MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

DE PERROS, PASTORES Y BORREGOS
Santiago Alcalá

                             

Pues no, no voy a hablarles de ganadería ni de zoología, sino de la sociedad en que nos ha tocado vivir. De las realidades que tenemos delante de las narices y nadie parece querer ver. De todo aquello que podría dignificarnos y resultarnos útil y entre casi todos, hemos logrado que no sea ni una cosa ni la otra. Y como es un tema tan cotidiano y comprobable -sólo hay que abrir los ojos y mirar alrededor- tampoco será preciso que me extienda demasiado.

Hace décadas, resultaba prácticamente imposible refutar cualquier campaña de los medios de comunicación. Sabido es que éstos están adscritos a intereses políticos y económicos de todo tipo, por lo que hablar de prensa libre y de medios independientes constituye un sarcasmo: tales medios libres e independientes sólo existen en la imaginación de la gente. Algunos tienen una dependencia muy clara –y por ello más visible e inocua- y otros, en cambio, bajo la tapadera de la independencia, son verdaderos instrumentos de intoxicación individual y colectiva.

Todo ello agravado por el hecho de que normalmente actúan en grupo, formandos holdings y cadenas de comunicación. A veces incluso defendiendo intereses aparentemente contrapuestos. Es el caso -por ejemplo- de grupo Atresmedia, que reúne medios tales como Antena 3, La Sexta, Mega, Onda Cero, Europa FM, Melodía FM o La Razón a través del Grupo Planeta, accionista relevante de Atresmedia.

Imaginémonos la cantidad de polémicas cruzadas que han salido de esos medios y la de veces que el ciudadano de a pie ha mordido el anzuelo, enzarzándose con sus vecinos, familiares, amigos o compañeros de trabajo en tremendas discusiones, tomando partido por uno u otro medio... del mismo grupo. Claro, que si alguien desea

creer que eso indica pluralidad y no el intento de controlar todo el espectro social, allá él o ella.

Esos medios son la punta de lanza de los intereses políticos y económicos que subyacen tras determinadas campañas que periódicamente movilizan a la sociedad con el objeto de lograr que ésta tome conciencia de todo aquello que en el fondo debería importarle un rábano, al tiempo de que se olvide de todo lo que debería importarle. Son los perros del sistema, los chuchos de establishment -algunos creen que ese papel le corresponde a los cuerpos policiales y de seguridad cuyos integrantes también han llegado a creerlo, pero se sorprenderían si supieran lo poquita cosa que en realidad son- encargados por los pastores de que el rebaño no se desmande y camine unido y tranquilo en dirección al precipicio. Los pastores son los dueños reales del cotarro, no los dueños de los medios, ni siquiera unos políticos que no son más que una corporación de lamentables culiparlantes puestos allí a dedo por la cúpula del partido de turno, que como juntan letras en el BOE y otros cuadernillos legales, creen que ellos disponen de un poder que no tienen ni les corresponde: porque un político no es más que un pringadillo cuya misión es ejecutar las órdenes de quienes mandan en realidad. Algunos banqueros también se creyeron que eran ellos los que mandaban, pero tampoco era cierto: pero actuaron como si de verdad mandasen y las consecuencias fueron las que fueron... y si no, que se lo pregunten a Mario Conde, Rodrigo Rato y compañía. Otros, como Miguel Blesa, ni siquiera pueden contarlo ya.

Los pastores, los que de verdad mandan, están por encima y más allá de todos esos personajes y personajillos -tan proclives a creer que son alguien- y se dedican a mover las fichas del tablero para que la partida discurra por los cauces que a ellos y a sus intereses les conviene. En todo momento tienen el control de la situación, aunque también pecan de una soberbia y egolatría que al final supondrán su propia perdición, que ojalá se produzca más pronto que tarde, porque si no, los que estamos perdidos somos los demás. Que les mueven intereses materiales groseros, no me cabe duda.

Pero eso por sí solo, no explica ni de lejos la perversa tormenta de maldad que han desatado sobre la Humanidad entera: esos intereses groseramente materiales se conjugan con otras apetencias de poder y dominio que están en la difusa frontera entre la soberbia y la patología pura y dura.

Ya me he referido brevemente a perros y pastores: los primeros dan lástima y los segundos auténtico miedo... aunque no olvidemos que el verdadero valor no consiste en no tener miedo -lo cual más bien que valentía denota inconsciencia y/o irresponsabilidad- sino en saber dominarlo. Pero debo decir alguna cosa acerca del rebaño, que más que lástima o miedo, a mí me produce indignación y enfado. Porque si bien son las víctimas propiciatorias de pastores y perros, también están siendo sus mayores cómplices y colaboradores. Y ¿quién forma parte del rebaño? Nuestros vecinos, compañeros de trabajo, también -¡ay!- muchos de nuestros familiares y amigos. Y -otra vez ¡ay!- nosotros mismos con más frecuencia de la que nos gustaría reconocer. Porque la capacidad de alienación de los pastores es formidable y como son malvados pero no tontos, también saben reconducir nuestros enfados y disidencias por tentadores vericuetos que suelen llevarnos a ninguna parte, cuando no de regreso al rebaño. Y eso nos pasa por dedicarnos a marear la perdiz mediática en lugar de pensar por nuestra cuenta: nadie ha nacido con un televisor, un periódico, una radio, un ordenador o un lo-que-sea-phone, pero sí con una cabeza, un cerebro y se supone que una colección -mayor o menor según cada caso- de neuronas.

Las manifestaciones y movidas derivadas de la ideología de género, constituyen el paradigma de la manipulación de masas contemporánea. No voy a ponerme aquí a explicar lo indigno e inaceptable que me parece que se ejerza violencia sobre las mujeres porque sonaría a excusa y porque este foro es para personas con la suficiente inteligencia y sentido común para distinguir las cosas. No perderé ni un segundo en obviedades. A mí me parece inaceptable la violencia -no sólo física- contra cualquier persona, sea mujer, hombre, niño o anciano. Por lo cual contemplar aberraciones tales como las perspectiva de género, los Juzgados de Violencia contra la Mujer -como si los hombres no fuéramos susceptibles de ser agredidos- o los aquelarres masivos publicitados con cartelitos violeta del ´noesnó´, me produce arcadas. Que una mujer acuda a esos aquelarres puede ser el resultado de las campañas alienadoras decretadas por los pastores y servilmente ejecutadas por los perros, que han conseguido hacerle creer que toda esa infecta parafernalia va a beneficiarle... podría entenderse. Pero que un varón acuda a tales movidas sólo puede explicarse por una gravísima intoxicación ideológica, un marcado síndrome de Estocolmo o la ausencia total y absoluta de cualquier principio moral. Porque no sólo amoral, sino declarada y manifiestamente inmoral es sustituir la justicia casuística y garantista por los pogroms basados a causas generales abiertas contra todo un colectivo o grupo social, en este caso contra los hombres. Que haya hombres dispuestos a gritar a los cuatro vientos que aceptan ser considerados criminales en potencia, sospechosos continuados, esencialmente depravados por razón de biología y que pase lo que pase entre un hombre y una mujer, ella siempre será víctima y él siempre será agresor... produce una mezcla de indignación y desprecio. Y por supuesto, si alguien acepta los términos del aquelarre rosivioleta trufado de arcoiris y admite todas esas cosas, habrá que pensar que en el fondo se cree capaz de maltratar a las mujeres. Como yo no maltrato mujeres, me niego rotundamente a admitir los términos del aquelarre y por consiguiente, a formar parte del mismo. Y lo que cualquiera pueda pensar de lo antedicho me trae completamente sin cuidado, me importa un rábano, me resbala en varias velocidades.

Porque, ¿no habíamos quedado en que noesnó? Pues eso.

Desdichadamente no estamos hablando de mujeres y hombres normales con problemas asumibles, sino de escenificaciones perversas ordenadas por los pastores, instigadas por lo perros y servil y sumisamente ejecutadas por el rebaño. Rebaño, manada, piara o lo que ustedes deseen, sírvanse a su gusto. O no se sirvan, que tampoco pasa nada. Pero debemos tener sumamente claro que ese rebaño se compone esencialmente de borregos, con alguna que otra cabra por medio. Y jamás de los jamases los borregos han decidido lo que acontece en el rebaño... ni siquiera los perros, aunque éstos tengan tendencia a creerse más importantes de lo que en realidad son, piltrafas ladradores y gruñidoras al servicio del amo-pastor. Las decisiones las toman los pastores, que como autores de la escenificación, son los primeros en conocer su falsía absoluta. Y que en el fondo, sin perros ni rebaños, tampoco serían gran cosas, sólo unos pobres psicópatas imaginando mundos fantasiosos.

                                                                                                                                

                                                                                                                                
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