MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

LOS MALOS SON LOS OTROS
José Antonio Cavanillas

                                                                                                                          
                                                                                                                          

Ser un pijo-progre en toda regla dentro de una sociedad tan dictatorialmente progre como la nuestra equivale a una doble negación: es “no” pensar que uno pertenece a un grupo al que las personas poderosas de esa sociedad dan gracias a Dios de “no” pertenecer… Aunque sí pertenezcan y digan no creer en Dios.
Los progres —progres de barbas canas, barbas de foxterrier de pelo duro—, gritan que vuelve el fascismo. Que como se sabe, son siempre los otros.
¡Los otros!
El resultado de la situación triangular presentada por Sartre a puertas cerradas es el jaque mate a los tres participantes: ninguno de los tres puede liberarse, pero ninguno de los tres puede resignarse.
Entonces Sartre, que vive de vender frases de camiseta, vende su frase más famosa: “El infierno son los otros.”
Es la época en que Tom Wolfe se queda solo llamando la atención sobre un fenómeno inexplicado de la astronomía moderna: el de la tenebrosa noche del fascismo cerniéndose siempre sobre los Estados Unidos, pero tomando tierra únicamente en Europa.
Hay un reproche que Sloterdijk, el de las subversivas normas para el parque humano, hace a Habermas, el del “patriotismo constitucional” que un día deslumbró a nuestra derechona pochola, mari-acomplejada, de los minga-fría y caga-poquito y ágrafa. Sloterdijk ve en Habermas al padre de la versión social-liberal de la dictadura de la virtud (“asociada con el arribismo académico y periodístico”) y le reprocha que su lema, el lema del gran ético del discurso de Alemania, sea la susodicha frase de: “los fascistas son siempre los otros”. Por supuesto, enunciada siempre con carácter peyorativo y denigratorio. Lo que equivale a decir que los malos, son siempre los otros.
“El Otro Es Fascista”, titula Pemán su observación de que el “fascismo” es la primera idea política que se concede como un cargo honorífico y gratuito, sin intervención del candidato.
El fascismo, dice, es un casino cuyas listas administran los del casino de enfrente. “Pero, ¿cómo sabe uno si pertenece o no a una sociedad en la que no se paga cuota, ni le hacen a uno firmar nada, ni se lleva lista de socios? Le dicen a uno que es socio, ¿y cómo lo desmiente uno?”
Visto así, “fascista” no es ni un sustantivo ni un adjetivo. Es un pronombre.
Un pronombre demostrativo, como “éste”, “aquel”…, “el otro”. Y los pronombres, insisto, los manejan los demás. Uno puede vigilar sus adjetivos y sus sustantivos. Pero los pronombres vienen de fuera y hay que resignarse a recibirlos.
“Fascista” vale tanto como decir “el otro”, “mi enemigo”. Y puesto que es “fascista”, no es que sea malo: es el mismo diablo hecho carne y siendo de ese modo, nuestra obligación es acabar con él. Incluso matarle, sin otra justificación, que alegar que es “fascista”.
Me viene a la memoria un desgraciado e infame episodio ocurrido en mi pueblo, Castro Urdiales (Cantabria), en los años finales de la década de los 70. Existía una banda de borregos y psicópatas pro-etarras que se hacía llamar ICU (Izquierda Castreña Unida), cuya bravuconería en manada, como los cabestros, iba en consonancia con su cobardía. Apalearon hasta dejar mal herido a un chico de ideas opuestas a las suyas y tras ser finalmente detenido el autor material del asesinato en grado de tentativa, el libelo periodístico que utilizaban para su propaganda (PROEL se llamaba), tenía la desfachatez de justificar el execrable acto, alegando que no entendían el arresto, pues “sólo le habían dado cuatro hostias a un fascista”. Es curioso que muchos de aquellos gandules, vagos y gentuza de mal vivir, acabaran engrosando las listas del socialismo-caviar.
Antes de la invención del “fascismo”, las calificaciones políticas se hacían de dentro a fuera del individuo. Es decir: que las hacía el propio interesado.
Pero el “fascismo”, subraya Pemán, es una calificación que no se conjuga en primera persona, sino en segunda o tercera.
“Fulano es un fascista” no constituye una declaración política que hace el interesado. Es un diagnóstico que le hace una persona desde fuera, como si le asegurara: “Usted es diabético o tísico o…. Usted no lo sabe, pero lo es...”
Así es como hemos sido fascistas siempre los mismos.
Pobres de nosotros... ¡Ay, Madre del Amor Hermoso…!
Del “fascismo social” de los 30 al “fascismo liberal” de los 60, pasando por el “fascismo del lenguaje” de los 90 hasta llegar al “fascismo imperial” del momento. Porque “fascista” no es una cosa que se es, sino que se encuentra uno siendo. Y ahora quienes otorgan los nombramientos de “fascista” son los muertos vivientes del “sesentayochismo” de la tercera edad, cuyo mundo moral se divide entre los intrínsecamente decentes —ello, por supuestos— y los intrínsecamente abominables que naturalmente, somos siempre los demás.
Ocurre, concluye Pemán, que los demócratas son por definición, los dueños de las democracias. Y como son los dueños, cuando quieren la empujan como un carrito de ruedas y se la llevan y la lanzan por el despeñadero... y entonces el otro —o sea: nosotros— se encuentra con que es “fascista”, porque así lo dictamina el populista aprovechado de la situación de caos generada por el suicidio de la razón como se encuentra cualquiera con que es soltero cuando la novia dice que no.
Es entonces cuando a nosotros, los malos, los “fascistas”, no nos queda más remedio que recuperando la fuerza de la razón que los amigos de la alevosía han lanzado al abismo, dejar que la misma ponga a cada cual en el sitio que le corresponde. Y entonces nos encontramos con la gran sorpresa de ver que la izquierda ni es defensora de los intereses de los trabajadores, ni es ese halo de virtudes cívicas de que tanto presume. Y la derecha no es más que una banda de ladrones especuladores sin principios, que consideran a la Nación, nuestra Nación, —España— un vulgar mercado en donde a las personas sólo se las considera un número, un beneficio. Y si éste da números rojos en su particular cuenta de resultados, se le aparta y condena al desempleo, a la miseria y la desesperación.
Y al final como el aceite sale a superficie cuando se le mezcla con el agua, se ve que los que éramos tan malos, nosotros los “fascistas”, somos en realidad quienes devolvemos la cordura, la razón y la FE, que habían sido silenciadas y lanzadas por el barranco de la mentira y la traición.

                                                                                                                         
                                                                                                                         

                                                                                                                         
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