MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

LA GLOBALIZACIÓN (II)
Miguel Argaya

                                                                                                                          
                                                                                                                          

7. ¿Qué significó la Primera Guerra Mundial para los intereses del NOM? La Guerra de 1914-1918 fue una estupenda ocasión para los intereses del NOM. Dejando a las potencias continentales europeas agotarse en dura lucha de desgaste durante tres años, y manteniendo entre tanto a los Estados Unidos en un cómodo limbo de superproducción con cliente seguro, el clan Rockefeller-Morgan en la Presidencia estadounidense logró en pocos años algo que hasta entonces había aparecido como impensable: la sumisión de la economía occidental a la norteamericana. De hecho, la intervención norteamericana se produce in extremis en 1917, cuando los campos europeos son ya un inmenso cementerio. El objetivo es claro, aprovechar el desastre para constituir una organización política supranacional capaz de imponerse a las soberanías históricas: la Sociedad de Naciones. Con ese fin, el 19 de mayo de 1919 se convoca en el Hotel Majestic de París una reunión británico-norteamericana a la que asisten representantes de la plutocracia internacionalista y también -curiosamente- del socialismo fabiano británico.

8. ¿Significa lo anterior que la competencia entre estos oligopolios de principios del siglo XX ha sido siempre puro teatro? No. La competencia entre los grandes grupos plutócratas (los Morgan, Carnegie, Rockefeller, Vanderbilt, Rothschild) ha sido y es real y muy virulenta. Pero representa intereses familiares concretos, e igual que ocurría en la Edad Media con las casas reales, la tendencia es a buscar el acercamiento y la concentración, algo que no siempre es fácil. Unas veces ese acercamiento tiene lugar de forma pacífica, como cuando Carnegie vende sus empresas a Morgan en 1901, y otras de forma violenta, incluso con tintes bélicos, como en Bakú en 1905 o en México en 1913. En estos dos últimos casos cada grupo plutócrata apoyó a uno de los bandos en conflicto: en Bakú, Rotschild y Morgan a Rusia, y Rockefeller a los revolucionarios dirigidos por un jovencísimo Stalin; en México, Rothschild y Morgan a Huerta, y Rockefeller a Madero y posteriormente a Carranza. En ambos casos se trata de demostraciones mutuas de músculo y fuerza que terminan en tablas, es decir, en un pacto temporal de no agresión. La Sociedad de Naciones (1919) pretendió ser precisamente -al menos en primera instancia- un primer ensayo de arbitraje supranacional para evitar o limitar esos encontronazos.

9. ¿Qué es el socialismo Fabiano británico? El llamado “socialismo fabiano” surgió en Reino Unido a finales del siglo XIX promovido por un grupo de personajes de la burguesía británica, entre ellos el dramaturgo George Bernard Shaw, el novelista H. G. Wells, la feminista Charlotte M. Wilson, el filósofo Bertrand Russell, el parapsicólogo Frank Podmore y la espiritista Annie Besant, todos ellos bajo la atenta anfitrionía del matrimonio formado por Sidney Webb y Beatrice Potter. No se trata por tanto de un movimiento obrero, sino de un movimiento ideológico reformista que entiende que el capitalismo puede sobrevivir en forma de socialismo democrático si se reduce la interferencia de los Estados-Nación y se entrega el poder económico a una élite mundial profesionalizada (los “capitanes de la industria”) capaz de organizar la competencia, evitar las crisis de superproducción y convertir la propiedad privada en propiedad social mediante sociedades anónimas. Llegados a ese punto, según asegura el fabiano Bernard Shaw, “los capitanes de la industria serán depuestos de sus mandos individuales y se convertirán en sirvientes asalariados de la gente”.

10. ¿Qué influencia tuvo el fabianismo británico en la Segunda Internacional Socialista? La influencia fue enorme, sobre todo a través del alemán Edward Bernstein, que pasó parte de su largo exilio en el Reino Unido (1888-1901) y acabó defendiendo la democratización del capital, reflejada -según él- en los grandes oligopolios de capital anónimo. Frente a Marx, Bernstein considera que “es mucho más importante advertir claramente las posibilidades de los cárteles y de los trusts, en lugar de hacer profecías sobre su impotencia”. Los cárteles -dice Bernstein- ofrecen la ventaja “de la organización sobre la competencia anárquica”. Lo que hay que hacer, según él, es limitar progresivamente por medio de leyes los derechos de la propiedad capitalista “convirtiendo a esta poco a poco en simple administradora”. Para Hilferding, otro socialista reformista, el capital financiero “significa por sí mismo la creación del control social sobre la producción”. El objetivo último es el que señala otro socialista reformista, Kautsky: lograr un nivel suficiente de concentración capitalista y de socialización del trabajo, pues “la concentración de los medios de producción y la socialización del trabajo alcanzan un punto en que son incompatibles con su corteza capitalista. Se la hace saltar”. Nada muy diferente de lo que proponía un poco más arriba el fabiano Bernard Shaw.

11. ¿Qué tiene que ver el socialismo reformista y revisionista con el clan plutocrático internacionalista del NOM? La tesis fabiana de que la concentración industrial y financiera en unos pocos oligopolios democratiza y socializa la propiedad tenía que atraer lógicamente a los plutócratas internacionalistas de la isla de Jeckil. Poco importaba a estos que el socialismo revisionista tuviese como objetivo último la expropiación de sus haberes. Ya pondrían ellos en su momento los obstáculos necesarios. Entre tanto, fabianos y socialistas revisionistas eran aliados impagables en su plan de constituir un Nuevo Orden Mundial. Los socialistas, por su parte, encontraron en el clan de plutócratas de la isla de Jeckil el apoyo económico necesario para extender sus tesis en el ámbito de la izquierda. Tampoco les importaba mucho que en la mente de los plutócratas no estuviese dejarse arrebatar en última instancia sus propiedades llegado el momento, ya se vería el cómo. Pero ambos -plutócratas internacionalistas y socialistas fabianos- participaban de una misma estrategia: concentrar el mercado -sobre todo el siderúrgico, el financiero y el petrolero- en unas pocas manos e internacionalizar la economía. De ahí que no les resultase difícil encontrarse y ponerse de acuerdo en 1919, en el Hotel Majestic de París. Como bien señala Schumpeter, “los verdaderos monitores del socialismo no han sido los intelectuales o agitadores que lo predicaron, sino los Vandelbilts, los Carnegies y los Rockefellers”.

                                                                                                                         
                                                                                                                         

                                                                                                                         
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