MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

TRONOS Y CADALSOS
Santiago Alcalá

                             

No, no voy a referirme a la Revolución Francesa, por mucho que el título de este artículo pueda sugerirlo: intentaré reflexionar más bien acerca de la incoherencia entre el pensamiento y los actos. Porque una gran tragedia de nuestro tiempo es esa incoherencia sistemática entre lo que se dice y lo que luego se hace. No voy a descubrir mundos, pólvoras ni mares, simplemente deseo hacer hincapié en un asunto mucho más grave de lo que la gente suele percibir: tan grave que puede afirmarse que es en gran parte el origen de nuestra caída en picado como sociedad en todos los aspectos, puesto que los males políticos, sociales y económicos no son otra cosa que una derivación de un error o transgresión moral original.

El hambre en el mundo, la injusticia social, la explotación del hombre por el hombre, las aberraciones contra natura, la opresión política, la corrupción y otras manifestaciones malignas, no son hechos inevitables, sino consecuencias indeseables -aunque desgraciadamente, no indeseadas- de actos deliberados y conscientes de la voluntad humana, son el resultado de un proceso volitivo.

¿Tiene alguna lógica que las autoridades eclesiásticas católicas manifiesten no su acatamiento -ya sabemos que éste se da por imperativo legal- sino su adhesión a formas políticas y sociales radicalmente incompatibles con la doctrina que están llamados a defender y a difundir? Porque el número de destacados representantes de la Iglesia Católica afanados en defender las excelencias del capitalismo liberal, del socialismo marxista, o de otras cosas tan aberrantes como nefastas –qué incongruencia la de un obispo católico convertido en jefe de un Estado que colaboraba con la política racista y genocida del III Reich, para suspicaces y mal pensados aclararé que me refiero a monseñor Tiso y a Eslovaquia- sin que parezcan plantearse si realmente esas cosas que les parecen tan maravillosas son o no compatibles con la doctrina de su Iglesia. Porque otra explicación -en absoluto descartable- es que sean plenamente conscientes de esa incompatibilidad y les traiga completamente sin cuidado, porque en realidad estén a otras cosas. Así, toleran -cuando no fomentan- que sus medios de comunicación se conviertan en voceros agresivos de determinado partido político de sesgo conservador cuya apuesta por el aborto, la agenda LGTBI, así como por modelos socioeconómicos basados en la explotación y la usura e incompatibles con la doctrina social de la Iglesia es más que evidente. O no se dan cuenta -y eso es muy difícil de creer- o simplemente a) les parece bien, o b) les importa un comino. Ambas posibilidades resultan muy perturbadoras.

¿Es comprensible la obsesión enfermiza de la autoproclamada izquierda por justificar y jalear todo aquello que supone posicionarse contra la integridad territorial de España? ¿Qué bandera progresista ven algunos en crear más fronteras y quebrar la solidaridad entre españoles? Porque la cosa tiene miga. La izquierda española no puede pactar con la derecha española porque claro, ellos son de izquierdas y resulta imposible hacer nada en común con la derecha -aunque el ejemplo de otros países nos muestra que no tiene por qué ser así- lo cual no impide que quienes se niegan a llegar a acuerdos de gobernabilidad con la derecha precisamente por eso, porque no se puede pactar con la derecha, no tienen inconveniente en pactar municipios, diputaciones, autonomías y el propio Gobierno central con partidos vascos y catalanes de derechas, como es el caso del PNV y de la antigua CiU, hoy PDeCAT.

Entonces el problema no es la derecha, sino que en el fondo no se sienten identificados con esa realidad histórica, política y jurídica denominada España. El PP no, pero CiU/PDeCAT y PNV, sí.

Resulta francamente risible escuchar al secretario general del PSOE decir que la causa es la corrupción del PP -hecho real e incontrovertible- cuando él lidera un partido enfangado en la corrupción de arriba abajo y no tiene inconveniente alguno en pactar lo que sea con los del tres por ciento catalán. Luego la causa no es la derecha ni la corrupción, sino otra.

Todos conocemos a gente que no para de quejarse y lloriquear porque la situación política y social dista mucho de la que les apetecería y para mayor escarnio, quienes están conduciendo el país en esa dirección que no les gusta, son miembros del partido al que han votado y contra el cual despotrican en todas las formas imaginable, sin omitir el árbol genealógico de sus principales dirigentes. El caso es que llegan las elecciones y a los supuestos indignados les falta tiempo para votar lo mismo que tanta indignación les produce y en muchos casos encomendarse a Santa Rita para que vuelvan a ganar y continúen haciendo lo mismo que tanto les indignaba. Porque en el fondo, los votantes son como los forofos de los equipos deportivos, sobre todo de fútbol: después de poner a caer de un burro al presidente, al entrenador, a los jugadores y hasta al masajista y el utillero, son capaces de pasearlos a hombros por la ciudad si a la pelotita le da por entrar. Son gente infantiloide, carente de cultura política y de la otra, ayuna de formación, sin pajolera idea de contenido ideológico alguno, con ideas muy peregrinas sobre programas electorales que jamás leen, entre otras cosas porque digan lo que digan y hagan lo que hagan, van a votarles igual. No votan ideas, ni propuestas concretas, ni siquiera intereses coyunturales, sino un logotipo, unas siglas, una marca. Como los forofos. Después se lamentarán de las decisiones que adoptan quienes ellos mismos han colocado en el Gobierno con sus votos, lamentos que duran hasta el final de la legislatura y las consiguientes elecciones, en las cuales volverán a votarles sin por ello dejar de maldecirles.

¿Quién no ha escuchado violentas diatribas contra los jueces porque tal criminal o tal político o empresario corrupto reciben sanciones muy leves cuando no disfrutan de impunidad? No caen en la cuenta de que un juez se limita a aplicar la ley, no a crearla, ni a establecerla. Multitud de personas son incapaces de distinguir entre el Poder Legislativo y el Poder Judicial, así como de percatarse de que el gran problema de la Justicia española es su falta de independencia, fruto del sometimiento del Consejo General del Poder Judicial al control político de los partidos. Pero el ciudadano medio no sólo no repara en eso, sino que encima pide que haya más control político sobre los jueces encargados de aplicar las mismas leyes nocivas y absurdas que han legislado aquellos que por lo visto, deberían controlarles aún más.

Por no hablar de toda esa multitudinaria -y no nos engañemos, también mayoritaria- caterva de sujetos partidarios del aborto y de políticas antinatalistas que luego ser quejan de la inmigración, de que no hay dinero para pagar las pensiones -aunque realmente sí lo hay si establecemos racionalmente las prioridades presupuestarias- y del envejecimiento de la población. Todo ello con una coherencia pasmosa.

Alguien dijo que un español es un señor -o una señora- que se queja de lo gordos y sobrealimentados que están los patos del estanque, mientras da de comer a los patos al lado de un letrero que prohíbe dar de comer a los patos. No es una exageración: hace tiempo ya que dejé de participar en conversaciones de barra de bar acerca de la situación política y social, porque constituye una lastimosa pérdida de tiempo. Ese amigo o vecino, aceptable profesional, pacífico ciudadano, correcto padre de familia, se convierte en un absoluto cantamañanas en el terreno político: por eso digo lo de pacífico ciudadano -que no se dedica a agredir físicamente a la gente, no pone bombas ni provoca incendios- porque lo de ejemplar, ya es otra cosa. Porque para ser un ciudadano ejemplar es preciso ejercer las funciones de ciudadanía y éstas sólo pueden ser desarrolladas desde el espíritu crítico, el conocimiento de lo que se trae entre manos y la buena fe. No desde el canguelo al adversario, las bajas pasiones, la ignorancia y las pequeñas -y a veces no tan pequeñas- corruptelas cotidianas.

La vida es un proceso continuo de elección y toma de decisiones que nos afecta y nos alcanza en todos los ámbitos imaginables: religioso, cultural, familiar, laboral, político, social, económico, deportivo. Inhibirse de la propia responsabilidad en el ejercicio de nuestros actos resulta tan inmoral como tomar decisiones contrarias al más elemental sentido ético. Y ambas cosas forman parte de la actitud constante de millones de personas.

Cada cual es muy dueño -que no libre- de pensar que tales cosas constituyen taras exclusivas de la clase política y que la ciudadanía es inocente y víctima inerme de tales maldades conspirativas... pero la verdad es que esa ciudadanía aunque sí es víctima, en modo alguno es inocente, sino cooperadora necesaria de las fechorías del establishment. Parafraseando a Vázquez de Mella, habrá que decir aquello tan tristemente acertado de que le erigen tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias.

                                                                                                                                

                                                                                                                                
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