España no es el idioma. Es UN IDIOMA muy distinto, sin palabras. Pero con señales que todos entendemos a la perfección. Y ¡ay de aquel que las olvida!

La parte general de nuestras personas, la que no nace con nosotros, esa forma de ver el mundo; lo que sabemos –poco o mucho– del pasado, de la sociedad, del bien y del mal…

La ligera materia de nuestros sueños, no son del todo nuestros: España los ha puesto en nosotros. Los ha puesto de cien formas distintas: en nuestra familia, en las escuelas, en la calle y hasta en nuestra soledad.

Lo que nos diferencia es nuestro.

Lo que nos une, es España: la base sobre la que podremos entendernos o discutir; la obligada referencia al mundo en que vivimos, que siempre –siempre y para siempre– es distinto al mundo que viven y ven los nacidos en otras naciones.

España nos une y nos diferencia.

España imprime carácter como algunos sacramentos y algo hay de sacramental cuando un hombre hace el descubrimiento de lo absoluto que es el hecho de ser español. Un hecho que no sólo dura toda la vida, sino que nos presenta a la misma muerte de un modo original, que no es el de los franceses ni el de los chinos, por ejemplo.

España no somos todos. Sumados no formamos España. Porque en Hispanoamérica también está España, a menudo de manera más patente. Por eso en todos está España irremediablemente.

España nos da precisamente, la capacidad de comulgar, la alegría de tener sentimientos que no son sólo nuestros; la posibilidad de entender a los demás. Por esta razón cuando uno es español de España o de Hispanoamérica, Guinea Ecuatorial, etc., no puede ser otra cosa.

Y si lo intenta, sólo llega a ser un mal español: nunca nadie distinto. Como ya advirtiera Ramiro de Maeztu, “Preferimos poner nuestra ilusión en ser lo que no éramos. Y hace doscientos años que el alma se nos va en querer ser lo que no somos, en vez de ser nosotros mismos”.

Porque ahí radica nuestra decadencia. Desde el mismo comienzo del siglo XVIII, España se ha ido disolviendo y yendo a menos, traicionando así, su legado y a los españoles que sembró con su espíritu por todo el mundo.

El hidalgo español manejaba con igual soltura, las armas y el latín. Todos los españoles de aquí y de allende los mares, eran al mismo tiempo poetas y soldados. Pero cuando el influjo extranjero venido de Versalles al principio y de algunas logias después, hizo que la educación de los ricos fuera cómoda y el espíritu de servicio fue sustituido por los privilegios de casta y la Monarquía Católica dejó paso a una artificial territorialidad y los caballeros se acabaron convirtiendo en aquellos “señoritos” que tanto denostara José Antonio Primo de Rivera. No es de extrañar por tanto, que el pueblo perdiera el referente, el camino que para él, abrían sus mejores guías, eruditos, poetas, guerreros y santos.

Desde entonces, los españoles salvo excepciones, se han afanado en ser otros: en ser franceses, o alemanes o británicos… y ahora, yanquis. Copiando lo peor de cada casa extranjera y aceptando sin rechistar, todas las majaderías que nos vienen de fuera, a la vez que se desprecia la grandeza de lo que nos convirtió a todos los de aquí y a todos los españoles de Hispanoamérica, en la fuerza que movía el mundo.

Para los españoles, querer ser otra cosa distinta que españoles, es no querer ser nada. Es agachar la cabeza servil y sumisa, ante todo lo que nos esclaviza. Porque quienes marcan la pauta, sí que saben muy bien lo que son.

La España de aquí lleva demasiados huyendo de sí misma y siendo a menudo rescatada, por los españoles de Hispanoamérica, que nos vienen a recordar que si ellos existen, es porque nosotros les dimos nuestra impronta y nuestro espíritu de nobleza que nos llevó a plantarle cara a Roma, para modelarla y dotarla de una dimensión universal y transcendente: el Cristianismo.

España es el estilo Barroco, cuya grandeza no pueden entender nuestros enemigos irredentos. Porque el Barroco es el estilo de la Reforma Católica impulsada como respuesta a las mentiras y mezquindades ambiciosas de Lutero, impulsadas a partir del siglo XVIII por la masonería. Por eso además de no entenderlo, lo desprecian.

Desprecian a España y a su gran obra, que es Hispanoamérica porque nos temen. Allí donde hay un verdadero español, no triunfa el humanismo pagano, ni el sincretismo, el naturalismo y todos sus crímenes asociados, de entre los que destaca la abominación del aborto.

Los españoles de aquí y los de Hispanoamérica, no somos vulgares bestias que se resignen a una mera vida fisiológica. Tampoco somos ángeles cuya existencia sea la eternidad fuera del tiempo y el espacio. En nuestras almas de hombres, resuena la voz altiva a la vez que generosa y humilde de nuestros padres, que nos llama al porvenir por el que lucharon y entregaron su trabajo, su arte, su ciencia… Su vida.

“Amamos a España porque no nos gusta”, decía José Antonio.

En efecto, no nos gusta verla hundida, postrada y humillada ante sus enemigos de siempre. Postrada con la venial complacencia de los malos españoles que han renunciado a ser España, para imitar las estupideces de quienes nos miran con desprecio y nos ven como a rústicos payasos de feria que no hacen gracia.

Nos duele la España que vemos. Pero más aún nos duele ver que los españoles han aceptado sin crítica, dóciles cual borreguitos que van al matadero de la historia, el papel que le impone el Nuevo Orden Mundial.

Nos duele España. La de aquí y la de otro lado del Atlántico, donde están nuestros hermanos que esperan que aquella España que les dio el orgullo de pertenecer a una empresa grande y universal, se levante y sin odio pero con firmeza, le diga al mundo: aquí estamos y aquí vamos a seguir estando, mientras Dios guíe nuestros pasos.

Vale la pena tomarse el tiempo necesario para investigar a lo que obliga esta circunstancia.

                                                                            

                                                                                                                          
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