MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

FRENTE AL ESPEJO
Francisco Pena

                                                                                                                          
                                                                                                                            

"Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos.” (Mateo 19:23)

 


Cada día estoy más convencido que el odio que algunos sienten hacia los ricos o la compasión (al menos aparente) que la mayoría de los mortales sentimos hacia los pobres tienen un notorio componente hermenéutico, en cuanto que durante siglos se han interpretado de manera impropia ciertos episodios de los Evangelios, no en vano, lo quieran o no algunos, somos hijos de una civilización que hunde sus raíces en el Cristianismo.

Cuando cada mañana, al realizar nuestra acostumbrada visita al espejo, vemos lo que se refleja en el mismo, enseguida nos damos cuenta de que algún pequeño retoque o disimulo es menester realizar.

No, tal vez, en todos los casos, porque sean igual de feos que el que suscribe, sino porque, lo queramos o no, el tiempo va dejando poco a poco sus huellas.

Bien es cierto que el retoque no siempre coincide con lo aconsejable, ya porque en unos casos el interesado/a no quiere ver la realidad, ya, en otros, porque aun viéndola, se conforma con la que tiene.

Pues bien, en el fondo, esto sucede un poco con esta hipócrita sociedad en la que vivimos que, no nos engañemos, por mucho que algunos se hayan empeñado en cambiarla, en realidad, poco o nada ha cambiado con respecto a aquélla en la que estaban inmersas las diferentes civilizaciones dos mil o más años atrás.

Cierto que durante siglos la injusticia ha imperado, y sigue imperando, a lo largo y ancho de este mundo, pero muchos confunden la injusticia con la conclusión a la que se puede llegar al hacer una comparación o una contraposición entre una posición ajena y la propia.

O dicho de otro modo: la Justicia social no necesariamente exige un cotejo entre dos realidades distintas, sino, más bien, es un concepto objetivo que no tiene porque asumir un rol prefigurado al estilo o calco de cualquier modelo social.

Hubo una época en la que se asumía como algo natural la condición privilegiada de algunos en contraposición a la humillación de la inmensa mayoría de los otros.

Tal circunstancia pretendió superarse, no por un acto de puro altruismo, como algunos pudieren haber llegado a pensar, sino más bien por un intento de parecerse a aquella élite social que vivía, ciertamente, a “cuerpo de rey” por una mera razón de cuna.

En el fondo, si vemos la historia, tal y como deberíamos vernos nosotros mismos en el espejo, sin aditamentos, sin maquillaje, sin sombras, la conclusión sería bien sencilla: las acciones o reacciones son consecuencia de una “interacción mimética” entre dos polos, aparentemente, contrapuestos.

Porque señores, al fin y al cabo, ¿qué pretendió la burguesía del siglo XVIII al aguijar al populacho para sublevarse contra el orden establecido?: pues ni más ni menos que vivir como el segundo estado; esto es: la aristocracia y, en su caso, el clero….obviamente, el clero superior.

Cierto que hubo motivos justificados basados, fundamentalmente, en una cuestión estrictamente económica, cual era que aquéllos que vivían a la “sopa boba” coparticipasen de los gastos públicos en la misma proporción que lo hacía los plebeyos aburguesados que, al fin y al cabo, eran los que habían alcanzado un determinado nivel económico, aunque negasen que también fuese a costa de la inmensa mayoría de los olvidados.

Pero, paralelamente, no quedaron atrás las reivindicaciones políticas de ambición del poder que ostentaban los nobles y que, a la postre, tanto unos como otros, acabaron negando al pueblo llano, a salvo muy contadas y nobles excepciones.

Pues bien, como bien sabemos, lejos de quedar ahí la cuestión, allá por el siglo XIX ciertos “intelectuales” pretendieron venderle al pobre que su condición era injusta (como si él no lo supiese) y que debería sublevarse contra el ricachón burgués, ya no tan aristócrata, pues era el culpable de su explotación y mísera existencia.

No voy a negar que, en parte, tenían razón, pero no deja de ser curioso que quiénes proponían tal revuelta fuesen, precisamente, hijos de la élite social o, al menos, de las clases más pudientes.

Recordemos, por poner un ejemplo, a un tal Carlos Marx que,  a pesar de odiar a la clase dirigente política, económica y/o aristocrática, no fue tan tonto como para no caer en los brazos de una no tan pobre joven dama, una tal Jenny von Westphalen, coheredera de una acaudalada y aristocrática familia prusiana.

Pero no se preocupen, que hoy no voy a hablar de marxismo, ni de nada que se le parezca.

Mi única pretensión es hacer hincapié en un detalle, para mí no tan baladí, cual es que la riqueza y la pobreza, si bien son parámetros nada despreciables, no son, sin embargo, tan fundamentales como algunos piensan para sustentar una serie de valores o principios sobre los que edificar toda una teoría político-social.

Si le preguntamos a la mayoría de los mundanos, y si son sinceros y coherentes, si prefieren ser ricos o pobres, estoy convencido que el porcentaje de respuestas hacia la primera opción alcanzaría, sino el cien por cien, al menos lo que se consideraría matemática y científicamente inconcuso; esto es: el 99,98 %.

Ergo, si ello es así, que no lo dudo, ¿por qué tanta inquina contra el pudiente?

¿Acaso no pretendemos todos tener una notable y cómoda posición para no tener que estar echando cuentas todo el día para ver si llegamos a fin de mes?

¡No seamos hipócritas, señores!

En el fondo y en la forma a todos nos gustaría vivir bien, aunque ello no siempre coincida con la elegancia, el buen gusto o la educación exquisita, pues no necesariamente vienen parejas.

Como he dicho antes, la Justicia Social es y debe ser algo conceptual, no relativista, en el sentido de que su definición dependa de cada momento histórico, sino que, en sí misma, sea una idea objetiva y válida para todo tiempo y lugar.

Creo que pocos niegan el noble y justo mensaje de Jesús de Nazaret, para muchos de nosotros, El Cristo, el Santo de los santos del Altísimo.

Porque incluso aquéllos que le niegan su condición divina o simplemente carecen de la virtud teologal de la Fe, reconocen que sus palabras son, cuanto menos, justas y poco criticables, llegando incluso a considerarlas como modelo social.

Pero, no nos equivoquemos, las palabras de Jesús de Nazaret, no deben ser enmarcadas fuera de un contexto espiritual, por lo que, sin perjuicio de que nos puedan inspirar nobles sentimientos humanos, sólo son plenamente comprensibles, y así lo entendemos los cristianos, desde su doble dimensión divina y humana.

O dicho de otro modo: cuando hablamos de su palabra, hablamos de la Palabra; esto es, de la Verdad divina.

No obstante, es cierto que, con independencia de tal perspectiva, sí pueden sacarse ciertas conclusiones que, de llevarse a la práctica, indudablemente, generarían más beneficios que perjuicios.

Ahora, volvamos al espejo.

Por debajo de esa apariencia más o menos deprimente, ¿qué vemos realmente?.

Pues un ser humano.

Un ser humano con sus virtudes y defectos, con sus aciertos y fracasos, con sus alegrías y tristezas; en definitiva: un individuo dotado de conocimiento, conciencia y voluntad que, en mayor o menor medida, depende de sí mismo a la hora de tomar decisiones que, para bien o para mal, determinarán el resto de su vida, incluso su muerte.

Porque si hay algo que tenemos, digan lo que digan, es la libertad de tomar cualquier decisión. Que no les engañen.

Aunque vivamos en una sociedad opresora, seguimos dotados de esa libertad de decisión, de esa voluntad para aceptar o rechazar lo que se nos imponga y aceptar las consecuencias, buenas o malas, de nuestra disposición.

Cierto que hay sociedades injustas, sistemas injustos, situaciones injustas, pero no es menos cierto que ello no obsta a que gran parte del error radique en nuestra actitud.

Si interpretamos mal el Evangelio sólo veremos pobreza y riqueza en aquello que puede parecer suntuoso o mísero, pero no necesariamente es así.

Si nos fijamos bien, en el Evangelio se habla de la “pobreza de espíritu”: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mateo, 5:3)

Y la “pobreza de espíritu” no es otra cosa que el apego a los bienes materiales; esto es: el amar o sentirse atraído por lo que sobra, por lo superfluo, no por lo que realmente importa.

Si esto lo traducimos a la sociedad actual, veremos que el motivo de su desestructuración, de su suicidio, es, precisamente, el apego a aquello que no sirve para nada, porque nada hemos de llevarnos al morir.

Por favor, que no se interprete lo que estoy diciendo como una lección de moral católica, sino como una afirmación, de la que estoy plenamente convencido, y de la que depende, en gran medida, la fundamentación de los fuertes pilares que han de sustentar una sociedad más justa y equitativa.

No es más rico el que más tiene, como tampoco es más pobre el que menos tiene.

No se engañen. Que no les engañen.

Es más pobre aquél que sustenta toda su vida alrededor del apego a lo que es efímero y no edifica ni personal, ni familiar, ni laboral, ni socialmente sobre los valores “eternos” que, cuando nos falta lo material, nos permiten subsistir anímicamente.

Y en esto pecan por igual ricos y pobres.

Por eso, cuando hablamos de lo difícil que es que un camello pase por el ojo de una aguja, no sólo nos estamos refiriendo a los, aparentemente, ricos, sino también a aquéllos que, no siéndolo, son tanto o peor que aquéllos.

¿Acaso pensamos que si a un individuo que carece de recursos le dotamos del suficiente dinero para vivir más que holgadamente a lo largo del resto de su vida, no va a optar por el lujo y el despilfarro igual que lo haría cualquier individuo que hoy ya es rico?

Cuando olvidamos que tenemos una familia y que somos capaces de dedicar nuestro tiempo libre a otros intereses que no sean los de estar con nuestros hijos o nuestros familiares y amigos…..

Cuando olvidamos que tenemos un trabajo y que lo único importante es cobrar la soldada a fin de mes, sin importarnos lo más mínimo la buena marcha de la empresa…..

Cuando olvidamos que tenemos una Patria y que somos capaces de partirnos la cara por 22 tipos millonarios en calzoncillos que corren detrás de un balón, pero, bajo ningún concepto, somos capaces de asumir el compromiso de defenderla de sus enemigos, tanto internos como externos, es que entonces, señores, tenemos un grave problema.

No es un misterio que hay muchos explotadores y explotados, pero la cuestión es qué hacemos nosotros para evitarlo.

Mírense al espejo.

No es dable ni justo partir de un apotegma del que nos excluimos nosotros mismos por principio, por el simple hecho, nada desdeñable ciertamente, de carecer de suntuosas cuentas bancarias, porque, a la postre, la injusticia, en la mayoría de los casos, poco o nada tiene que ver con la economía, sino con la actitud.

¿Por qué aceptamos como cierto que todos los millonarios son explotadores y excluimos al resto de los mortales de tal conclusión?

El abuso, la explotación o la humillación se dan en todas las clases sociales… y afirmar lo contrario, no sólo es mentir, sino, y lo que es peor, es engañarse a sí mismo.

Y ese es parte del gran engaño al que nos vienen abocando desde hace decenios: todo el que es rico es malo, por lo que no ser rico es signo de virtud.

Pero, curiosamente, quién nos remite tal mensaje es el que, llegado a un determinado nivel social, político o económico, nos mira por encima del hombro, analizado la realidad nacional, política, económica y social, desde la perspectiva del que ya ha tranquilizado su conciencia y, sobre todo, su bolsillo y ha convencido a los tontitos de turno de que la realidad se supera eliminando al de al lado, simplemente, porque ha tenido más habilidad o más suerte que uno en la vida.

Después de treinta años de ejercer una profesión como la mía, en la que las miserias son el pan nuestro de cada día, y me refiero a las miserias morales, aunque también las hay materiales, he llegado a una conclusión: ni nada es lo que parece, ni nadie es quién dice ser.

No se engañen, no se dejen engañar: ser rico o pobre, en sí mismo, no es ni malo ni bueno, simplemente es una realidad que, por suerte o por desgracia, a algunos o a muchos les ha tocado vivir.

Cierto que es difícil creer que alguien que amasa una notable fortuna no ha dejado algún “cadáver” por el camino, pero no es menos cierto que muchos, una gran mayoría del resto de los mortales, también van dejando pequeños “cadáveres” que, en la mayoría de los casos, no han valido para nada……y este, tal vez, es el quid de la cuestión.

Repito: mírense al espejo.

El problema es la actitud.

Seamos sinceros con nosotros mismos.

¿Hemos hecho todo lo suficiente como para salir de esta supuesta mísera vida que llevamos o, en el fondo, estamos convencidos que llevamos una mísera vida porque así nos lo han hecho creer?

Nuestro problema no son los ricos, nuestro problema, señores, somos nosotros mismos, que mientras que nos pasamos el día discutiendo por perogrulladas o peleándonos por aquello que nos debería importar una mierda, vaciamos nuestra vida y no valoramos lo que realmente tenemos: nuestra vida, nuestra familia, nuestro entorno y, con suerte, nuestro trabajo.

No se dejen engañar, la pelea no es contra unos u otros, sino contra uno mismo.

Que la cortina de humo no les impida ver la realidad.

Tan injusta es la explotación del rico sobre el pobre como la del pobre sobre el pobre.

Y nadie se libra de esto, no se engañen.

La sociedad debe construirse sobre sólidos pilares morales  y el primero, el más importante, es tomar la decisión, desde hoy, de luchar contra toda injusticia, venga de donde venga, vaya hacia donde vaya, sin fijarnos en quien es el autor o la víctima, porque les garantizo que, en la mayoría de los casos, se llevarán una sorpresa.

                                                                                                                          

                                                                                                                         
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