MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S 

NUESTRA SOBERANÍA
J. A. Cavanillas Gil

                                                                                                                           
                                                                                                                         

Hay que decir que los límites territoriales sobre los que ahora España ejerce su soberanía son menores que los que resultaron de la unión de las coronas de Castilla y de Aragón, incluso antes de la conquista de Granada y la unión de Navarra.
Nunca hemos sido tan pequeños en lo espacial y en lo político.
Todos los españoles tenemos la conciencia de nuestra pequeñez a la vez que el sentimiento de nuestra grandeza. La grandeza territorial que perdimos, así como la grandeza espiritual que dormita hace ya más de dos siglos.
Es duro para los españoles: no somos Imperio. Pero seguimos siendo España. Es decir: vocación universal.
Y más duro es saber que nuestra enorme herencia, el patrimonio que nos pertenece y la formidable fuerza que ello supone, está guardado en el desván, olvidado en su mayor parte o simplemente, negado en su conjunto por culpa de unos actores cicateros de la política, ignorantes, paletos de espíritu ruin…. Es la “hora de los enanos", que diría José Antonio Primo de Rivera.
No pocos españoles iletrados, se avergüenzan de la obra de España en América y se arrepienten de nuestra hegemonía europea. Creen que fue un asunto económico aquél, derivado del Oro del Descubrimiento. O peor aún, un largo discutir dinástico.
Previa al Imperio fue la voluntad de ser.
El feudalismo incluso en su versión española, ya se había agotado e hicimos otra cosa. Cuando Nebrija dice que el idioma debe acompañar al Imperio, resume varias verdades en una sóla, que venían anunciándose en España: nuestras armas no son entonces ni mejores ni peores que las de los otros. Tampoco es mayor nuestra riqueza y no tenemos siquiera tantos hombres como Italia o Francia, tradicionalmente más pobladas.
¿Qué nos hace superiores?
¿La lejana América, apenas rozada aún en tiempo de los Reyes Católicos?
No. Todo dependió de la dimensión universal de nuestra cultura; de lo moderno que nuestras luchas y nuestras necesidades de paz habían engendrado.
No: el Imperio no nació de la fuerza, sino de la novedad de nuestras concepciones. Del paso adelante que dio nuestra entera organización. Del gigantesco esfuerzo legal, con leyes justas, que se llevó a cabo y de que todos comprendieron que una vez rescatada la primitiva unidad física, era imprescindible la unidad espiritual para exportar nuestros modos.
El pueblo se sintió depositario de una misión y la llevó a cabo.
Actualmente la principal misión española es también la reconquista de la unidad total.
La unidad física, que rompen las autonomías.
La unidad espiritual, que amenazan las corrientes heréticas de algunos, la colonización cultural y artística, las leyes injustas y el mismo olvido de lo que somos.
La unidad política, fraccionada en partidos de obediencia internacional y tantas veces subordinada a los intereses del dinero mundial y de las naciones extranjeras, tradicionalmente enemigas viscerales de España y de lo que nuestra Patria representa en el mundo, como constructora esencial precisamente, de ese mundo.
Esta triple unidad, en lo físico, en lo espiritual y en lo político, no sólo es posible sino necesaria y deseable aún desde la despiadada lógica de que “la unión hace la fuerza”. Fuerza real que existe ya y que no es necesario crear sino permitir que actúe, removiendo para ello todos los obstáculos artificiales que se han levantado durante dos siglos, intentando reducirnos a nación sin voz entre las naciones y aparentemente, sin misión en la historia.
Y la unidad sólo se puede establecer sobre coincidencias. Nunca sobre diferencias, que son las que dan origen a los partidos. Es decir: al Sistema por el que nos rigen, humillan y esclavizan los actuales amos del mundo, escondidos tras las puertas de las logias.
O unidad patriótica, o esta política partidaria de todo aquello que nos ha convertido en siervos de lo anti español: esas son las opciones.
Esa es nuestra desgracia: vernos rendidos y humillados, abocados a lo que Ramiro de Maeztu definía como “ser algo distinto a lo que somos”.
La democracia liberal se asienta sólidamente en las diferencias y por lo tanto, en la tradicional disputa entre vecinos y en el rechazo de las semejanzas básicas.
Por eso la democracia liberal unas veces olvida y otras ataca nuestra cultura española: porque es precisamente la cultura de nuestra Patria el principal enemigo del Estado que la señorea. Mientras subsista esta básica contradicción, estaremos inmovilizados frente a nuestra historia, que vienen protagonizando otras naciones desde hace demasiado.
Si hiciéramos un catálogo de cuánto compartimos, qué es lo que nos une, descubriríamos sin más explicaciones, que somos una sola verdad con muchas apariencias temporales o fortuitas.
En lo más básico seguimos siendo España.
Seguimos siendo España en la medida del tiempo.
Seguimos siendo España en el objeto de la vida, que en muy pocos es la mera supervivencia.
Seguimos siendo España en el amor por nuestra independencia, aunque la interpreten torcidamente las tribus separatistas.
Seguimos siendo España en el afán de justicia.
Seguimos siendo España en nuestro individualismo o mejor dicho, nuestro personalismo.
Seguimos siendo España en nuestra concepción de la familia.
Seguimos siendo España en nuestro realismo.
Seguimos siendo España en nuestro arte popular, tan barroco y tan directo...
¿Para qué seguir?
Es en otro lugar donde se asientan las diferencias. Ya en el reparto de la riqueza, ya en la temporalidad de lo político.
Equivocadamente les estamos dando un rango superior al que les corresponde porque las diferencias siempre pueden corregirse, bien sea con leyes, bien sea con cultura y justicia. Pero las semejanzas, en cuanto que partimos de la esencia de lo español, son y serán inevitables.
Por eso hay que ponerse inmediatamente manos a la obra y devolver a las cosas su auténtica dimensión. Replantearse bajo esta óptica, la necesaria unidad (que es mucho más que política) y hacerla en lo humano para que alcance a lo político.
Sólo así la fuerza estancada en estos últimos años hallará el camino oportuno para volvernos a hacer protagonistas de nuestra historia.
Soberanos de nuestro destino. Dueños de nuestra historia y de nuestro futuro. No de las migajas que otros nos han impuesto.
Nuestra Soberanía no es otra, que ser lo que somos: Españoles.

                                                                                                                         

                                                                                                                         
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