MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S 

DE AQUELLOS POLVOS...
Santiago Alcalá

                                                                                                                           
                                                                                                                         

Hace unos días, tuvo lugar la conmemoración institucional del XL aniversario de las primeras elecciones generales del post-franquismo. Y digo del post-franquismo porque esos comicios se celebraron al amparo de una Ley de reforma Política patrocinada por el entramado oficial del régimen anterior. Fueron las últimas elecciones franquistas, no las primeras elecciones constitucionales. Porque la vigente Constitución de 1978 no sólo no había sido aprobada aún, sino que ni siquiera había sido redactada. El orden lógico de la política dice que el régimen anterior debería haber redactado una nueva Constitución o Ley fundamental, haberla aprobado en Cortes y después mediante referéndum y a partir de la misma, elecciones. Después, el Parlamento podría haber iniciado otro proceso constituyente con el objeto de cambiar las reglas del juego. Pero aquí no, primero fueron las elecciones y después la Constitución, nacida de un Parlamento elegido bajo leyes emanadas del franquismo. Con lo cual resulta que el impulsor y padre de la Constitución actual es… el franquismo. Con el impulso soberano del sucesor del anterior jefe del Estado y su primer ministro, el antiguo ministro secretario general del Movimiento.
Una parte de la ciudadanía lo interpretó como la superación de la guerra civil y el inicio de la ansiada reconciliación nacional. Pero hubo otro segmento de la población lo tomó a beneficio de inventario y entró en un juego con fecha de caducidad: me refiero a la izquierda. A los nacionalismo periféricos no, porque éstos estaban desde el principio a otra cosa, a lo suyo.
La izquierda no se sentía cómoda en un escenario de convivencia que ella no había conquistado, sino que le había sido dado por sus adversarios. Con lo cual para esa izquierda, el régimen constitucional de 1978 adolecía de un terrible pecado original que ellos no podían tolerar. Porque lo que de verdad hizo la izquierda no fue sumarse a un proyecto de reconciliación nacional, sino fagocitar las instituciones y socavar la sociedad a la espera del momento histórico oportuno para darle la vuelta a la tortilla y cambiar las reglas del juego en pleno partido.

Así, tras recuperar el Gobierno a raíz de una gran campaña de agitación que culminó con la perpetración del mayor atentado terrorista de nuestra historia el 11 de marzo de 2004, comenzó el proceso de desmantelamiento del orden constitucional de 1978 para sustituirlo por un escenario político diglósico en el cual la legitimidad moral, política y social recaía única y exclusivamente en la izquierda y los nacionalistas. El Gobierno surgido del 11-M decidió abandonar Irak a toda prisa. Si bien acertó en el fondo –porque aquella guerra era tan injusta como criminal- las formas resultaron bochornosas, porque no puedes incumplir graves compromisos internacionales sin pagar un precio de indignidad. Abandonar una misión internacional –que jamás debió haber recibido apoyo político- nada tiene que ver con salir corriendo a la desbandada: hay plazos y formas de hacer las cosas.
Ese Gobierno mintió a los nacionalistas catalanes prometiéndoles que cualquier cosa que hicieran sería aceptada por el Estado. Y claro, el entramado separatista parió un nuevo estatuto incompatible con aspectos fundamentales de la Constitución. Y el Tribunal Constitucional se lo podó… y aquí ardió Troya, porque eso no era lo pactado. El PSOE volvió al gobierno en el 2004 a lomos de los atentados, de los mismos nacionalistas que pactaban con ETA para que no atentase en Cataluña, para que sólo matase en el resto de España –y semejante aberración se vendió como un gran triunfo político y produjo notables réditos electorales- y de la negociación con ETA. La banda terrorista vasca. Golpeada policial y judicialmente durante ocho años, muy debilitada, era sin embargo rescatada de la derrota por el Gobierno presidido por rodríguez Zapatero y convertida en primer actor político. Se abrió al entorno etarra el acceso a las instituciones y se impulsó a fuerzas de más que dudosa lealtad constitucional –el pacto del Tinell- al tiempo que se tendía un cordón sanitario alrededor del Partido Popular. Y también de las asociaciones de víctimas, a las cuales se arrojó al fango y contra las cuales se lanzó a la opinión pública.
Asimismo, ese gobierno renunció al Tratado de Niza bajo el cual España tenía la posibilidad de defender algunos intereses importantes dentro de la Unión Europea, para entregarse al sueño megalómano de una constitución Europea que al final devino en el Tratado de Lisboa y en el sometimiento de todos los europeos al poder franco-alemán.
Y finalmente, se asestó el golpe de gracia al pretendido espíritu de reconciliación nacional o espíritu de la Transición, reviviendo un gueracivilismo nostálgico, revanchista y casposo destinado a dividir a los españoles en buenos y malos mediante la Ley para la Memoria Histórica.
Si a esto añadimos toda la pléyade de leyes de género, aberraciones contra la ley natural, sectarismo malsanos y una insidiosa ingeniería social tan ominosa como maligna, no podemos extrañarnos de haber llegado a donde hemos llegado, de haber caído tan miserablemente bajo como hemos caído… y para muy largo.

Pero todo esto, no hubiera sucedido sin una complicidad suicida de la derecha política española, formada por un cúmulo de politicastros ambiciosos, egoístas, ignorantes, torpes y sobre todo, muy corruptos. Esa derecha renunció a hacer pedagogía política y a defender valores porque lo único que le interesaba era el poder y el dinero. Por todo ello tiró a la basura cualquier atisbo de dignidad política, enredándose cada vez más en un caciquismo clientelar a mayor beneficio de los bancos, las multinacionales y las grandes fortunas, con grave perjuicio de pequeños y medianos empresarios, autónomos, profesionales liberales, funcionarios, trabajadores y pensionistas. Al final, cuando esa derecha regresa al Gobierno a finales de 2011 de la mano de la crisis y del desastre económico zapaterista, lo hace enfangada en la corrupción, ayuna de valores y sin atisbo de dignidad. Hoy no hay forma de distinguirles de sus supuestos adversarios, porque se dedican a consolidar lo que éstos perpetran. Es más, el influjo de las leyes anti-familia, de género y la represión brutal contra cuanto es natural y bueno, es mucho mayor que bajo los anteriores Gobiernos socialistas. Todos juntos, azulones, rojos, morados, naranjitos y verdosos, constituyen distintos matices del enemigo común, del enemigo de todos nosotros. Porque la izquierda quiere cargarse el consenso constitucional para cambiarlo por una dictadura de facto hecha a su medida… pero realmente la Constitución de 1978 nunca fue otra cosa que una excusa para sustituir la democracia por la partitocracia, eliminar la separación de poderes inherentes a todo Estado de Derecho y consolidar una estructura de poder basada en una oligarquía político-financiera nada ejemplar.

Y tampoco hubiera sido posible sin la complicidad de un señor que fue el gran facilitador de la situación a la que hemos llegado. Ahora se lamenta porque ni siquiera le invitan a la celebración del aniversario de algo que impulsó él mismo. Lloriquea porque se siente excluido de su propia obra… lo cual debería hacerle reflexionar acerca de la presunta bondad de la susodicha obra… pero como dicen que los Borbones nunca aprenden ni olvidan nada, no parece que este señor esté en condiciones de hacer un examen de conciencia acerca de sus actos públicos… y de los privados, prefiero no hablar. Tampoco es que me importe demasiado su deslealtad hacia quien le puso en el trono y hacia su padre, heredero de ese trono, al que trató de forma parecida a la empleada por Fernando VII con su padre Carlos IV… sólo que sin Motín de Aranjuez, aunque sí con algo de Bayona. Lo que sí me parece imperdonable es su terrible nocividad hacia el país del cual fue durante casi 39 años, jefe del Estado. Toda esta ingeniería político-social recibió su aprobación sin rechistar. No sé si Don Juan de Borbón y alguno más estarán revolviéndose en sus tumbas, aunque sí parece que la situación actual del ilustre cazador de elefantes, no deja de ser una consecuencia de sus propios actos. Porque, como dice el refrán, “de aquellos polvos…”

                                                                                                                         

                                                                                                                         
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