MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S 

NO ME DA LA GANA
Santiago Alcalá

                                                                                                                           
                                                                                                                         

Si por algo se caracteriza la sociedad supuestamente abierta y tolerante de la que aparentemente disfrutamos, es por fundamentarse en un espíritu inquisitorial terrible... y seguramente debe ser por aquello de dime de qué presumes y te diré de qué careces. La libertad es al fin y a la postre, lo que te dicen unos cuantos que manejan el cotarro, cualquier intento de ejercer la libertad no como concesión graciosa o condicionada, sino como derecho fundamental y sin pasar por taquilla, resulta una quimera absoluta. La libertad -enterémonos de una vez- es un producto patentado y en el afortunado caso de que te permitan disfrutar de ese producto, ha de ser de acuerdo con las condiciones establecidas por quienes se han apropiado de ella y la han patentado a su nombre. Si por algún motivo alguien decide hacer uso de ese derecho sin pasar por el aro, que se prepare para ser destruido y lapidado por liberticida. Un vistazo al mundo que nos rodea, nos lleva a la conclusión de que, desgraciadamente, lo antedicho, lejos de ser una floritura verbal, se corresponde con la más prosaica realidad.

Pero va a ser que a un servidor no le da la real gana de caminar por donde algunos intentan llevarle, ni de reírles las gracias a quienes maldita la gracia que tienen, ni de aceptar golpes a la lógica más elemental, ni de decir que el rey -estoy hablando en abstracto, que nadie se dé por aludido- está magníficamente vestido cuando en realidad está completamente desnudo. Porque resulta que la verdad es condición sine qua non para ejercer la libertad, porque sólo la verdad nos hace libres y la ausencia de ella nos esclaviza. Sin verdad no hay libertad que valga... por ello, toda tentación de vincular libertad y relativismo moral, constituye un fraude absoluto. La verdad es la garantía de las personas normales, empezando por las más humildes, mientras que la mentira es el mayor arma del tirano y del manipulador. Es por ello que en uso de mi libertad -la de verdad, no la patentada, ni la impostada- he decidido que hay una serie de cosas que no me da la real gana de dar por buenas.

No me da la gana de admitir que vivimos en una democracia ejemplar cuando la voluntad popular ha sido secuestrada por unos intermediarios llamados partidos políticos, que ejercen la representación popular como un monopolio, eliminando cualquier presencia del resto de la sociedad en las instituciones representativas, sustituyendo la democracia por la partitocracia. Si a esto añadimos la inexistencia de una real separación de poderes -Ejecutivo, Legislativo y Judicial- del Estado, creer que vivimos en democracia es como suponer que nos alimentamos como es debido porque el prospecto de algún producto-basura así lo dice. Tampoco me veo en la necesidad de abrazar ningún tipo de ideología de carácter liberal o neoliberal, empeñada en convertir la libertad en un predio ideológico particular.

No me da la gana de pasar por la ventanilla de ningún partido u organización de carácter nacionalista, separatista o localista como paso necesario para identificarme con mi tierra, sus costumbres, su tradición, su cultura y sus valores.

No me da la gana de flirtear con el fascismo o con organizaciones de extrema derecha -que no son necesariamente la misma cosa- para demostrar mi patriotismo y mi identificación con la nación española. Tampoco me da la gana de rebozarme en ese invento de última hora conocido como patriotismo constitucional, ese que vincula la idea de Patria con el poder establecido en un momento histórico determinado. Ni España tiene sus raíces en la Constitución de 1978, ni la inventó por arte de birlibirloque el régimen anterior. Y de la tan traída y llevada Marca España prefiero ni hablar, por respeto a la inteligencia de los lectores.

No me da la gana de sumarme al discurso de la izquierda política como condición para asumir una postura social avanzada. Mi convicción de que nuestra sociedad pide a gritos cambios sociales y económicos radicales procede de la observación, la experiencia y el compromiso moral, en ningún caso se deriva de una construcción ideológica arbitraria y averiada, cada día más casposa y obsoleta.

No me da la gana de ponerme a batir palmas por el hecho de que ETA decida no seguir disparándonos -porque cuando disparan a alguien, nos disparan a todos cuando el hecho de que -contra las negativas del Gobierno- han obtenido contrapartidas políticas y penitenciarias, es un hecho de lo más evidente. Por de pronto, el Estado español permite a una derivación de una banda terrorista que actúe legalmente en política como si fueran un partido más. Y dicho sea de paso, cuando el resto de formaciones políticas deciden competir con la rama política de una organización terrorista, demuestran a las claras el concepto que tienen de sí mismas.

Si ETA ha dejado de disparar no es por su propia decisión política, sino como resultado de la acción policial y del cerco judicial.

No me da la gana de convertirme en partícipe del jolgorio agresivo montado a cuenta de una determinada sentencia judicial en un país donde constantemente comprobamos cómo en otros casos iguales o peores, la sociedad española ni se inmuta. Y que nadie crea que es una cuestión de ignorancia, a mí no me cabe duda de que estamos ante una serie de episodios de maldad colectiva derivada de un gigantesco lavado de cerebro desde una inequívoca voluntad de ingeniería social.

Pero por qué será que a los dichosos ingenieros la cosa les sale a pedir de boca una y otra vez en este país.

No me da la gana de participar en tramas misericordiosas organizadas por unos pastores que según sople el viento se les olvida en qué consiste esa misericordia.

Porque la primera de las misericordias es para las víctimas, los débiles y los inocentes. Aplicársela de manera preferente a los verdugos, los fuertes y los culpables equivale a dar por buenos los procedimientos malignos del agresor, a sumarse a su voluntad de sojuzgar a los demás, a convertirse en cómplice de sus perversos designios. Por ello, nada hay más inmoral que determinadas equidistancias morales.

Tampoco resultan demasiado creíbles en sus supuestas misericordias cuando despilfarran el dinero de los fieles en mantener contra viento y marea determinados medios de comunicación destinados a hacer el trabajo sucio de la derecha conservadora y neoliberal, linchando mediáticamente al discrepante, todo de manera muy evangélica, sí señor...

No me da la gana de dar por buenas las falacias de esa ingeniería social que pretende subvertir todos los valores morales que constituyen el último y más sagrado reducto de nuestra identidad como personas. Porque también manejan conceptos de libertades que no son tales y dignidades impostadas. No es de recibo escudarse tras una interpretación delirante de la tolerancia para justificar aberraciones y agredir a quienes nos negamos a aplaudir.

No me da la gana de adoptar posturas genuflexas ante instituciones u organizaciones que no son -o no deberían ser- otra cosa que instrumentos al servicio de la ciudadanía. Al final, resulta que son fetiches cuyo cuestionamiento resulta tabú y conlleva la lapidación pública y la muerte civil. Ni el Estado de las Autonomías, ni la Unión Europea, ni la OTAN, ni la ONU representan otra cosa que herramientas o instrumentos, que despojados de su sentido primigenio y convertidos en un fin en sí mismos, sólo sirven para perpetrar un fraude e incitar a la idolatría individual y colectiva.

No me da la gana de comprar la mercancía averiada de las fake news que tanto parecen preocupar a un país cuya trayectoria histórica constituye un parque temático de mentiras, manipulaciones y patrañas, exactamente eso que llaman fake news. Si lo sabrán ellos que son los inventores de la cosa.

No me da la gana de comprar esa mercancía averiada denominada Memoria Histórica, es decir, la versión partidista, sectaria y falaz de la Historia, el relato mentiroso de quienes siendo parte, se han autoerigido -en medio de la escandalosa inhibición del resto de la sociedad- en jueces.

No me da la gana de dar crédito al esperpento separatista, a los lacitos amarillos, a la cantinela de los supuestos presos políticos, ni de conmoverme por el supuesto exilio de aquellos a quienes nadie perseguía y que curiosamente, son quienes han triturado los derechos y libertades más básicos de los ciudadanos en su ámbito territorial ante la indisimulada complicidad del propio Estado del que tanto despotrican y al que tanto deben.

No me da la gana de dar por bueno el relato de un Gobierno supuestamente salvador de la unidad nacional cuando actuó con negligencia, tibieza y obligado por las circunstancias y que continuamente nos da muestras de querer salvar a quienes intentan fraccionar España.

No me da la gana de dar crédito a esa historieta de que la OTAN es una organización defensiva, cuando constantemente está en la vanguardia de la imposición y de la agresión a los demás.

No me da la gana de creer que la corrupción galopante en la sociedad española y sus diversos estamentos se debe a casos aislados y manzanas podridas, cuando ésta impregna hasta el último rincón de nuestra convivencia común y es claramente sistémica, es decir, que no es casual ni anecdótica, sino que forma parte de la estructura del sistema establecido. Por todo ello, cualquier intento de regenerar el sistema, no pasa de ser mera cosmética, pues éste resulta completamente irregenerable por su propia naturaleza.

Realmente, no me da la gana de hacer tantas cosas, empezando por el tristísimo oficio de palmero, que al final eso va a terminar notándose. Y ello, claro está, tiene consecuencias. Ignoro -aunque puedo imaginarme- cuáles serán éstas. Y sucede que como prefiero equivocarme yo -con el riesgo de acertar alguna vez- que permitir que me equivoquen otros -con la seguridad de no acertar jamás- pues va a ser que lo único que estoy dispuesto a hacer con determinadas mercancías, es tirarlas a la basura. Precisamente porque no me da la gana de confundir la escoria con cosas verdaderas y decentes. Y en el colmo de la provocación, les invito a todos ustedes a hacer lo mismo. Muy rentable puede que no sea, pero ya verán como se quedan muy a gusto.

                                                                                                                         

                                                                                                                         
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