MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

JOSÉ ANTONIO, PADRE DEL NACIONALSINDICALISMO (III)
Miguel Argaya

                                                                                                                          
                                                                                                                            

El drama del ledesmismo reside precisamente en su incapacidad para comprender hasta qué punto un Régimen verdaderamente sindicalista es incompatible con cualquier totalitarismo; que no es objetivamente posible conjugar, sin demérito de la lógica política, la existencia de un Estado cuya capacidad y obligación es suplantar a los grupos y a los individuos con la de unos organismos sindicales forzosamente autónomos si se quiere que vertebren con éxito la vida económica y se pretende que cualifiquen y den nombre a un nuevo Régimen. Toda la pretendida sindicación ledesmista de la economía queda reducida patéticamente a una pura estatalización desde que se la somete a la única y omnímoda disciplina del Estado totalitario, que es el verdadero agente económico, el que sistematiza, regula y ordena toda la actividad económica.

Ledesma fue incapaz de comprender que la única manera de materializar un verdadero sindicalismo nacional habría sido suponer a las corporaciones de productores –a los gremios- como entes autónomos, capaces de formular sus propias decisiones y de llevarlas a efecto, cosa sólo posible confiriéndoles una facultad verdadera, y no sólo teórica, para administrar sus propios recursos financieros. Pero esto no lo propone el fundador de las J.O.N.S. en ningún momento, limitándose en cambio a pergeñar un organismo estatal sin más objeto que el encuadramiento de la clase obrera, y sin otras funciones que las meramente burocráticas.

Y es que el fundador de las J.O.N.S. juega en todo momento a la quimera ideológica. Todos sus intentos por huir del “capitalismo de Estado” a la rusa (véase, por ejemplo, el artículo “La batalla social y política de Occidente”, en La conquista del Estado, n° 5, de 11 de abril de 1931), además de chocar inconsistentemente con algunas referencias elogiosas –ya hemos visto alguna-, y hasta vítores, a los regímenes estatólatras (“¡Viva el mundo nuevo! ¡Viva la Italia fascista! ¡Viva la Rusia soviética! ¡Viva la Germania de Hitler!”, llegó a proclamarse en las páginas del semanario), chirrían al encontrarse cada vez con ese muro totalitario que le es tan caro y que retrotrae sus concepciones políticas al terreno cenagoso del socialismo nacional. De hecho, para el Ledesma de La conquista del Estado, “no hay economías privadas, sino economías colectivas” (“En esta hora, decimos”, en La conquista del Estado, n° 7, de 25 de abril de 1931).

El anhelo ledesmista de insertar “una estructura sindical en el Estado hispánico, que salve las jerarquías eminentes y garantice la prosperidad económica del pueblo” (en La conquista del Estado, n° 5, de 11 de abril de 1931), viene así en extremo atenazado por los proverbiales temores del jonsista a dejar algo, cualquier parcela humana, fuera del control absoluto de su querido Estado totalitario. De este modo, tal como nos dice en el ya mencionado “Manifiesto político” aparecido en el número inicial del semanario, “el Nuevo Estado impondrá la estructuración sindical de la economía [y] disciplinará y garantizará en todo momento la producción”.

Insisto en que es precisamente la obsesiva absolutización estatal que caracteriza al pensamiento de Ledesma lo que le inhabilita para imaginar una organización económica con base en entidades sindicales orgánicas y, sin embargo, autónomas, siendo como es la autonomía del Sindicato lo único que podría justificar en la práctica la propuesta de un verdadero Estado Nacional-sindicalista; siempre –por supuesto- que se quiera hacer de él algo diferente del corporativismo totalitario.

Pues bien: quizá por esa incapacidad –más bien imposibilidad- de conjugar autonomía sindical y Estado hegeliano, sea por lo que Ledesma acabe renunciando a dar una más exigente y completa definición teórica de su “nacional-sindicalismo”, ese brillante pero fallido hallazgo retórico. “Ya tendremos ocasión –nos dice, reconociendo tácita y tempranísimamente su fracaso, en el n° 23 y último de La conquista del Estado, de fecha 24 de octubre de 1931- de explicar con claridad y detenimiento la eficacia social y económica del nacional-sindicalismo”. Tal explicación, sin embargo, no se llegará a producir nunca, ni durante el largo silencio que debe sufrir Ledesma desde el cierre del semanario hasta mediado el año 1933, ni durante la etapa de la revista teórica JONS, en la que sólo podemos encontrar de su pluma un texto al respecto bajo el epígrafe “Nuestra Revolución”, y respondiendo a una de las más caras reivindicaciones de la clase obrera con la “garantía de que [en el Estado sindicalista] el capital industrial y financiero no tendrá nunca en sus manos los propios destinos nacionales, lo que supone el establecimiento de un riguroso control en sus operaciones, cosa tan sólo posible en un Régimen Nacional de Sindicatos” (JONS, n° 2, de junio de 1933). Y no hay más: esto es todo cuanto el creador del término “Nacional-Sindicalismo” nos dice de propia pluma acerca de su confusa elucubración. No es posible –al menos no me lo ha sido a mí- hallar, fuera de ésta, declaración suya alguna en la revista “teórica” JONS que pueda completar o aclarar la muy confusa definición que había hecho originariamente desde las páginas de La conquista del Estado.

Se diría que Ledesma, incapaz de resolver desde sus fundamentos filosóficos las hondas contradicciones que le atenazaban, ha optado al fin por renunciar a dar contenido alguno al término, dejándolo irresponsablemente en el aire. Y tal vez esté aquí la razón de la repetitiva insistencia de Ramiro Ledesma, en este momento de su evolución ideológica, hacia la “filosofía de la acción”, que le permitirá desdeñar una construcción doctrinal más consistente: “Antes que a ningún otro -dice en su periódico teórico JONS, nº 2, de junio de 1933, en el artículo titulado “Nuestra Revolución”- las J.O.N.S. responderán a un imperativo de acción, de milicia (...) Sépanlo todos los jonsistas desde el primer día: Nuestro Partido nace más con miras a la acción que a la palabra. Los pasos primeros, las victorias que den solidez y temple al Partido, tienen que ser de orden ejecutivo, actos de presencia”; y, a la altura de noviembre de ese mismo año, todavía recientes los ecos del discurso joseantoniano en La Comedia madrileña, afirma de nuevo que “no necesitamos por ahora más puntales teóricos que los imprescindibles si acaso para sostener y justificar la táctica violenta del Partido. La primera verdad jonsista es que nuestras cosas, nuestras metas, están aún increadas, no pueden ofrecerse de un modo recortado y perfecto a las multitudes, pues son o van a ser producto o conclusiones de nuestra propia acción (...) Dejad pues camaradas que los teorizadores y los optimistas de las fórmulas tejan sueños vanos. Nos consta lo inocuo de tales especulaciones si no se asientan y subordinan a la eficacia diaria y permanente de la acción briosa” (“Hacia el sindicalismo nacional de las J.O.N.S.”, en JONS, nº 6, noviembre de 1933).

                                                                                                                          

                                                                                                                         
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