MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

ABRIR LA PUERTA
Santiago Alcalá

                                                                                                                                
                                                                                                                               

Octubre es un mes muy especial para quienes creemos que España irrumpió en la Historia por una razón muy concreta: para convertirse en un instrumento misionero al servicio de la evangelización de los pueblos. Porque las naciones no son un mero agregado de gentes e instituciones y ningún país importante lo ha sido porque sí. El periodista norteamericano John L. O´Sullivan se referiría al Manifest Destiny o Destino Manifiesto de los EE. UU. en el cual podríamos englobar la Doctrina Monroe, mientras que los alemanes creen a pies juntillas –aunque intenten disimularlo- en el volksgeist o espíritu del pueblo, que según ellos les faculta para dirigir Europa... y si no, que se lo pregunten a los damnificados por semejante creencia, que llevada a su extremo más radical, legó a la Humanidad la vergüenza indescriptible del holocausto. Los británicos, como cabeza de la Commonwealt, están convencidos de ser la vanguardia de una civilización liberal y protestante, a pesar de que ese liderazgo corresponde hoy por hoy a los EE. UU., si bien este país recogió
el testigo británico y lo proyectó al tiempo actual. Por ello los británicos han pasado por las instituciones de la Europa comunitaria con una mezcla de escepticismo y conciencia de provisionalidad, hasta que una parte significativa de su sociedad ha decidido dar el paso del ´brexit´. También los franceses creen que pueden -desde la francofonía y los valores republicanos- disputar el liderazgo europeo a Alemania, con el condicionante de ser menos potentes, pero con la ventaja de tener mucha más proyección universal e histórica que los germanos. Lo mismo sucede con el paneslavismo ruso, el panhelenismo griego, el expansionismo japonés de antaño y el chino de hogaño. Por no hablar de lo encantados que están los árabes y los israelíes consigo mismos.

España es una de esas grandes naciones que han marcado a fuego la Historia de la Humanidad: de frenar el expansionismo musulmán en todos los frentes, pasó en un tiempo brevísimo a dar el salto a la universalidad, pues a nadie se le ocurrirá negar que descubrir América, reconstruirla –no voy a hablar de conquista, porque ésta no fue tal, sino una guerra civil entre indígenas, que se decantó en favor de quienes prefirieron la civilización a la barbarie, sin la sublevación de pueblos enteros contra su yugo, aceptando a los españoles como libertadores, la pretendida conquista no hubiera sido posible- y trasladar al otro lado del Atlántico la civilización europea, circunnavegar el planeta y regresar para contarlo e incluso ir más allá de ese Nuevo Mundo inicial, hacia Asia y Oceanía –sin olvidar que también fue el administrador de gran parte de Europa y África convierte a cualquier país en una referencia histórica  de primer orden para siempre jamás. Esa epopeya multisecular que conmemoramos en octubre -que nuestra fiesta nacional haya quedado establecida en el 12 de octubre,
constituye una feliz decisión- incluye también a Portugal, considero que somos el mismo país con dos Estados diferentes y que compartimos un destino común más allá de rivalidades puntuales. Aquel penoso episodio histórico de la España de Godoy convirtiéndose en cómplice de la invasión francesa de Portugal -y que tan amargas consecuencias deparó a España constituyó una felonía y un crimen, un acto de traición a la propia España. Desde entonces hemos padecido la plaga de enjambres de políticos vendidos a intereses exteriores y dispuestos a traicionar a su propio país.
España da el salto a la universalidad de la mano de las Coronas de Aragón y Castilla, del temple de Fernando y de
“una divina manera de gobernar” de Isabel, en expresión del conde Baltasar Castiglione. La España que conocemos hoy se construyó durante la Reconquista, tras la cual vino el peso de la púrpura universal: España no colonizaba, es decir, no se limitaba a administrar un territorio, sino que se trasladaba ella misma a esos territorios para hacerse presente en ellos con todas las consecuencias, reproduciéndose a sí misma en ellos. España no tenía colonias en ultramar, sino que había creado provincias y virreinatos, es decir, había convertido el Nuevo Mundo en una parte de sí misma. Y el meollo fundamental del ser español era la fe católica pura y simple: sin ella resulta de todo punto imposible entender la esencia histórica de nuestro país. Nuestra identidad nacional no se fundamenta en una raza -jamás existió en la Historia pueblo más antirracista que el nuestro-, ni siquiera en una lengua, porque aunque Elio Antonio de Nebrija dijo –al dedicar su Gramática a Isabel la Católica- aquello de la “siempre fue la lengua compañera del imperio”, la Hispanidad europea y americana engloba una riquísima pluralidad lingüística que yo quiero reivindicar y honrar desde aquí: algunos que se dicen patriotas suelen arremeter contra ese tesoro, regalando argumentos falaces a los disgregadores. Lo ha entendido muy bien el escritor Juan Manuel de Prada cuando insiste una y otra vez en las razones históricas de España y reivindica esa pluralidad y riqueza cultural y lingüística como un auténtico tesoro a preservar. El gallego, el vascuence -en todas sus variantes- el catalán, el valenciano, el mallorquín, el portugués, son lenguas tan hispanas como el castellano y tratar de excluirlas del acervo común constituye, en mi opinión, un crimen cultural y un delito de lesa patria. Lo cual no está reñido con tomar el castellano y el portugués como idiomas de referencia para entendernos entre nosotros y con centenares de millones de habitantes del planeta, tributarios de una civilización compartida. Pero no es tampoco la lengua lo que ha definido el carácter esencial de la Hispanidad, sino el conjunto de valores y convicciones que laten alrededor de una visión cristiano-católica de la vida y de la existencia. El que la Iglesia Católica haya instituido octubre como el mes de las Misiones, celebrando el Domingo Mundial para la Propagación de la Fe -el Domund- en este mes, no es una casualidad, sino un reconocimiento claro y tajante al impulso evangelizador de España y al carácter católico de la Hispanidad. Octubre es el mes misionero, porque en su transcurso se conmemora el descubrimiento de América, el Domund está ligado al 12 de octubre de 1492. En febrero de 1926, se publica la Encíclica Rerum Ecclesiae del Papa Pio XI, en la cual se destaca la importancia crucial de las Misiones como parte esencial de la apostolicidad de la Iglesia y en abril se firma el decreto que instituye el Domingo Mundial para la Propagación de la Fe o Domund.

Sin embargo, no podemos soslayar el hecho de que hoy por hoy resulta impracticable el hecho de constituir al Estado en agente misionero tal y como lo fue la Corona española durante siglos. En primer lugar, porque la propia Iglesia reclama para sí la exclusividad de esa función, en un comprensible esfuerzo -no siempre cumplido- de mantener el Evangelio al margen de partidismos y presiones políticas mundanas. En segundo lugar, porque no es de recibo discriminar a los ciudadanos de un país por el hecho de que no manifiesten determinadas convicciones religiosas. La propia Iglesia Católica así lo manifiesta en la declaración Dignitates Humanae sobre la libertad religiosa, del Concilio Vaticano II.
Pero el hecho de que el Estado no pueda convertirse en un instrumento de evangelización invadiendo las competencias de la Iglesia y propasando su propia función, no significa que España pueda prescindir alegremente del fundamento moral y cultural que le ha proporcionado su razón de ser, pues como quiera que una nación no es un simple batiburrillo de leyes e instituciones, sino ante todo un quehacer en la Historia, una empresa insoslayable de carácter universal, un -en expresión de Ortega y Gasset-
“proyecto sugestivo de vida en común”, una función que cumplir en servicio de la Humanidad y de aquellos valores en los que creemos, tengo meridianamente claro que sí podemos y debemos convertirnos en difusores universales del acervo espiritual, moral y cultural que se desprende de la fe católica de nuestros ancestros... y mía, conste. Porque curiosamente, a los únicos a quienes se exige un laicismo -que nada tiene que ver con la aconfesionalidad- radical, es a los países de raiz católica, particularmente a España. Con los demás no pasa eso, ni con los eslavos y rumanos apegados a la tradición ortodoxa, ni con las monarquías escandinavas y británica, confesionalmente protestantes, que han erigido al/la monarca como cabeza de la iglesia local y que incluso en sus gobiernos cuentan con una cartera o ministerio dedicado a los asuntos de la iglesia local, de la cual los/as monarcas son cabeza.

Nosotros los españoles no podemos renunciar a esos valores derivados de la fe católica, so pena de dejar de ser nosotros mismos, yo diría incluso, simplemente de dejar de ser. Por todo ello, nuestra gran tarea no es reconvertir el Estado en una parroquia global contra el deseo de la propia Iglesia, sino recuperar todo aquello que nos ha proporcionado nuestra razón de ser y existir, para compartirlo con el resto del Mundo. Quienes ha hecho del odio a lo que somos su razón de existir, han cerrado la puerta a esa posibilidad. Pero tengamos claro que aunque es una puerta sólida y pesada, no es un muro infranqueable, sino tan solo una puerta. Nuestra tarea consiste ahora en algo tan sencillo pero a la vez tan apasionante -y tan dramáticamente urgente- como abrir la puerta.

                                                                                                                                

                                                                                                                                
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