MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

LEYENDAS NEGRAS Y TRICOLORES
Javier Sainz Mier

                                                                                                                                
                                                                                                                               

Durante los siglos XVI  y XVII  el Imperio Español estaba en su apogeo -recordemos aquella frase atribuida a Felipe II de que en sus dominios “No se ponía el Sol”-, de manera paralela a la grandeza de nuestro país se gestó por parte de nuestros enemigos una campaña de desprestigio que se denominó Leyenda Negra; ésta tendría sus origen en los Países Bajos, Inglaterra y, en menor medida en Italia, pues en la “bota” había  enormes territorios bajo pabellón español; el resto eran pequeños estados y la zona central formaban los Estados Pontificios o Patrimonio de San Pedro desde el año 800.

No creo que se precise explayarnos con los contenidos del “mantra” antiespañol: la inquisición, el exterminio de indígenas del nuevo mundo, la oposición al progreso científico, y otras lindezas por el estilo. Contra estas patrañas ya surgieron verdaderos apologistas que demostraron que eran precisamente eso, fue precisamente esa civilización  hispana la que dio la libertad a numerosos pueblos subyugados por otros, se acabó con el canibalismo de los aztecas y otras “costumbres” poco edificantes; gracias a España aún se conservan lenguas y culturas precolombinas en América e incluso, gracias a los misioneros, el quechua se extendió hasta la actual Argentina.

Pero si hemos de mirar de manera más objetiva la historia tendremos que fijarnos en la frase bíblica de “la paja en el ojo propio y la viga en el ajeno”. Contemplemos la idílica Francia, la patria de los Derechos Humanos, del sistema métrico, del coñac, el foigrass y de la guillotina, pues bien nuestros vecinos gabachos por medio de su revolución, arrasaron con la mayoría de las lenguas que no eran el francés: el vascuence, el bretón, el occitano, etc., y sus respectivas cultura; la radicalización de la revolución provocó la descristianización o, al menos su intento, de ese país y no hablemos de sus coste en vidas humanas, comenzando por las de sus indolentes reyes y nobles, la represión de los católicos como la campaña de exterminio de la Vendée, donde sus rebeldes, una vez vencidos, eran encerrados en barcos y éstos hundidos con una muerte horrible para sus prisioneros -éstos podría recordaros a los barcos que como el “Alfonso Pérez” en Santander, o “el Cabo Quilates” en Bilbao y muchos más, utilizados como campo de “detención” por el Frente Popular en nuestra Guerra Civil- y no olvidemos al mejor de la baraja, a Napoleón Buonaparte (su nombre original) a quien los galos le pueden recordar por su maravilloso Código Civil, aunque nuestros antepasados se guiñarían en ése y otros legajos del Corso y más bien nos vendría a la memoria la invasión de nuestro país   y la represión a nuestro pueblo de su cuñado Murat, quién tuvo el fin adecuado a semejante tipejo: el paredón.

El encabezamiento  “habla” de leyendas tricolores. He dejado para los último unas reflexiones sobre otro país con bandera “a tres tintas”, Italia, nación cuya unificación es bastante reciente en el tiempo: 1870, y que según algunas malas lenguas, los colores de su pabellón nacional están tomado de una logia masónica; allí no todo fueron siempre góndolas, pasta al dente, y bellas ragazzas, en el siglo XIX  la península italiana era una macedonia de pequeños reinos, principados, posesiones extranjeras, los estados papales, y en el sur el Reino de las dos Sicilias, por citar los más destacados.

Ante este panorama la Casa de Saboya con el Rey del Piamonte Víctor Manuel II  y su Primer Ministro Cavour se aprestan a conseguir la unidad política y crear la moderna Italia. Sin extendernos, esa unidad territorial se consigue totalmente en 1870 cuando las tropas piamontesas ocupan Roma y dan carpetazo a los Estados Pontificios erigidos en el siglo IX por Carlomagno, el Papa se encierra en el Vaticano y se considera prisionero del Estado Italiano, actitud que imitarían sus sucesores hasta 1929 en que se firman los Tratados de Letrán. Pero volvamos al Siglo XIX, la unificación no fue “un paseo militar”, también fue el escenario en el que surgieron verdaderos aventureros y saqueadores elevados luego al rango de héroes como Garibaldi, quién con sus hordas, arrasó el reino de las Dos Sicilias, saqueó el Banco Nacional de Nápoles y empobreció a la zona de Italia donde se había desarrollado un gran programa de salud pública, educación y que gozaba de mayor bienestar que el resto de los otros estados, con la incorporación al nuevo reino se le igualó a sus habitantes, por la miseria, al resto de sus nuevos “ compatriotas”,

La antipatía de los Saboyas hacia el Vaticano llegó hasta situaciones ridículas, se estableció un decreto de que todas las calles y plazas donde se ubicaran las catedrales se denominaran 20 de Septiembre en recuerdo del aquel día de 1870 en que el Papa de Roma salió corriendo del Quirinal ante la llegada del invasor Piamontés,

Ironías del destino sería el Primer Ministro Benito Mussolini quien arreglara las relaciones con la Iglesia por el Tratado del 11 de Febrero de 1929, con un concordato que ha llegado a nuestros días, y también pasó a la historia este ex–socialista por conseguir que los trenes llegaran a su hora; del resto de sus trayectoria  ya hay bastantes elementos para que cada cual saque sus conclusiones.

Como podemos comprobar no todo es negro en tono luctuoso, ni con más colores que el traje de Arlequín, hasta multitud de gamas cromáticas.

                                                                                                                                

                                                                                                                                
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