MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

EN VÍA MUERTA
Santiago Alcalá

                             

Las recientes elecciones generales celebradas en España, han puesto de manifiesto una serie de cuestiones que hasta ahora estaban un tanto solapadas, a pesar de que eran cada vez más evidentes. De ello resulta que no es que el problema no exista, sino que la gente se niega a verlo: estamos ante los síntomas de descomposición del régimen consagrado en la Constitución de 1978. Toda aquella argumentación de la concordia, el consenso y la convivencia se ha convertido en agua de borrajas, en un sueño de lo que pudo ser y no fue... aunque resultaría más realista decir que estamos ante la manifestación de aquello que -a pesar del márquetin institucional- jamás pasó de ser una simulación política que al final, ha derivado en una terrible y recurrente pesadilla.

En la España del consenso en la cual -nos decían- las elecciones se ganaban en el centro político y quien conquistaba ese centro, se sentaba en La Moncloa. Pues si aquello fue real alguna vez, los vascos que tenían que vivir bajo la amenaza de las pistolas y las bombas de ETA en municipios regidos por terroristas, no estarían muy de acuerdo.

Ahora, en 2019, esas elecciones se han ganado en los extremos. El partido más votado recuperó el Ejecutivo gracias a una alianza con los comunistas de Podemos, los golpistas de Cataluña y los filoterroristas vascos. Y eso -que en sí implica una felonía moral y política de proporciones gigantescas- recibió el premio de la ciudadanía en las urnas. Como los golpistas y filoterroristas, reiteradamente premiados por el electorado, no por virtud alguna -que no existe- sino por todo aquello que resulta miserable, repulsivo y pestilente.

Y al otro lado del espectro político, los electores premiaron con 24 escaños a unos señores que de ser los rebotados de un PP desnortado, han pasado a convertirse en los cipayos de toda esa moda política de supuestos populistas en su peor versión: son gente que lejos de practicar el patriotismo, se han entregado a una especie de nacionalismo español -términos incompatibles entre sí- de carácter folclórico y zarzuelero, exaltador de toda clase de mediocridades y costumbrismos arcaicos convertidos en identitarios por obra y gracia de la verborrea extremista, heraldos de la xenofobia y divulgadores de ocurrencias.

Unos señores que dicen defender la unidad de España y las más sacrosantas esencias patrias, reciben el apoyo entusiasta de la Liga Norte italiana, partido asimilable al PNV y/o el PdeCAT y cuya política se basa en ahondar las diferencias entre un norte próspero y rico y un sur depauperado. Pero una legión de votantes consideró que debía regalarles una inmerecida presencia en el Congreso de los Diputados.

En las próximas fechas sólo nos espera un revival del “...y tú, más”, referido no sólo a la corrupción, sino al extremismo político.

En un país con una deuda exterior preocupante; con un modelo productivo obsoleto; con una economía empantanada; con una tasa de fracaso escolar, brutal; con nuestros científicos e investigadores emigrando a puñados porque aquí no hay nada que hacer; con un problema serio de definición en política exterior; con un coste energético tremendo, que lastra toda nuestra economía; con un conflicto territorial interno enquistado y supurante; con unos niveles de corrupción tercermundistas; con desapego cada vez mayor de la ciudadanía hacia las instituciones; con graves amenazas de seguridad en el sur; con filoterroristas ocupando las instituciones vascas; con niveles de precariedad y vulnerabilidad de grandes capas de la población lacerantes; con niveles de idiotez generalizada sonrojantes... resulta que la principal preocupación de la gente es la posibilidad de desenterrar al anterior jefe del Estado, llenar las calles de lazos amarillos y qué pasa en la casa de “Gran Hermano”. Por no hablar de ese terrible drama nacional consistente en que el presidente de un importante club de fútbol de Madrid no hace fichajes y por lo tanto el equipo juega muy mal y ya no gana títulos. La payasada del “Gran Hermano”, las memeces del “Sálvame”, ese programa vomitivo llamado “MyHyV” y el guirigay histérico y epiléptico de “El Chiringuito de Jugones” convertidos en los programas de mayor audiencia televisiva, resumen a la perfección el estado mental de la ciudadanía que acude a las urnas a decidir quién gana elecciones. Digo quién gana elecciones porque lo que se dice gobernar, es otra cosa y quien de verdad manda aquí, no emana de las urnas.

Estamos ante la consecuencia lógica de las contradicciones de la política española expresadas en una Constitución que dice una cosa y la contraria, con lo cual puede ser interpretada de acuerdo con la voluntad y el parecer de la mayoría judicial existente en cada momento. Porque esa es otra: el independiente Poder Judicial lo conforman los partidos políticos a través del Parlamento. Y como la Constitución no dice lo que dice, sino lo que el Tribunal Constitucional dice que dice -que es lo mismo que el Gobierno emanado de la mayoría parlamentaria quiere que diga- resulta que el texto constitucional puede interpretarse, reinterpretarse y retorcerse a conveniencia del consumidor, porque ya sabemos que el cliente siempre tiene razón y el Gobierno, ni te cuento. Además, ¿para qué queremos órganos judiciales y legislativos si ya tenemos un Ejecutivo que maneja el BOE con gran habilidad? La reciente sentencia del TC sobre la inmersión lingüística en Cataluña así lo refleja.

¿Porque alguien duda de que si en La Moncloa hubiera un Ejecutivo distinto y en la Carrera de San Jerónimo una mayoría diferente, la sentencia hubiera sido otra? Quien crea eso, merece un premio a la ingenuidad y el candor.

Desde los comienzos de la transición, todo atisbo de patriotismo ha sido sistemáticamente tildado de franquista cuando no directamente de fascista.

Quizá por eso se acuñó el término de patriotismo constitucional -como si la nación española hubiera sido fundada por la vigente Constitución- para tratar de acuñar algo que pudiera suscitar un consenso general, algún tipo de cohesión sin la cual no hay país que aguante. Esa actitud se manifestó en ocasiones puntuales, tan dispares como el asesinato Miguel Ángel Blanco y aquello del espíritu de Ermua -cuya duración fue tan fugaz que apenas podemos recordar nada del mismo fuera de la gran movilización popular que conllevó- la victoria de la selección de fútbol en dos campeonatos europeos y uno mundial y la reacción frente al proceso secesionista y golpista de la clase política nacionalista de Cataluña. Pero esa reacción se fue por el sumidero por una serie de razones, entre las cuales figura de manera destacada la demencial -o quizá malintencionada- gestión de la situación creada por la aplicación light del artículo 155 de la Constitución.

Cómo el espíritu de Ermua y la aparente reacción frente a los sucesos de Cataluña pudieron diluirse de semejante forma, resultaría un misterio digno de un programa de temas paranormales tan de moda si nos empeñamos en desconocer la dinámica mental y moral de los españoles, plasmada -de manera muy lamentable- ante circunstancias tan dramáticas como los atentados del 11-M. O su entusiasta complicidad con la ofensiva de género. Cuando estas elecciones se plantearon sobre la base de que el partido en el Gobierno había cometido la felonía de aliarse con extremistas, separatistas, golpistas y abertzales, no tuve duda alguna acerca del resultado: refrendo entusiasta de la felonía. Porque a mis compatriotas -por llamarles de alguna manera- ya los tengo calados hace mucho tiempo. Quien no se haya dado cuenta de que tenemos un problema extremadamente grave con nuestros convecinos, familiares, compañeros de trabajo, con las gente con la que nos cruzamos y tratamos cada día, es que vive en la más supina ignorancia. Y quien piense que escribo enfadado por los recientes acontecimientos, que se tome la molestia de leer mis colaboraciones anteriores y comprobará que llevo años diciendo lo mismo.

El 11-M fue una de esas ocasiones en las cuales un país debe elegir qué actitud adoptar ante los acontecimientos. Y en aquellas fechas, la ciudadanía, encabezada por sus políticos de uno y otro bando, decidió lanzarse los muertos a la cabeza y refrendar justamente aquello que los terroristas querían. Esa es la triste y cruda realidad de un país que, parafraseando lo ocurrido en aquellas jornadas dramáticas de marzo de 2004, es un país en vía muerta.

                                                                                                                                

                                                                                                                                
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