MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

DE LAS COSAS QUE PASAN EN LA TABERNA
DE MI PUEBLO
Acracio el Vil

                                                                                                                                
                                                                                                                               

Por enredosas circunstancias que tuve como ‘Presunto’, en esa condición y por casualidad estuve ausente del pueblo y su taberna un par de meses. Por fuerza superior consecuente, también estuve alejado de los lectores. No había solución porque a los presuntos les suceden esas cosas. Antaño, además, también nos llamaban ‘acusados’, ‘encartados’, ‘empapelados’ –mira tú qué cosas-, o procesados pero es evidente que, dada la sensibilidad lastimada de algunos presuntos, decidieron los próceres actuar con delicadeza y –sin pensarlo bien- dieron en aplicar al Presunto la palabra ‘Imputado” aunque, a poco, cuando se aplicaba a “presuntas’, observaron que en las ceremoniosas oratorias que tenían lugar en autos, el silabeo central que contiene se presta a vocabulario atropellado o confuso de graves efectos antijurídicos. Supongo que, al caso y visto el exigente feminismo en curso, la autoridad competente observó a veces exagerados matices de pronunciación cuando a algunos convenía y, velando por la dignidad de las presuntas y presuntos, decretó que en  lo sucesivo se cualificara de ‘Investigado” o “Investigada” al individuo o individua que se les pillase en un “renuncio” de esos que se pillan por ahí. Tal fue mi caso aunque juré, perdón, digo “prometí por imperativo legal” que un servidor no era ningún presunto a investigar porque presuntamente hubiera afanado el bolso a una vieja en el “súper”. Mi abogado demostró palpablemente que a la buena señora se le cayó el monedero; que un servidor lo cogió del suelo y se lo devolvió como debe hacer todo buen ciudadano educado a la antigua y, ahora bien, que el monedero estuviese vacío no era culpa de un servidor de Vds., que no gusta de bienes ajenos.

Claro está que, como cualquier ciudadano que se precie o prendan, quiero decir presunten e investiguen, no pude evitar las molestias del papeleo, de testigos que meten las narices donde no les importa, de antipopulistas Guardias Civiles enemigos del pueblo, del maligno Sr. Fiscal, del mal pensado Juez de Instrucción y, por supuesto  de mi bondadoso Abogado que aburrió a todos con su interesante perorata sobre la desidia de las ancianas en el Súper, sobre las desigualdades sociales, el imperialismo norteamericano, la clase proletaria, las lágrimas de los hambrientos víctima del despiadado capitalismo de los Bancos, amen de un sinfín de cosas de esas que se dicen por ahí y (a.D.g.) ya leen Vds. en los periódicos. En resumen, todo ha sido cuestión de unos meses porque un servidor es muy mayor de edad, que si fuese menor todo hubiese sido disfrutar y pasearse.

Una vez cumplido y desinvestigado regresé sano y salvo a mi pueblo y, hombre de buenas costumbres, de inmediato he visitado con asiduidad la Taberna de los Barriles para abrazar a los bebedores, al tabernero Catalán, al Cura arrepentido y a cuantos amigos y enemigos aun viven, beben y dicen cosas del Gobierno para bien o para mal, que de todo hay cuando les rezuma lo del tintorro. También hay bebedores nuevos y no se les da mal el ambiente barrilesco, las bombillas polvorientas, las tirillas pegajosas que cuelgan del techo llenas de moscas, y no faltan los carteles de chicas guapas a medio vestir o medio desnudar pegados a las paredes, eso sí, llenos de chafarrillones de vino y de párrafos manuscritos de algunos bebedores que elogian sus precioseos  por amor al arte contemporáneo de antes.

También hay algunos bebedores nuevos y no se les da mal la circunstancia. Entran bien en los debates y, como de costumbre, arman zafarranchos cuando arrojan vasos a la televisión al ver personajes o personajas que a unos enfurecen y otros aplauden, que el tabernero ha tenido que cubrir el aparato con una malla de alambre para que podamos verla sin averías. Uno de los nuevos es hombre que se comporta de modo algo raro. Escribe en el ordenador constantemente, llora, se pone colorado, se ríe a veces, y no habla apenas sino con el Cura Arrepentido que me ha explicado quién es y qué le pasa, mejor decir qué le atormenta. Sencillo: Tribulaciones de un Catedrático en su Cátedra. 

Nuestro hombre es –o era- Catedrático de Literatura Universal que ha pedido la excedencia porque comprendió de repente que todo lo que sabía y todo lo que enseñaba era perverso y política y socialmente incorrecto. Que tenía en el magín corregir la Literatura mundial porque, sin duda alguna, era machista de fondo y forma, incluso son intolerablemente machistas las dulces novelitas rosas a la francesa. Y tiene razón el tío si lo piensas bien, me dijo el Cura.

Me explicó el Cura que el hombre ya había corregido el poema del Cid Campeador, un machista desaforado. Que al parecer fue Don Rodrigo quien se refugió en el Convento para salvarse, y fue Doña Jimena quien con sus niñas emprendió el destierro, se alió con el rey moro de Zaragoza –no piensen mal, digo “Alió”- y conquistó Valencia desde luego sin el machista femenino coser y cantar, es decir, estaca en mano. Además, según parece, fueron las hijas del Cid las que aporrearon a los Condes de Carrión, y no al revés como se escribió en aquellos tiempos machistas para engañar a la gente en desmerecimiento del sexo que calumniaban como “débil”.

Un servidor de Vds. le dio la razón al Catedrático y le pregunté al Cura Arrepentido si se había fijado que, a veces, aparecía en la taberna la débil esposa de algún bebedor y se lo llevaba a empujones llamándole zascandil, borracho y otros epítetos a la vez que, al salir, nos miraba a todos fijamente con ojos amenazadores de “ya le diré yo a…”

Claro está que ni el Cura ni un servidor estamos en el caso de avasallar débiles señoras como esas, pero no pudimos evitar que -es costumbre de rigor-  se liara en la taberna el “Dialogo del Sexismo” con audiencia general de machistas y feministas, insultos, agarrados de chaqueta, síes-noes y demás cuestiones personales que surgen en esas revueltas de la buena sociedad. Ya saben: “Tú sí, tú no, aquella vez que…”, etc.

La cosa fue a mayores y, cuando llegó el asunto al clásico momento de los vasos rotos, el vino por el suelo y los insultos de baja estofa –ya saben los lectores de qué va la cosa-, el tabernero quiso poner paz y orden pero como hace el Gobierno, es decir, a base de diálogo. No consiguió amansar el tumulto y llamó en su ayuda al Tuerto que como buen anarquista, se subió a un barril y les recordó a los contendientes la igualdad de casi todos los seres humanos. Terminó su discurso con una antigua frase que había leído en un libro sobre Felipe II nuestro Señor,  muy propia en el tema de los hombres y las mujeres: “Que en amoríos solamente valen la galantería y las palabras bonitas. Que lo demás lo hacen los asnos perfectamente.”

                                                                                                                                

                                                                                                                                
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