MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

LA ISLA DE LOS CARTONES
Acracio el Vil

                                                                            
                                                                            

Creo yo que ustedes, los lectores, también se habrán fijado en las afotos que siempre traen los periódicos españoles. Ministros, ministras, diputados, financieros, jefes de partido, alcaldes… La tira de gente de esa sale todos los días retratada con cara de fiesta como si se hubieran tomado tres cubatas. Creo que se retratan así para que  veamos lo contentos que están,  muy alegres  todos, riéndose siempre quizá porque a ellos les va de chupete o, puede ser, porque desean inyectarnos optimismo repatriótico aunque, en cuanto a mí, tal cual están las cosas más vale que me inyectaran medio litro de cocaína de primera, que la que venden por ahí ni siquiera es de tercera, que los mafiosos le añaden polvos de talco para que cunda más.  

Pienso que debe ser verdad tanta alegría y festejo  porque, si no fuese así, alguna vez  les veríamos en el periódico con otra cara muy distinta a la encantadora que siempre tienen en la afoto.  Entonces, es que todos nosotros debemos  pensar que va muy bien el jolgorio y  que ese es  el glamur de la política y el vistoso regodeo de quienes viven de ella para hacernos felices también a los que no. Osá, cuando se retratan con regocijo es porque saben que están cumpliendo con su deber, ganándose el restaurante de cada día al limpiarnos el  natural pesimismo propio de los votantes de miserable condición social, entre los cuales  me veo incluido por mi mala cabeza.

Lo malo del asunto es que hay montones de españoles sin techo que no se merecen esa miseria que me merezco yo. Esos no cuelan por la gatera periodística y al ver los retratos de los sonrientes no pueden optimizarse. Me refiero a los que viven por ahí a  salto de mata como quien dice y ni  siquiera leen a los intelectuales que escriben en la prensa, ni aun la gratuita. Esos, cuando encuentran periódicos tirados donde deben estar, en la basura, si es invierno los  meten bajo la camisa para abrigarse y, en días más venturosos, se sabe que los rompen en pedazos para conocidos menesteres sanitarios que practican en los monumentos arqueológicos abandonados.

Sin embargo, como hoy día hay laberintos intelectuales para todo, también hay quien dice por esos trigos que viviendo en Democracia Liberal los sin techo no necesitan intelectualidades de leer y tirar, pues ya son felices estando a  salvo de euríbores, quiebras, suspensiones de pago, televisiones, ministerios de hacienda, multas de tráfico  y, desde luego, del bochorno de  figurar en las estadísticas del paro.

Claro que siempre hay algún inconveniente en esa cómoda situación, desde luego, pues -por ejemplo- sin domicilio y sin carné  no se pueden recibir subvenciones culturales de esas que concede la economía del bienestar socioeconómico aunque haya “inflación-estanflación”, palabra que utilizan mucho hoy día los sabihondos del Gobierno y de la Banca. Yo no sé lo que significa, pero ya me enteraré cuando la expliquen los tíos del Parlamento al decirnos que ya no podemos comer todos por culpa del Generalísimo Franco y de los Reyes Católicos, que ya se sabe que no acertaron ni una.

Es que hay tipos para todo. Ustedes –los lectores- ya saben que en la taberna que frecuento los tenemos muy variados: hay muchos rojos, otros cuantos que son del PSoE, algunos pepeistas y otros qué se yo qué. Incluso vienen varios fachas  que son republicanos, pero no de aquellos matacuras de antaño sino de los que apoyaron a Don Francisco cuando la guerra. Lo curioso es que, salvo socialistas y pepeistas, todos los demás, los rojos, los fachas y los qué sé yo qué dicen las mismas indignidades retumbantes cuando oyen los circunloquios técnicos del señor Ministro de la Hacienda para que los ricos no se conviertan en pobres, que es su obligación liberal porque él debe controlar las estadísticas de cuantos hay de unos y otros para hacernos estables y mantener la paz social. El bueno del hombre debe pasarlas negras estos días de follón económico y decrecimiento moderado, y menos mal que cuenta con los sindicatos de clase, pues si no es por ellos ya se sabe que aquí, por lo menos en la taberna,  podría pasar cualquier cosa.

No pasa nada de momento porque el vino tinto es un festejo como otro cualquiera y tiene por ahora sus benéficos efectos en los españoles, aunque también es verdad que en cuestión de vino y de disgustos no hay nada escrito. Por eso creo que no debe la gente  emperrechinarse en cambiar al ministro para poner otro, sea del mismo PP o del PSOE, catalán o de las quimbambas porque  –total- se va a dedicar a conservarles  lo que tienen a los que tienen, y digo yo que qué nos importará a nosotros, a los borrachos que vivimos en la calle,  la Hacienda de la gente rica, de  los cochazos y el AVE si no tenemos un euro para coger el autobús, y mira tú qué graves preocupaciones económicas tiene la culta gente política en España y cuanta prisa tiene para mejorar los medios de su transporte, que será por eso por lo que no para de reírse.  Creo que saben que somos idiotas y nos creemos todo lo que nos cuentan. No se equivocan mucho.

Lo malo del asunto es que –como digo- hay algunos tipos más bien raros que no son idiotas aunque no digan ni pío porque no tienen ni ganas ni auditorio que les importe un pito. Son un mundo aparte, aislado, habitantes de una isla que desconoce la navegante autoridad. Yo conozco uno de esos. Es un tío que atiende; mejor dicho, que en la taberna  llamamos “el Cartonero” porque nadie sabe como se llama ni falta que hace, que vaya usted a saber si el  nombre que tiene cada uno de nosotros es el que le pusieron cuando el bautizo o, a lo mejor, es que ni siquiera hubo bautizo aunque entonces se llevaba, pues ninguno de nosotros ha nacido en Democracia Liberal… iba a decir gracias a Dios, pero no lo digo.

Yo le conocí en una malandanza de mis desarreglos, cuando las leyes de la  democracia en comandita con el propietario de mi vivienda me echaron a la calle porque no pagaba la renta, y eso que entonces estaba en el paro que ya saben ustedes que eso no se podía hacer en los tiempos de Don Francisco, pero en la Libertad Liberal de nuestros días sí se puede. Por eso tuve que pasar unas cuantas noches durmiendo en los portales, y fue entonces cuando conocí al Cartonero, que me ayudó a gobernarme y a buscar uno donde pasar la noche de domingo  a jueves. Me explico. Digo de domingo a jueves porque ustedes los lectores no saben de eso y ahora sí digo gracias a Dios sean dadas. Es que durante las noches de viernes y sábados no hay quien duerma en esos sitios por culpa  del botellón, de las vomiteras, de los gritos de los porrientos y del folleteo a todo trapo que en medio de la calle se trae la juventud esperanza del mañana.

Puedo asegurarles que el Cartonero es uno más en esa infinidad de españoles que  hoy día duermen en los portales sobre unos cartones; ya saben ustedes, de esos grandes que obtienen desbaratando embalajes de cartón y tienen unos canalillos  entremedio para amortiguar los golpes al contenido. Le sirven de colchón, y se abriga por arriba con una chaqueta vieja y unos trapajos que supongo ha recogido en los contenedores de basura. Dice que no tiene documento de identidad aunque a mí me parece que tiene uno caducado, pero lo niega. Sabemos de él muy poco, apenas nada; solamente que no es de pura raza, o sea, que es un tío normal que no presume de  vasco, ni de gallego, ni de catalán. Habla poco y muy correctamente, y no es ignorante. Lo sabemos porque a menudo, rumiando palabrejas por lo bajo, lee un libro que tiene de un tal Trosqui. Por eso nos dimos cuenta enseguida de que pata  descarrila y es que, por la cuenta que nos tiene, en la taberna hay mucho espabilao con ojímetro para fichar lo de alrededor,  que aquí el que no corre vuela.  

El Cartonero aparece de cuando en cuando en la taberna y, si hay sitio libre, se sienta en uno de los barriles  pequeños que el dueño ha dispuesto a lo barato acomodándoles unas tablas. Allí se queda sin hablar con nadie y sin pedir nada, aunque sabe que alguno de nosotros siempre le acercará un vasete de tintorro y un pinchito de tortilla, en plan amistoso, sin dar limosna, algo así como quien no quiere la cosa y al descuido. Da las gracias con educación y en voz baja porque no quiere molestar a nadie.  Es un tipo el Cartonero.

Hasta hace poco de él solo sabíamos lo que les he contado, pero una tarde que llovía  a chorros, una chavala veinteañera se puso en la puerta de la taberna mirando sin entrar, como buscando a alguien. Lo vio y, a toda prisa, se acercó a él y le entregó uno de esos impermeables amarillos con capucha  que usan los obreros en el tajo. La chica se fue tan aprisa como vino. Ni el Cartonero ni ella hablaron una palabra. Todo fue muy rápido.

Así estaban las cosas hasta que días después uno de los bebedores, que está empleado en esos ministerios nuevos, se puso a despotricar indignado sobre la mierda de sueldo que cobraba comparándolo con la burrada de euros, más dietas, hotel y cosas de esas que cobra hoy un ministro, un diputado del Parlamento, o cualquiera de esos tipos privilegiados en este tinglado de la España democrática, la que estamos liberalizando a base de impuestos sobre las gasolinas, el pan y las patatas. Aquel día el Cantonero le dio coro y se decidió a hablar;  por cierto que lo hizo con muy mala leche.  

Nos dijo que aquella chica que le dio el impermeable era su hija. Que había trabajado como empleado público sustituto, uno de esos que contrata el Gobierno una vez y otra, y otra sin cansarse nunca para que el pobre empleado se esclavice y siempre tenga encima la espada de Damocles, sin saber qué es lo que sustituye y qué pasará  mañana. Que estaba casado y, cuando le echaron del chollo, se puso de acuerdo con su mujer para que le denunciara por malos tratos y ella pudiera acogerse a la protección que dan a las maltratadas, y que así iban ellas tirando mal que bien, pero que él tenía que estar como estaba, siempre alejado de su familia y como si no existiera.

Por lo visto el hombre, cada vez que al día siguiente de concluir el contrato de trabajo firmaba el nuevo, mascullaba unas palabrejas para sus adentros que nadie se preocupó de entender hasta que, un mal día, su alegre jefecillo las entendió. Fue la perdición del pobre Cartonero. Ahí se le acabó el chollo porque su jefe, otro sonriente del glamur político, chivateó a la autoridad que había dicho: “Estoy en manos de un  Cantinflas.”, y no se lo perdonaron porque es propaganda subversiva.

Y es.                                        

                                                                            

                                                                                                                          
A Página Principal

               

NUEVO CRITERIO - MILENIO AZUL
Apartado de Correos 47  -  15080 La Coruña, España
milenioazul2000@yahoo.es