MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S 

SEGUNDO MURO DE LA VERGÜENZA
Arturo Robsy

                                                                                                                           
                                                                                                                         

Además de que te cierren la boca, es decir, la razón, en algún medio de información, que no te dejen decir lo que tú quieres y has pensado, hay algo que enfada igualmente: la observación, durante años, del equívoco de las palabras.

Algunos filósofos y sociólogos suelen empezar o terminar sus trabaos con un vocabulario donde anotan con cuidado lo que significa cada término en el contexto del trabajo: por un lado las palabras polisémicas abundan, por otro se pueden provocar muchos equívocos y lo que importa es usar términos unívocos. Llevamos demasiados años padeciendo un ataque directo al corazón, es decir a la lengua; dando por buenas palabras que acaban significando lo contrario que en origen. El Padre Isla escribió su Fray Gerundio de Campazas para burlarse y quejarse del afrancesamiento en el hablar, afectación de petimetres, aunque el español siempre fue lengua proteica, capaz de asimilar cualquier cosa, como llamar “agua” en ingles (“water”) a la letrina. Por último la clase política, los periodistas y los profesores, se han lanzado por un idioma aglutinado, por un idioma donde se fabrican palabras con la idea de confundir y, al mismo tiempo, con la de prestigiar el término con algo que siempre le ha gustado al español instruido (que no culto): la voz larga y, a ser posible, esdrújula o sobre esdrújula.

Cuando tenemos que intercambiar pensamientos delicados, que debieran llegar exactamente como se crearon, este “gramcismo” organizado se convierte en muro para dificultar la transmisión de la idea. El ideal de la confusión será llegar a situaciones en que el sonido de una ese sonora o de una sorda, son la débil diferencia entre desierto y postre, o entre pescado y veneno. Como el bombardeo es masivo y diario, cada uno está encerrado en una celda lingüística que nos separa de la precisión. Es el equivalente intelectual del Muro de la Vergüenza más desapercibido que el oro, aunque lleno de “efectos colaterales”, catástrofes humanitarias, escaladas, cumbres o cimeras, y confusiones grotescas, como haber equiparado la ética, o estudio de la moral, con la moral misma. Un muro invisible pero que impide el paso. Y ese muro no ha caído. Se ha reforzado.

De antiguo viene saber que un rápido procedimiento para esterilizar pueblos es confundir su lengua. Porque estamos encerrados en los conceptos codificados. El Lenguaje, hablado o escrito, es una codificación del a verdad, y es lo único que tenemos para transmitirnos noticias, ciencia, amor, cualquier cosa: o se usa el lenguaje o no somos nada porque nada podemos decir y ser hombre es comunicarse, como ser libre es decir y recibir la verdad. Todos dependemos de las palabras y las palabras tienen, por lo menos, cuatro dimensiones, siendo la temporal la que más predomina ahora, es decir, su cambio de sentido, que antes sucedía despacio y ahora se induce con la rapidez masiva de los medios: véase ¡Guay!, exclamación que vale por ¡Ay! (Guay del que pecare) y que hoy se usa como adjetivo semejante a bueno, hermoso, divertido. Pero la palabra, además de contener un concepto codificado (siempre reflejo de una idea) también lleva un sistema lógico que se usa en la combinación, en la sintaxis, en la formulación del Juicio; y una historia que pesa (sin darnos cuenta a veces) en el matiz. A veces deja de ser un camino único para llegar a los otros hombres, es decir el necesario nexo entre las personas, y hacen real aquella frase de Bernard Show al referirse al Reino Unido y a USA: “Separados por un mismo idioma”. El enemigo lo sabe. El enemigo, llamado “partido”, lo dice en su propio nombre: es parte de, fruto de una división y de la división vive: si dificulta la comprensión de las ideas del otro, sale ganando: nada tan próximo a una interferencia en radio o televisión, que un lenguaje alterado. Los hombres, sin sentirlo, son aislados por ese sutil muro de la vergüenza.

La palabra es incluso tiempo. Contiene, ha de contener todo. Hay un ejercicio que practico (y que no recomiendo por el trabajo que da): exprimir la palabra. Si digo silla, pensarás en tu concepto de silla, que normalmente coincide con las sillas que usaras en tu infancia, al aprender a hablar. Pero en Silla hay muchos más y el ideal es hacerlo todo presente en la palabra: la Semilla, el árbol y su clase, las hojas perennes o caducas, la fotosíntesis, la savia; los hombres que intervienen en su proceso de creación, desde el leñador, la serrería (electricidad, sierras, ingenieros, saltos de agua…), el diseñador, el carpintero, el transportista (camiones, gasolina, carreteras…), el vendedor, el comprador… Resumo: en cada palabra no está solamente su concepto, sino medio mundo presente, o el mundo entero y su organización social y económica. Incluso cuando se habla de Materia en Física o en Química, o en el lenguaje normal, estamos diciendo de verdad “madera”, la materia con la que se hizo casi todo durante milenios.

La palabra es el instrumento universal y previo a cualquier otro conocimiento, porque sólo nos comunicamos (aún en el proceso de aprendizaje) mediante una codificación, es decir que lo volvemos todo abstracto, aunque creamos que no: “Silla”, que tan bien entendemos, no guarda ninguna semejanza con la naturaleza o forma del mueble. De hecho, sólo entendemos abstracciones con las que podemos transmitir a la vez en varios niveles. Podemos decir simultáneamente una cosa y su contraria, como cuando en verano nos decimos: vaya helada que está cayendo; apelando a la razón primero y al sentimiento después: un mensaje redoblado que, en ocasiones, lo anula. Pero podemos aumentar el efecto de un argumento añadiéndolo también como sentimiento: últimamente se ha hablado mucho de que los sentimientos son formas adoptadas por la inteligencia, como las razones. Y a veces más comprensibles. Basta con recordar la “razón sentiente” de Zubiri. Por eso, quien aspire a unirse y a convencer, a devolver a Dios a la gente, que es una de las obligaciones de el ser consciente, debe generar un lenguaje unívoco para salir del encierro ñeque el idioma se va convirtiendo artificialmente, porque la contaminación ha llegado al lenguaje y un lenguaje difícil y equívoco, lleva a enfrentamientos y a guerras y a razones quebradas. No nos transmitimos las cosas, los hechos, sino una abstracción de ellos, y una abstracción codificada que otros deben descodificar y no sabemos claramente cómo lo harán. Quizá por eso –aunque no lo dicen así- Berkeley y Hume, entrados en una especie de escolástica del empirismo, que vivieron a caballo de los siglos XVII y XVII, llegaron a pensar que la presunta realidad escapaba a nuestros estudios. Berkeley, irlandés, merodea en torno a la verdad y el error. Cómo lo hará que publica, en 1709, el Ensayo de una nueva teoría de la visión, y, al año siguiente, 1710, el Tratado sobre los principios del conocimiento humano, cuyo subtítulo nos lo dice todo: “en el cual se investigan las principales causas de error y de dificultades en las ciencias, con los fundamentos del ateísmo, del escepticismo y de la religiosidad”.

Naturalmente, al llegar al asunto de Lo Verdadero, tropieza con Platón y él mismo es platónico, pero avanza aún más allá del concepto de que las cosas materiales son imágenes de las verdaderas. Él niega la materia, quizá porque todas las cosas que decimos de ella, y del hombre, las decimos mediante un mecanismo espiritual, la palabra y el concepto, que no es materia. El problema es viejo y no ha parado de hacer daño y de enfrentar a quienes no debieran hacerlo: el milenario asunto de los universales. Hoy ya sabemos que nuestra constitución nos impide ver las cosas como son. Vemos la luz reflejada en los objetos, pero no toda la luz y, por lo tanto, no todo el objeto. No observamos la bacteria, el virus o el átomo. En general, no somos capaces de dar una definición de hombre que sea aceptada por todos; ni de sociedad; ni de universo: esos son nuestros avances. Alma, pensamiento, espíritu, caridad, piedad… ¡Cuánto no están arrebatando tan en silencio para mandarlo a Babel!

                                                                                                                         

                                                                                                                         
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