MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S 

VOCACIÓN TRASCENDENTE DE ESPAÑA
J. A. Cavanillas Gil

                                                                                                                           
                                                                                                                         

La situación actual de España no es fruto de la casualidad.
Aun cuando según lo revela el Apocalipsis, los resucitados conservan el sello de su nacionalidad –del mismo modo que Cristo conserva sus cicatrices en la Gloria– lo cierto es que la vida de las naciones no es eterna. Pues el Reino de Dios no es como los reinos de este mundo.
Pero aun no siendo eternas las naciones, es en el tejido social de su historia donde se va forjando no sólo la personalidad del hombre, sino también y con ella, su destino sobrenatural.
De ahí que sobre el lienzo de la historia profana de la humanidad se vaya entretejiendo la historia de la salvación.
Ambas historias, siendo distintas, no son tangenciales. Si el Antiguo Testamento prueba la interpenetración de ambas, el Nuevo Testamento rubrica y aúpa el hecho y lo magnifica con la entrada de Dios, que se hace hombre, en el tiempo y en el espacio.
A partir de ese momento no es posible contemplar la historia de las naciones marginando la dimensión trascendente de las mismas.
Pero así como cada hombre tiene su propia vocación, así también a las naciones se les hace una distinta llamada.
Se quiere subrayar aquí, para que sirva de criterio orientador e interpretativo de cuanto se va exponer seguidamente, que de la fidelidad o infidelidad de España y la Hispanidad al completo a su propia y específica vocación nacional depende su grandeza o su envilecimiento.
¿Cuál es esa llamada vocacional española en la perspectiva de una historia de la salvación que se entreteje con su historia temporal?
Entiendo –y ahí están los capítulos apasionantes de nuestro quehacer histórico– la inserción de España en la tarea redentora.
Y ello en sus dos vertientes.
Es decir: mediante lo que podríamos llamar acción directa, manteniendo la fe y predicándola (servicio al Cristianismo), y la acción indirecta, conformando comunidades políticas configuradas según el Evangelio (servicio a la Cristiandad).
De aquí que haya podido calificarse a España con razón, de pueblo bíblico.
Pueblo en el que se enfrentan de modo, hasta visible, el misterio de la gracia y el misterio de la iniquidad.
El velad y orad tiene aquí un énfasis colectivo para no caer en las tentaciones del abandono o de la traición que Satanás, como león rugiente y artífice de este último misterio, ofrece de continuo a España y por ende, a toda la Hispanidad.
Empezamos a discernir por tanto, que la traición tiene un nombre; el nombre de aquellos que precisamente, adoran a Satanás al que llaman “el portador de la luz”: la masonería. Ya lo hemos demostrado en otras ocasiones y otros artículos y estudios.
Por su carácter de pueblo bíblico, España fue calificada de “Reserva Espiritual de Occidente”.
Y no sólo de Europa. La distinción es importante, sobre todo cuando se halla en fase de ejecución el proyecto Europa y éste, viene tomando una deriva diabólica, mediatizada por los amigos “de la escuadra, el compás y el mandil”.
El encierro geográfico de Europa sería un tremendo error, porque una cosa es el continente y otra el contenido. Y el contenido cultural de Europa, lo constituyente europeo, traspasó su propia geografía para enraizarse en América, por obra fundamentalmente de la España descubridora y evangelizadora, que inició la tarea hace más quinientos años.
Lo que hoy por muchas razones, conviene subrayar a una y otra orillas del Océano Atlántico.
Que España ha hecho de su historia nacional una empresa insertada en la Historia de la salvación, en sus dos vertientes –Cristianismo y Cristiandad–, lo ponen de relieve:
Primero, la defensa de Europa deteniendo la invasión mahometana y dedicando ocho siglos a la reconquista del territorio nacional.
Segundo, la reforma de la Iglesia impulsada por los Reyes Católicos y especialmente por el Emperador Carlos I de España, V de Alemania a través de la convocatoria del Concilio de Trento, que hizo imposible en España la ruptura del luteranismo.
Tercero, el mensaje cristiano de las tres carabelas capitaneadas por Cristóbal Colón en las que el Cristo personal de la Eucaristía atravesó la mar océana y España, como pueblo, cumplió el mandato universal de la predicación y del bautismo.
Cuarto, la lucha en la guerra de la independencia, en las guerras carlistas y en la Hispanidad, la lucha heroica y mártir de los Cristeros de México, contra la secularización del Evangelio, que sustituía con la revolución francesa de 1789, al Dios de los altares por los altares a la “diosa razón” relativista, sincrética y masónica.
Quinto, la Cruzada de Liberación en la España de 1936, con su cortejo de héroes y de mártires –que ya habían tenido sus prolegómenos mucho antes, con la Semana Trágica de Barcelona en el año 1909 y promovida por la masonería a través de Francisco Ferrer Guardia como cabecilla visible–, que comenzaron a ser canonizados por Juan Pablo II, contra los principios de la revolución marxista y visceralmente anticristiana de 1917, que hacía del hombre un puro instrumento al servicio de la economía y que, negando su fin trascendente, destruye la religión, acusándola de opio del pueblo.
He aquí cinco gestas con las que España, fiel a su vocación y como pueblo bíblico, fue y es bandera alzada y signo de controversia, que ha despertado en el mundo el amor o el odio, pero el desprecio jamás.
Pero España ha caído en la tentación.
Al terminar la Cruzada, el Cardenal Gomá hizo pública una pastoral titulada: "Lecciones de la Guerra y Deberes de la Paz".
En ella prevenía y alertaba contra dicha tentación, que arreciaría tan pronto como se olvidase la tensión espiritual de la lucha, se esfumara el recuerdo de los mártires, se reconstruyera el país y fuese superada la pobreza que el enfrentamiento llevó consigo.
El bienestar material, el aumento del nivel de vida, no acompañado de la honestidad en las costumbres, invita a la despreocupación por lo sobrenatural y al hedonismo.
La España fiel a su vocación, que había luchado por el Altar y el Hogar y que había construido un Estado católico que se enorgullecía de reconocer a la religión católica como la religión verdadera y de inspirar en la misma su ordenamiento jurídico, cedió ante el embate. Un embate en el que a la quiebra de lo trascendente se unió el ataque brutal de quienes, en la oscuridad de un trabajo secreto o en el combate sin escrúpulos a la luz del día, jugaban como herederos de la revolución religiosa, de la revolución política y de la revolución social, de las que España había sido vencedora en defensa del Cristianismo y de la Cristiandad.
No vamos a exponer lo sucedido en los últimos años ni destacar aquí las responsabilidades de la presente y dramática situación moral en España.
El texto constitucional que nos rige desconoce la idea de Dios e ignora el origen divino del poder.
A partir de este principio deconstituyente de la comunidad política, podemos comprender el proceso de disolución y decadencia en que nos encontramos.
Ahora sí se nos mira en el mundo, con desprecio.
Ahora somos el hazmerreír de todos. Ese es el grado de bajeza al que nos han conducido desde pocos años antes de la muerte del General Francisco Franco.
¿Cómo reaccionar ante ese panorama? ¿Desentendiéndonos? ¿Amargándonos? ¿Aceptando la situación para aprovecharnos de ella mientras subsista?
Nuestra postura la debemos adoptar desde la perspectiva de la Teología de la historia, como fondo y desde la asunción teológica del quehacer político, como protagonistas.
Sin una restauración moral de nuestra Patria, todo es imposible.
Desde el punto de vista de un reencuentro de España con las raíces espirituales que nos han configurado históricamente como nación, sí que es posible.
Si a un pueblo le secuestran el alma se convierte en rebaño.
Si un pueblo se queda sin misión, se adocena y se pudre.
Si un pueblo se pregunta, de un modo consciente o inconsciente, por su razón de ser y no halla respuesta, se disuelve o coloniza.

Nosotros, en España –y por supuesto me refiero con ello a toda la Hispanidad–, con esa visión bíblica y sobrenatural de nuestra historia profana, sabemos que es posible la restauración nacional. El servicio de España a la Cristiandad y al Cristianismo, la intercesión de sus santos, la sangre de sus mártires, no son estériles.
De aquí que ni la difamación, ni el silencio, ni el cansancio explicable de muchos, que renuncian a la tarea y sucumben ante la presión de los signos de los tiempos, no nos aparten de una labor difícil pero esperanzada.
En estos términos que acabamos de exponer, la labor política y social no es una carrera ni una coyuntura oportunista, sino una vocación a lo divino urgida por la caridad.
La Hispanidad de hoy no nos gusta, porque es la España –e Hispanidad al completo–, que ha sucumbido ante el misterio de la iniquidad.
Pero a su vez, el gran secreto de nuestra gran Comunidad de Naciones con una “Unidad de Destino en lo Universal” como defendía José Antonio Primo de Rivera, está en que siendo pecadora, puede arrepentirse de su pecado colectivo y recuperar su estado general de gracia.
Para ello es imprescindible un puñado de almas de oro que, precisamente porque España no les gusta –no nos gusta–, porque está desmembrada y corrompida; porque presenta su renuncia para el futuro histórico y sucumbe a la imposición de doctrinas disolventes –“disolve et coagula”, que es la máxima masónica para acabar con la grandeza de la Hispanidad y el Cristianismo–, la aman –amamos– más intensamente.
De igual forma que con mayor intensidad se ama al niño que carece de salud que al sano. Al leproso que al que goza de plenitud vital.
Se trata como decía un gran pensador –José Antonio Primo de Rivera–, de un amor que supera el instinto, lo propiamente telúrico del paisaje y la música, para convertirse en amor de perfección, impulsado por la virtud de la caridad, que es la virtud que nunca se extingue.
La vertiente política de la caridad puede traducirse en dos frases, una de San Agustíny otra de San Juan de la Cruz.
La de San Agustín dice: ."Ama a tu prójimo. Y más que a tu prójimo, a tus padres. Y más que a tus padres a tu Patria. Y más que a tu Patria a Dios”.
La de San Juan de la Cruz reza así: "Al caer de la tarde serás examinado en el amor”.
Pero –y esto es mío– no sólo en el amor a tu prójimo y a tus padres, sino en el amor con que serviste a tu Patria. Y nuestra Patria trasciende a la propia España de Europa y se proyecta a esa gran obra de todos, que es la Hispanidad.
De todos. Los españoles de aquí y los españoles de allende los mares. Todos somos UNO.

                                                                                                                         

                                                                                                                         
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