MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

EL VACIAMIENTO DEL PROGRESISMO
José Antonio Cavanillas Gil

                                                                                                                          
                                                                                                                            

En la segunda mitad del siglo XVIII, la idea de “progreso” ascendió al primer plano de la filosofía de la Historia y figuró en los títulos de libros famosos como el de Turgot y, sobre todo, el de Condorcet. Significaba el proceso de perfeccionamiento y mejora del género humano, supuestamente indefinido. Del sustantivo se derivó el término político “progresismo”, que hicieron suyo los protagonistas y los epígonos de la Revolución Francesa. A partir de entonces, las izquierdas se consideraron como encarnaciones del progresismo.

En el siglo XX, el marxismo y sus realizaciones del socialismo real trataron de monopolizar el progresismo. Así es como la URSS se autodenominó la avanzada de los pueblos progresistas y su líder, Stalin, el abanderado del progresismo. En las postrimerías soviéticas, el eufemístico vocablo “progresismo” casi sustituyó al de “comunismo”.

Además de un término propagandístico, ¿cuál era su contenido doctrinal?

En el siglo XIX la sustancia ideológica del progresismo era la concepción del mundo de la Revolución Francesa y después, el liberalismo. Pero en el siglo XX los liberales se opusieron al comunismo y éste se vengó identificándose con el progresismo que, de este modo, se convirtió en sinónimo de la concepción marxista del mundo, que entrañaba un método, una sociología, una economía y una interpretación de la Historia. Hasta el hundimiento de la URSS, la ecuación semántica era: “PROGRESISMO=MARXISMO”. Y no deja de ser sumamente cínico que se presentaran como causas de progreso, una filosofía que ha producido degradación, una teoría económica que ha ocasionado miseria, y una forma política inseparable de la tiranía y el crimen.

Al derrumbarse el marxismo por inconsistencia teórica y fracaso práctico, los autodenominados progresistas tuvieron que iniciar un camino de adelgazamiento conceptual a causa de la pérdida de la concepción marxista del mundo. Poco antes del

desplome, los socialdemócratas o socialistas de rostro humano se arrogaron el “verdadero” progresismo. Del bagaje marxista sólo les quedaba el modelo de economía estatalizada. Pero cuando en los años sesenta el Partido Socialista Alemán y luego los de otros países, fueron adoptando el modelo económico capitalista, incluyendo la propiedad privada de los medios de producción, ¿a qué se redujo un progresismo, aligerado del marxismo y de la economía centralizada? El proceso de adelgazamiento llegó así a un punto de raquitismo intelectual verdaderamente grave.

Aunque con retraso, ese proceso de desustanciación doctrinal también lo fueron padeciendo las izquierdas políticas españolas. Al final, incluso lo aceleraron porque el PSOE, desde que asumió el poder en 1982, introdujo a la sociedad española en el modelo económico más capitalista de toda nuestra historia nacional.

¿A qué últimas y desesperadas posiciones se retiran hoy estos actuales progresistas? ¿Al “pijo-progresismo”, quizá?

Desde luego, a un atuendo astroso. Pero eso no es una concepción del mundo, sino que es una simple moda feísta y tan poco filosófica como las formas de maquillaje y vestimenta. Sin marxismo ni estatalismo, ¿qué alberga una mente progresista?

Pues alberga uno de los últimos recuelos del estalinismo: un anticristianismo visceral. La ecuación política vigente es: “PROGRESISMO=ANTI-CRISTIANISMO”.

¿Puede tal ecuación ser calificada de progresista?

En modo alguno.

Los religión cristiana es la más desarrollada del planeta y ha sido la promotora del saber, las artes y las ciencias, aglutinadas en las universidades fundadas bajo su amparo y protección, además de capaz de ofrecer más oportunidades, ser una de las más abiertas, la que ha generado unas sociedades productoras de la mayor parte de los avances científicos y técnicos y la que ha intervenido como referente moral y trascendente para desarticular al terror soviético y últimamente, el musulmán y talibán; ambos, símbolos del reaccionarismo histórico más retrógrado. De hecho, anticristianismo a secas es en realidad, sinónimo de regresión y retroceso independientemente por supuesto, de conocidos casos lacerantes de pederastia, execrables en sí mismos provengan de donde provengan y que aún escasos, han servido para el rebuzno altisonante por parte de quienes constantemente se ven sin argumentos ciertos, a la hora de pretender demostrar las bondades de su fobia, no hacia la religión (aunque se esconden tras un supuestamente pretendido ateísmo o agnosticismo), sino hacia el Cristianismo. Tal es así que con ocasión de estos infames casos delictivos pederastas se ha visto a los “progres” lanzar alfilerazos al Vaticano, al Santo Padre y a todo aquel que cometiera la osadía de tener Fe en Jesucristo como Hijo de Dios, cuando no piropos al fanatismo y al horror talibanes que entre otras lindezas, persiste en esclavizar a la mujer y cuyo fundador y profeta (Mahoma) fue precisamente un pederasta.

Se han convertido en “progresistas retrógrados”, si tal paradoja semántica es admisible.

En la Universidad Autónoma de Madrid, unos pocos criptomarxistas reclutaron a unos cuantos estudiantes despistados (por no decir “lobotomizados”, porque hay que ser idiota en extremo) en la “Sociedad Carlos”, que parece el nombre de una sociedad gastronómica o quizá una burda copia a lo lerdo, botarate y mentecato de la “skull and bones” de niñatos yanquis, pero que no lo es puesto que el tal “Carlos” es Karl Marx. Los miembros de esta entidad se consideran los progresistas de hoy. Más que cómico, es patético.

La maquinización y vaciamiento del progresismo lo ha reducido a casi nada; sus adictos se han hecho viajeros en el túnel del tiempo hacia lo peor del pasado próximo. Karl Marx ya está en el desván de los saberes como una curiosidad erudita y en el archivo de la Historia como un cáncer social; pero para unos pocos “retro-pijo-progresistas” es una rancia droga que, como todas, les ha convertido en nulidades mentales. Véanse si no, ejemplos tan notorios y portentosos, como las ínclitas de infausto recuerdo, Leire Pajín, Bibiana Aído, la “miembra” o Elena Salgado. O los actuales Pedro Sánchez o Carmen Calvo…

O cualquiera de estos “idiotas morales” –como les llamaba Norbert Bilbeny – que no han dado un palo al agua en su vida, pero que parasitan muy bien de la subvención oficial diciendo que son “artistas”, “cineastas”, recuperadores de la memoria histórica o simplemente afiliándose a cualquier ONG, a un sindicato “de clase”…

Vaciado de contenido conceptual, el progresismo ni siquiera es nihilismo, es una mueca, por no decir una vergüenza para el intelecto.

                                                                                                                          

                                                                                                                         
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