MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

CULTURA DE LA MUERTE
J. A. Cavanillas Gil

                                                                                                                          
                                                                                                                            

En 1974 Henry Kissinger, a la sazón Secretario de Estado norteamericano, presentó a su gobierno el secreto informe que lleva su nombre.
El título completo del informe es: “National Security Memorandum 200, Implicaciones del crecimiento de la Población Mundial para la Seguridad de los Estados Unidos y sus intereses en Ultramar” y la fecha de presentación fue Diciembre de 1974.
En él inició lo que se denomina “doctrina de la seguridad demográfica”; claro y evidente eufemismo, para nombrar a la cultura de la muerte.
En ese documento Kissinger explicitó, entre otras cuestiones esenciales para comprender este proceso siniestro, la necesidad de apoyar la "promoción de una campaña de reingeniería social para provocar cambios culturales y cambiar las creencias." Los datos concretos nos los brinda el P. Juan Claudio Sanahuja en: “¿Salud Reproductiva o aborto?”, Suplemento del Boletín AICA N°2232, 29 de Setiembre de 1999.

Para quienes no le conozcan, el Padre Juan Claudio Sanahuja fue un sacerdote que falleció en 2016 y se caracterizó por denunciar los planes macabros de la masonería, a través del Nuevo Orden Mundial y la ONU, como elemento vehicular para su extensión. Creó un “observatorio”, en donde iba incluyendo documentos, resoluciones, etc., y las analizaba y comentaba, denominado
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La utilización del neologismo ‘reingeniería’ es vino viejo en odres nuevos, pues se trata de la reformulación, en el lenguaje –manipulación del lenguaje–, de los viejos errores. Pero esta noción se entiende en su verdadera dimensión si se acude a una cuestión que la excede. Esto es: la Revolución cultural, método por excelencia de la cultura de la muerte.
Para poder explicar cabalmente esta “revolución” nos vemos obligados a recurrir al pensamiento de Antonio Gramsci, una de las luminarias del marxismo del siglo XX.
(P. Alfredo Sáenz: Antonio Gramsci y la Revolución Cultural , Buenos Aires, Gladius, 1997).
Gramsci aprendió de Lenin una importante sentencia: "Hay que sustituir el asalto por el asedio".
Aporte valioso para comprender la esencia de la revolución cultural.
Gramsci comprendió que de nada sirve tomar el poder por las armas si antes no se ha trastornado culturalmente a la sociedad civil.
Para asediar y conquistar el Estado, paso crucial para la Dictadura del Proletariado, era necesario antes expugnar a la comunidad mediante el copamiento de aquellos cuerpos intermedios que le dan vida: la escuela, los medios de comunicación social, los sindicatos, las asociaciones vecinales, la parroquia...
El P. Alfredo Sáenz antes mencionado, a quien seguimos en parte de estas reflexiones, describe cómo Gramsci pensó este proceso a partir de tres etapas, a saber:
En principio una ofensiva cultural. Una “agresión molecular a la sociedad civil”, como decía Gramsci.
Esto implica como hemos adelantado, asediar a la comunidad en sus instituciones, en los cuerpos intermedios. Allí hay que concentrar la acción de la ideología marxista, independentista, etc., para trocar el sentido común y lograr de esa forma que las personas pierdan paulatinamente el sentido de lo trascendente.
Una vez obtenidos estos cambios, el marxismo, independentismo, etc., se plantea como la nueva ideología hegemónica. Y poco a poco en unas ocasiones, deprisa y corriendo en otras, como la única ideología válida. La única ideología democrática.
Todo lo que sencillamente entre en discrepancia por ligera que sea, será inmediatamente anatematizado, estigmatizado, señalado, como “fascista”.
La segunda etapa es un desmontaje que permite acceder a la hegemonía mentada.
Para Gramsci será necesario "…destruir la cosmovisión preexistente en una determinada sociedad". (P. Alfredo Sáenz, Op. Cit, pp. 35 y ss.) Y no es necesario decir que esa cosmovisión a la que hay que destruir, es la católica.
 La tercera etapa es el montaje de la ideología marxista, independentista, etc., en la comunidad asediada.
Una vez hegemonizada y desacralizada se configura el nuevo poder.
Tal es, a muy grandes rasgos, el proceso de la rebelión de la nada, como la menta Díaz Araujo. (Enrique Díaz Araujo, La rebelión de la nada, Buenos Aires, Cruz y Fierro, 1983).
Es sustancial comprender que Gramsci y en rigor ningún marxista, independentista, etc.; cualquiera que pretende subvertir la sociedad católica tradicional, jamás negó a la democracia un papel fundamental en este proceso. Es obvio: necesitan de la democracia para la infiltración en todas las estructuras de la sociedad.
Muy por el contrario: es justamente en el marco de la democracia (en su forma liberal o socialdemócrata, como la entendieron Rousseau o los constitucionalistas soviéticos que lo secundaron) en el que se dan las mejores condiciones para el proceso revolucionario que indicamos.
Al respecto, el entonces Cardenal Ratzinger describe hasta qué punto un Estado concebido de esta manera es absolutamente contrario a la consecución del Bien Común: 
"Es posible que un Estado quede sometido a la merced de grupos de poder que convierten la arbitrariedad en ley, aniquilan de raíz la justicia y así, a su manera, crean una 'paz' que, en realidad, es dominio de la violencia. Con los medios modernos del control de masas un estado semejante puede producir una sujeción total y, de este modo, una apariencia de orden y tranquilidad. Mientras tanto, los hombres que no aceptan en conciencia plegarse a tal situación son arrojados a la cárcel o forzados a exiliarse o eliminados." (Cf. Ratzinger Cardenal Joseph. Iglesia y Modernidad, Buenos Aires, Paulinas, 1992, pp 40 y ss).
 En este marco son muchos los instrumentos de la estrategia gramsciana, pero sin duda el más efectivo ha sido el uso del lenguaje. La hábil manipulación del lenguaje unido esto, a la astuta utilización de los medios de propaganda a su vez.
La cultura de la muerte se ha impuesto gracias a la guerra semántica (7) desencadenada por la revolución cultural. (Cf. Marta Siebert,"La teoría de género", en: AAVV: La mujer hoy, después de Pekín, Rosario, JC, 1995).
De esta forma y merced a la revolución cultural, se enarbolan las banderas contra la vida y la dignidad de la persona humana. Todos los órganos de Administración del Estado han sido copados y se llega hasta el extremo de que cualquier partido político con pretensiones de representación y gobierno, desde la Junta Vecinal hasta el Congreso/Senado de la Nación, debe empezar por obviar cualquier pretensión de oponerse a la adulteración que ha pervertido la democracia. Los partidos al uso, de derechas e izquierdas, son por tanto simples objetos al servicio de la cooptación y cualquiera que pretenda devolver el sentido democrático asaltado, inmediatamente es tildado de “fascista”, como hemos mencionado anteriormente. La sociedad por tanto, en general y en todos sus aspectos, ha sido secuestrada. Hasta la propia Conferencia Episcopal Española, se ha plegado a los intereses de quienes pretenden la destrucción la propia Iglesia y sustituirla por el Nuevo Orden Mundial.
No hay contradicción entre ambos términos: la revolución cultural es un medio propicio para la imposición de la cultura de la muerte.
Una vez que Dios ha sido negado –u olvidado que es lo mismo– en el seno de una comunidad, sólo hay un paso a la negación del hombre pues, como dice Chesterton: "Roto lo sobrenatural, sólo queda lo antinatural."
Es así como el trabajo ideológico realizado sobre lo esencial de la comunidad, de constante trastocamiento de sus vitales órganos intermedios, tiene su corolario lógico en las leyes inicuas que raudamente salen de un Congreso tomado.
Es menester comprender que en este sentido, no hay matiz alguno entre los postulados del capitalismo liberal y los del marxismo.
¿Qué diferencia objetiva puede establecerse a este respecto entre la ley de aborto de Cuba, Estados Unidos, Holanda, Italia o la que se aprobó en España y que la derecha –PP, CIUDADANOS o su nueva marca blanca VOX– no ha abolido ni se plantea hacerlo?
¿Cuál es el contraste entre la educación sexual dada aquí o la "muy civilizada" Francia? La Educación para la Ciudadanía fue planchada en las logias masónicas francesas y de ahí, exportada a todos los países que a lo sumo, la matizan o la denominan de forma diferente. Pero en esencia, no deja de ser lo mismo. Y como hemos visto en el caso de Hungría, aquellos que prefieren seguir su línea católica, enseguida son señalados y como en el caso de este país europeo, amenazados no por la izquierda, sino por la derecha, de “no defender los valores europeos” y por tanto poder ser sometido a sanciones. Lo curioso y paradójico es que es precisamente Hungría, la que rechazando esa clase de imposiciones, ha defendido los valores europeos, que son coincidentes con los Valores Católicos.
El fin es siempre el mismo: llegar al "eclipse del sentido de Dios y del hombre" (Juan Pablo II, Encíclica Evangelium VitaeSobre el valor y el carácter inviolable de la vida humana, n°21.), pues "el odio a Dios latente que los afecta –parafraseamos al P. Castellani– sale afuera en forma de odio deicida al prójimo”. (El P. Castellani se refiere aquí a los fariseos pero consideramos humildemente, que la frase es congruente con lo que pretendemos expresar. Cf. Cristo y los Fariseos, Mendoza, Jauja, 1999,. P.16).
No otra cosa se esconde en la pretendida humanización”.
La meta es en realidad, alejar al hombre de Dios para animalizarlo y esperar a que se convierta en su propio victimario.
Se trata en suma, de ceder a la “lógica del maligno” de la cual nos habla Juan Pablo II. (Evangelium Vitae, n°8).
Una vez hecha esta sucinta reflexión vale la pena hacer la pregunta de rigor: ¿qué hacer?
Sólo podemos decir una vez más que nuestro deber es ser coherentes y luchar. Luchar puede ser tan simple, como no dejarse engañar por cantos de sirena y promesas fatuas que tantas veces nos han hecho, para después no cumplirlas.
Luchar denodadamente como si de ello dependiera nuestra existencia, pues no cabe duda de que es así y en efecto de ello depende nuestra existencia.
Decía el latino Juvenal "considera como el mayor crimen preferir la vida antes que el honor y, por la vida, perder las razones de vivir".
¿Cómo preferir entonces la vida propia siendo al mismo tiempo testigos indiferentes de la destrucción sistemática de la vida de los otros?
La respuesta nos la da el Papa cuando, en un pasaje poco citado de su encíclica, explica el derecho a la legítima defensa: "La legítima defensa puede no ser solamente un derecho sino un deber grave para el que es responsable de la vida de otro, del bien común de la familia o de la sociedad. Por desgracia sucede que la necesidad de evitar que el agresor cause daño conlleva a veces su eliminación. En esta hipótesis el resultado mortal se ha de atribuir al mismo agresor que se ha expuesto con su acción." (Ibid. n° 55).
¿Trocaremos entonces la fidelidad al sentido de la vida cristiana por la adhesión al pacifismo diabólico que anhela la paz del cementerio?

"
Hay valores por los cuales vale la pena morir -dice el Cardenal Ratzinger- ya que una vida comprada al precio de semejantes valores se apoya en la traición a las razones de vivir y por lo tanto es una vida aniquilada en su misma fuente [...] donde ya no hay más por lo que valga la pena morir, allí tampoco tiene sentido vivir". (Ratzinger. Op. Cit., pp. 33).
No queda pues más opción que fundamentar nuestra acción en función de la conocida consigna paulina: "Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, morimos para el Señor. En fin, sea que vivamos, sea que muramos, del Señor somos" (Rom. 14,8; Flp. 1,20).

                                                                                                                          

                                                                                                                         
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