MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

LOS OTROS
Santiago Alcalá

                             

En principio, no tengo intención alguna de ponerme a escribir sobre cine, ni sobre la película “La vida de los otros” que F.H. von Donnersmarck dirigió allá por el 2006, ni siquiera acerca de “Los otros” de Alejando Amenábar y que protagonizada por Nicole Kidman, intentaba asustarnos con una historia de espíritus y cruces dimensionales. No, simplemente voy a decir alguna cosa sobre los otros, es decir, sobre los demás, sobre aquellos que no son nosotros. Y por supuesto, también sobre nosotros.

Hace tiempo, un grupo de inquietos decidimos constituir un foro de opinión y debate como medio para hacer llegar nuestros pensamientos y propuestas a la mayor cantidad posible de personas, contando con medios limitadísimos e incluso en muchas ocasiones sin medio alguno. Fue un empeño arduo, difícil y costoso, que supuso un considerable sacrificio personal de quienes formábamos parte de aquello, aunque con el tiempo, el desarrollo de la tecnología informática e internet, hizo mucho por facilitarnos las cosas. Aquel proyecto pasó por varias fases y situaciones y de alguna forma, ha venido desenvolviéndose con diferentes medios y enfoques a lo largo del tiempo, contando siempre con las posibilidades de cada instante. Allá por el principio de los años 90 del siglo XX, quisimos ser lo más originales y rigurosos posibles en la formulación y expresión de nuestras convicciones e inquietudes. La pregunta es, ¿lo hemos conseguido? Creo que la respuesta correcta es que en parte sí.

Digamos que sí en el fondo y quizá no tanto en la forma.

Porque a veces tengo la sensación de que en mucha gente más o menos afín existe un complejo atávico de dependencia exterior. Tengo claro que tan malo como encerrarse en un bunker mental es el convertirse en un altavoz de lo que piensan y dicen otros.

La opinión ajena no sólo es aceptable o interesante, sino que su conocimiento resulta imprescindible, porque si no aceptamos que los demás tienen cosas que decirnos y enseñarnos, estamos incapacitados para dirigirnos a los demás. Pero si nos empeñamos en ser altavoces repetidores de todo lo que puedan decir los demás, entonces es que nosotros carecemos de ideas propias y cualquier cosa que podamos decir resulta tan inútil como superflua. La vida no es aislamiento autista, como tampoco es seguidismo borreguil, sino interacción fecunda: ese es precisamente el camino que nos marcamos hace unas décadas. Pero sucede que esa vía de interacción, precisamente por ser la más correcta y útil, también es la más difícil de mantener. O nos andamos con mucho cuidado o terminamos saliéndonos del camino por babor o estribor. Y por ambos sitios salieron bastantes personas que iniciaron ese camino con nosotros. En algún punto del mismo, decidieron que por alguna razón resultaba más apetecible encender el altavoz y girarlo a derecha o izquierda.

Que nadie interprete estas palabras como un juicio personal hacia nadie, porque en ningún caso voy a cuestionar las razones que haya podido tener cada cual para salirse por la tangente: tan sólo pretendo expresar una reflexión personal acerca de una situación que hace mucho tiempo viene inquietándome e incomodándome. Y quede claro que mis incomodidades son mías, no pretendo transferirlas a nadie, aunque sí considero que puede resultar útil exponerlas.

Ante muchos acontecimientos del tiempo que nos ha tocado vivir, parece como si nos dejásemos llevar por un rapto de urgencia que si bien puede resultar comprensible en un partido político sometido al fragor de la batalla por la posición mediática, social y política cotidiana, resulta difícilmente entendible en quienes afirman buscar síntesis superadoras de partidismos y sectarismos, sin las urgencias antedichas. Pero por lo visto, la sombra de esos partidismos y sectarismos es tan alargada que no conseguimos zafarnos del todo de ella. No es algo que suceda sólo en nuestro entorno: le pasa a todo tipo de organizaciones sociales, foros y a la propia Iglesia católica... pero ello no debe constituir una excusa para intentar justificar esa renuncia a pensar por nuestra cuenta. Cosa esa de tener criterio propio que –además de resultar muy saludable- no sólo es un derecho fundamental, sino un deber cívico y moral. Lo demás equivale a vegetar en rebaños y si los principios éticos no son sólidos, incluso en manadas.

Sólo voy a referirme a dos ejemplos, porque si para muestra basta un botón, yo prefiero usar dos, por aquello de resultar lo más inteligible posible.

En primer lugar, nos referiremos a los terribles acontecimientos del 11 de marzo de 2004 en Madrid, cuando una serie de explosiones en unos trenes de cercanías provocaron la muerte de 192 personas y heridas a varios centenares. Aparte de la magnitud del atentado, lo característico de aquellos hechos fue su implicación política, las consecuencias que se derivaron para nuestro país y para la política internacional: cambió una tendencia electoral, modificó profundamente la dinámica de la sociedad española y produjo una transformación fundamental en el seno de la Unión Europea con la sustitución del Tratado de Niza por el Tratado de Lisboa. El resultado fue que de una Europa de Estados soberanos con deberes y derechos similares, pasamos a una Europa convertida en un juguete del eje francoalemán, a mayor gloria y provecho de los intereses de dos países, aunque uno de ellos lleve la voz cantante. La Mitteleuropa o el hinterland germano hecho realidad sin necesidad de calaveras, camisas pardas, ni divisiones Panzer. Nada sucede por casualidad, aunque hay que tener muchísimo cuidado antes de señalar al culpable, porque aunque más de un iluminado no lo crea, resulta que podríamos equivocarnos.

En aquellos días aciagos, España se dividió entre partidarios de la versión oficial -ridícula versión oficial- según la cual unos terroristas yihadistas habrían atentado en Madrid como venganza porque el Gobierno español apoyaba una guerra contra el mayor enemigo de los yihadistas que no era otro que Sadam Hussein -como hoy Al Assad- lo cual supone rizar el rizo del sinsentido y aquellos que sostenían que había sido ETA porque era lo que más convenía al acorralado Gobierno de Aznar de cara a las elecciones generales del domingo siguiente. Es decir, que la sociedad española, en un comportamiento colectivo de lo más indigno, se tiró los muertos –todavía insepultos- a la cabeza por el interés inmediato de unas elecciones a tres días vista.

Mucha gente de nuestro entorno podría haber resaltado esto y haber sacado la conclusión de que nuestro país adolecía de una serie de males políticos, sociales y éticos y por consiguiente necesitaba una profunda e implacable regeneración. Ah, pero lejos de eso, muchos se lanzaron a convertirse en altavoces de una de ambas posturas. Y total, ¿para qué? ¿Para ponerle palos en las ruedas al Gobierno de Zapatero y conseguir que ocho años más tarde el Gobierno de Rajoy terminase dando por buena la versión oficial, reconociendo implícitamente que habían mentido al pueblo español? Porque no nos engañemos: la versión oficial es un cúmulo de mentiras, pero la que sostenía el PP era otra ristra de patrañas. Lo que sucedió el 11- M fue algo más complejo e inconfesable que la autoría yihadista o etarra. Ya decía el mismísimo juez de la causa que la sociedad española no está preparada para asumir la terrible verdad del 11-M.

Resulta muy tentador ponerse a disparatar y decir que todo lo hizo la ETA con la complicidad de los socialistas, como si esa explicación tuviera algún valor. Y como si el PP careciese de responsabilidad en todo lo que sucedió. Porque si tengo algo meridianamente claro es que la víctima del 11-M fue el pueblo español -en gran parte con su propia colaboración- empezando por los directamente afectados por las explosiones, entre los cuales había bastantes extranjeros, por cierto: conviene no olvidarlo, porque el dolor no entiende de pasaportes. El gran problema del 11-M para aplicar el qui prodest es que el crimen benefició a una gran cantidad de intereses y colectivos, que directamente o de rebote, obtuvieron provecho del mismo. Lo cual no significa que necesariamente estén implicados. No es un asunto sencillo.

El segundo ejemplo es el conflicto de Oriente Próximo -será Oriente Medio para los norteamericanos, pero nosotros lo tenemos más cerca- donde las posturas habituales de muchos supuestamente afines me producen una absoluta estupefacción, entre otras cosas porque han asumido el discurso tercermundista y antisemita de la izquierda casposa, atribuyendo a los palestinos una aureola de santidad imaginaria, olvidando la génesis y la realidad del conflicto judeo-palestino. Tampoco sería muy inteligente ponerse a aplaudir la política israelí -hay quien lo hace y se queda tan ancho, conste- pero creer que los palestinos son las víctimas inocentes, angelicales y únicas del conflicto denota -aparte de una gran ignorancia histórica- las pocas luces y escasísimos hervores de mucho supuestamente afín. De los cuales yo estoy esperando todavía que dediquen tantos esfuerzos e indignación a denunciar el comportamiento de Marruecos con el pueblo saharaui como el que malgastan dando la matraca acerca de las maldades reales y supuestas -que de todo hay- de Israel hacia los palestinos.

Pero me voy a quedar con las ganas, me parece a mí. Como me temo que nadie va a incidir en la actitud de los regímenes árabes -integristas o no tanto- hacia los palestinos. Es más cómodo arremeter contra Israel -que ni es el malo universal ni está libre de culpa- que señalar el comportamiento de Jordania, Kuwait, Arabia Saudita y otros presuntos benefactores de la causa palestina. O el de Marruecos -no me cansaré de repetirlo- con los saharauis... con el agravante en este último caso, de que a los españoles nos afecta directamente.

Para muestra dos botones. Y para mi experiencia personal, la sensación de que convendría echar un vistazo a ciertos tópicos y lugares comunes que durante mucho, demasiado tiempo hemos considerado ciertos sin serlo. El revisionismo, lejos de ser un estigma, debería constituir un acto de profilaxis intelectual y moral. Y ya puestos, deberíamos plantearnos algo tan elemental como que quien presta su altavoz a los otros -renunciando a pensar por su cuenta- a lo mejor es que no es tan afín, sino que sencillamente, forma parte de los otros.

                                                                                                                                

                                                                                                                                
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