MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

JOSÉ ANTONIO, PADRE DEL NACIONALSINDICALISMO (y IV)
Miguel Argaya

                                                                                                                          
                                                                                                                          

Desde luego, hemos de reconocer la coherencia de este segundo Ledesma, el Ledesma “de la acción pura”, pues en ningún otro momento de la andadura de su “revista teórica”, fuera del citado más arriba, vuelve a decirnos nada, ni poco ni mucho, ni claro ni oscuro, acerca del contenido doctrinal de su preciado hallazgo terminológico: el “nacional-sindicalismo”. Claro, que desde tales premisas no podrá después quejarse con fundamento de que sean otros –v. gr. su denostado Primo de Rivera- quienes completen a su gusto el concepto. Y es que, al cabo, quizá sea ésta una de las más visibles diferencias personales entre ambos fundadores: la distinta prevalencia que uno y otro conceden a la acción y al pensamiento. Precisamente conocemos al respecto un clarificador texto del falangista: “Por habernos portado como ensayistas, por no haber caído en la idolatría de la actividad, de la agitación ruidosa y vana –de eso que llama Rafael Sánchez Mazas la retórica de la acción-, creo que hemos preservado a nuestra obra contra muchos gérmenes del fracaso” (“El ruido y el estilo”, artículo que la censura  eliminaría de Informaciones, y que, al parecer, según señala Agustín del Río Cisneros, aparecería posteriormente en el diario Baleares, el 6 de enero de 1940).

No cabe duda de que, más allá de una incompatibilidad filosófica irreductible –profusamente señalada ya por todos los historiadores- hay entre Ledesma y Primo de Rivera otra incompatibilidad, no menor, de estilo en la aproximación a la tarea política. En el primero, la actividad precede al pensamiento, y lo decide; en el segundo, por el contrario, es el pensamiento el que informa y decide la acción. Tal vez por eso, el camino joseantoniano sea un camino coherentemente procesual, ascendente, afirmativo de convicciones que van creciendo unas sobre otras y sedimentándose sin solución de continuidad hacia un  mayor compromiso social y una mayor radicalización programática, en tanto que el ramirista adolece de cierta inestabilidad doctrinal, y se percibe –cuando se le estudia- como magmático, torrencial, caótico, con ciertas idas y venidas desconcertantes y hasta, a veces, opuestas entre sí. ¿Qué puede tener que ver el Ledesma obsesivamente estatalista de La conquista del Estado con el “filósofo de la acción” que prevalece en la etapa de la revista JONS, o cualquiera de estos dos con el “tercer Ledesma”, el que vemos tras su marcha de Falange, con sus efímeras y postrimeras aventuras editoriales; un Ledesma, en fin, buceando en el halago a cierta plutocracia a la búsqueda del respaldo económico y político? Así lo hace cuando halaga literalmente a “algún sector bien fácilmente localizable de la banca bilbaína quien en el panorama tristísimo de la banca española tiene en su haber una contribución valiosa al progreso industrial de España” (“Los bancos españoles”, en La Patria libre, nº 4).

No, no es fácil conceder a Ledesma la paternidad ideológica del término nacionalsindicalismo. Excelente publicista, habría podido ser un magnífico jefe de propaganda. Pero no basta con inventar una palabra: hay que dotarla de contenido. Lo que la realidad nos dice es que el verdadero definidor del nacionalsindicalismo resulta ser finalmente José Antonio Primo de Rivera, que deja fijadas unas bases teóricas simples pero firmes. Su principal aportación es la sindicalización de la vida económica nacional en torno a un ente único de organización, formación, promoción, participación y protección del trabajador (el Sindicato), pero caracterizado por su autonomía orgánica, funcional y económica respecto del Poder político. Un ente que ejercería, según el propio José Antonio, como "depositario de la autoridad económica" (Discurso pronunciado en el Frontón Betis de Sevilla, el 22 de diciembre de 1935), de modo que en él descansaría "no ya el arbitraje, sino la regulación completa en muchos aspectos económicos" ("España y la barbarie", conferencia pronunciada en el Teatro Calderón de Valladolid el 3 de marzo de 1935). “Los sindicatos -dice José Antonio- no son órganos de representación, sino de actuación, de participación, de ejercicio” (Arriba, núm. 5, 18 de abril de 1935), es decir, depositarios de los intereses de los trabajadores y no tendrán que hacer antesala en los ministerios” (La Nación, 18 de marzo de 1935). Por encima de distorsiones históricas más o menos interesadas, José Antonio Primo de Rivera imagina sus Sindicatos no simple representante de quienes tienen que arrendar su trabajo como una mercancía, sino beneficiario del producto conseguido por el esfuerzo de quienes lo integran” (“Ante las elecciones”, en Arriba, nº 28, 16 de enero de 1936).

Obviamente, unos sindicatos así deben funcionar de forma completamente autónoma respecto del Estado, al modo en que lo hacen -o deberían hacer- los Municipios. Y esa autonomía orgánica solo puede garantizarla la capacidad de autogestión económica. Por eso José Antonio alude a las plusvalías de la producción. “Lo que pretendemos -dice en otra parte- no es más que evitar la adjudicación de la plusvalía a los titulares de los signos de créditos, luchamos por una economía sindicalista que adjudique la plusvalía a la comunidad orgánica de los productores constituida en Sindicatos verticales” (El Sol, 9 de febrero de 1936). Y lo reafirma pocas semanas después: “Creemos que la plusvalía de la producción debe atribuirse no al capital sino al Sindicato Nacional Productor” (declaraciones en la vista judicial en la cárcel Modelo de Madrid contra los dirigentes falangistas detenidos, 30 de abril de 1936).

Lo que quiere decir con ello es plenamente revolucionario: en el Régimen de Sindicatos joseantoniano las plusvalías de la producción no las habrá de gestionar el Estado (como ocurre en el socialismo) ni habrán de redundar en beneficio del capitalista (como sucede en el liberalismo), sino en el de los productores mismos, “con objeto de que éstos, además, no tengan que acudir al banquero, sino que ellos mismos, en virtud de la organización nacionalsindicalista, puedan suministrarse gratuitamente los signos de crédito” (Frontón Cinema de Zaragoza del 26 de enero de 1936). Es esa capacidad económica, en definitiva, la que garantiza la autonomía del Sindicato respecto del Estado.

Y es aquí donde viene el busilis del asunto. Porque un modelo así de Régimen de Sindicatos no puede subsistir dentro de un Estado totalitario como el propugnado por Ledesma; solo tiene cabida siendo partícipe de un Poder político que sea meramente instrumental como el de José Antonio, que no (es partidario) de ninguna forma de Estado absorbente y total” (Discurso pronunciado en el Parlamento el 8 de noviembre de 1935).

He aquí un intento bastante certero de llenar de contenido el término “nacionalsindicalismo”; y no es de Ledesma, sino de José Antonio, el denostado “señorito”. Es José Antonio -y no Ramiro- quien ofrece el único elemento que haría posible la viabilidad de un Régimen Nacional de Sindicatos. He aquí el hallazgo genial que confiere definitivamente al nacionalsindicalismo joseantoniano -que ya no al Nacional-Sindicalismo de Ledesma- visos de coherencia.

                                                                                                                         
                                                                                                                         

                                                                                                                         
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