MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

DE CLOACAS, ETIQUETAS, PEAJES,
MOSTRADORES Y VENTANILLAS

Santiago Alcalá

                             

Pese al encabezamiento, no voy a referirme hoy ni a sucursales bancarias ni a organismos administrativos relacionados con la función pública. Eso lo dejaremos para otra ocasión, en que habrá que referirse a cierta sociología que tiende a ensañarse con el subalterno para adular al dirigente y rehuir la propia responsabilidad: la individual y la colectiva. Porque el recurso al chivo expiatorio resulta tan útil y socorrido como injusto. No, en este caso voy a referirme a otra cosa, que podría definirse hablando de etiquetas. Tampoco es mi intención hablarles acerca de la necesaria y meritoria labor de los servicios de limpieza.

La sociedad española es muy proclive a etiquetarlo todo: conceptos, ideas, símbolos, personas... y no precisamente por apego a un determinado sentido del orden, sino por comodidad, por -digámoslo- esa vagancia psicológica que aflora cuando la mente está vacía y al espíritu quizá más le valdría estarlo, porque para llenarlo con según qué cosas, mejor dejarlo como está. Cuando no existe un bagaje cultural ni una inquietud vital, ni una sólida base moral, resulta muy cómodo etiquetar al prójimo, lo cual nos permite deshumanizarlo, criminalizarlo y destruirlo a efectos de convivencia y relación social en un ejercicio de manipulación difamatoria tan inane como perverso.

Reconozco que no resulta fácil escribir acerca de responsabilidades colectivas, siempre es mejor decir que el que manda tiene la culpa de todo y los demás somos sus víctimas inertes. Pero no es cierto. El que manda es culpable, pero el que obedece, también. En los delitos existe una graduación o catalogación según el grado de participación que cada cual haya tenido en el mismo: hay inductores, ejecutores, cómplices, encubridores... porque cuando el delito afecta a las estructuras de la sociedad y se comete de forma continuada, resulta imposible creer ni por un instante que no existe una actitud colectiva de complicidad, de aquiescencia generalizada. Es frecuente escuchar el relato de las maldades de tiranos y genocidas tales como Stalin, Hitler, Pol Pot o Mao. Pero ninguno de estos personajes hubiera podido mover ni un dedo sin la complicidad de amplias capas de su propia población. Ningún régimen pervive única y exclusivamente a base de represión, salvo en el caso de estar sostenido por una avasalladora fuerza exterior. Pero no estamos refiriéndonos a nada semejante, sino a esos crímenes que la colectividad decide ignorar cuando no ayudar a perpetrar. Los horrores del holocausto nazi, de las purgas estalinistas, de los genocidios chino y camboyano, o de horrores como los vividos en territorio vasco y navarro durante décadas, cuando el entramado criminal de ETA y afines gozaba de un manto de impunidad basada en la complicidad colectiva de amplias capas de la población, así como las bendiciones apostólicas de quienes hoy no recuerdan haber roto un plato y se permiten publicar documentos –por llamar de alguna manera a su basura pseudomoralizante- exhortando a una paz y reconciliación que ellos negaron a los demás durante generaciones, amparándose de manera fraudulenta tras unos hábitos y unas funciones que ni de lejos cumplieron. Aunque ahora nos dirán que no se enteraron o que tenían miedo... como si la ignorancia y el temor justificasen la colaboración con el mal. Si acaso, podrían explicar -nunca justificar- la inacción, la pasividad, pero jamás la colaboración. ¿Podría el miedo explicar a los colaboracionistas franceses con el ocupante alemán? El miedo -entendible, faltaría más- explicaría la parálisis, el retraimiento. La participación en el tinglado ya requiere otros calificativos.

Dicen que vivimos en la era mejor informada de la Historia. Es posible, pero eso, lejos de justificar a nuestra sociedad, la carga con mayor responsabilidad. Hace décadas era fácil secuestrar la verdad y engañar a la gente, si podías controlar los instrumentos adecuados: administración pública y medios de comunicación. Era complicadísimo investigar las fuentes y raíces de las noticias. Hoy, por el contrario, no resulta tan difícil: conseguir manipular a la gente es muy improbable y sin embargo, sucede continuamente. Es una paradoja explicable: los ciudadanos tenemos a nuestra disposición -gracias a las nuevas tecnologías- toda clase de herramientas para comprobar cualquier información. Pero lejos de ello, esa ciudadanía -compuesta por nuestros familiares, amigos, compañeros de  trabajo, vecinos, etc.- ha decidido dar por buena la manipulación y la instrumentalización mediática sin molestarse en ir las fuentes ni comprobar absolutamente nada. ¿Para qué, si ya te lo sirven todo cocinado e incluso digerido, como corresponde a la materia orgánica que hoy se consume por doquier? Pero, ¿quién necesita arriesgarse a descubrir verdades terriblemente incómodas cuando le sirven su ración diaria de patrañas políticamente correctas, que además de evitarle problemas, pueden incluso dejarle un regusto a buena conciencia?

Estoy convencido de que la gente, en general, ni mucho menos es tan idiota como algunos quieren creer. Otra cosa es que permitan que desde las alturas -y no me refiero precisamente a las celestiales- se trate a la ciudadanía como a un hatajo de borregos. Está visto que a millones de compatriotas les encanta serlo. España es un auténtico chollo para los sociólogos y los especialistas en conductismo y manipulación de masas: porque nos cuelan una y otra vez el mismo experimento sociológico con diferentes envoltorios y una y otra vez el pueblo español muestra su docilidad y su disposición a caer en la trampa: porque aquí hemos convertido esa trampa en una parte consustancial de nuestra identidad colectiva.

Algo funciona terriblemente mal cuando para adherirte a determinadas ideas y valores, necesitas pagar peaje y pasar por el mostrador o la ventanilla correspondiente, donde te servirán una ración debidamente condimentada... y te colgarán la correspondiente etiqueta.

Para que no se te ocurra pensar por cuenta. Y si cometes el error de hacerlo, ni se te pase por la imaginación expresarlo.

¿Qué te identificas con tu tierra? Pues ahí tienes al entramado nacionalistaseparatista de turno. ¿Cómo si no vas a identificarte con Galicia, Vascongadas o Cataluña... sin el permiso del BNG, las Mareas, el PNV, EH_Bildu, Nafarroa Bai, el PdeCAT, ERC o la CUP? Sin el permiso de las entidades mencionadas, ni se te ocurra invocar tu tierra.

¿Que tienes una conciencia nacional y un sentimiento patriótico definido hacia España? Pues ya estás etiquetado como derechista o ultra. Ahí tienes al PP, a Vox, o los distintos grupos y grupúsculos fascistoides de casi todos conocidos. Salvo que prefieras no meterte en líos y reservar tu fervor ‘patriótico’ para cuando un deportista o una selección española consiga un triunfo. Menuda experiencia el gol de Iniesta a Holanda, ¿no? ¿Qué importa que nuestro país esté en manos de una mafia de políticos y financieros rapaces y corruptos que han desmantelado prácticamente el país en su propio beneficio? ¿O que España sea el chico de los recados a nivel internacional de los intereses de otros? ¿O que nuestro país sólo sobreviva a base de ladrillo, sol y paella... sin olvidar la sangría y el tinto de verano? Un gol es un gol, ¿no?

¿Que tienes una gran inquietud y preocupación social? Pues te encaminas al sindicato de clase, al partido de izquierda o al tinglado progre de turno y te apuntas. Te colgarán la consabida etiqueta y a disfrutar del aquelarre morado contra el heteropatriarcado falocéntrico, de los colorines arcoíris del día en que sólo puedes enorgullecerte de no ser lo que la inmensa mayoría somos y cosas por el estilo. Pero claro, a tí lo que te interesaba era la justicia social, los derechos de los trabajadores, las familias modestas, los marginados y parias de la tierra... pero es que eso es horrible, a ver si vas a ser un populista de esos que ponen fake news por ahí -como si la información falsa no fuese un constante desde hace décadas y décadas- y hacen discursos de odio... como si nuestra sociedad no estuviera edificada sobre el odio puro y duro.

Hagas lo que hagas, de la etiqueta, del mostrador y de la ventanilla no te va a librar ni la caridad. Todo el pescado está vendido desde hace mucho tiempo y el sistema partitocrático que ha sustituido la democracia por el imperio de la oligarquía político-financiera, no admite otra cosa que no sea el control y el dominio absoluto sobre cualquier actividad humana, sea ésta religiosa, política, cultural, social, deportiva, sindical, mediática... desde la parroquia, el partido, el sindicato, la administración pública, la organización empresarial, la banca, la judicatura, la ONG, la asociación de vecinos, el periódico, la radio o televisión... hasta el club de fútbol o la peña de amigos. Nada puede escapar a su control, porque en el fondo, son unos alumnos aventajados de Mussolini y su pretensión de que nada quedase fuera del Estado. Con la diferencia de que éstos han convertido el Estado en un instrumento al servicio no de la sociedad, sino de un interés sectario.

Afortunadamente, no son dioses -aunque sospecho que han llegado a creerlo- y como el control absoluto que pretenden es completamente imposible por razones de imprevisibilidad física que parecen no tener en cuenta, espero que ellos mismos pondrán en marcha el mecanismo de su autodestrucción. Es más, ya lo han puesto a funcionar, aunque su soberbia les impida percatarse de ello.

Ignoro qué pasará en las elecciones generales del 28 de abril: pero sea lo que sea, no tendremos más remedio que taparnos las narices para evitar las arcadas. Aquellos que creéis en pececitos de colores y regeneraciones milagrosas de color verde, disfrutadlo mientras podáis, para lamentaciones y decepciones habrá tiempo de sobra. Porque si algo tengo meridianamente claro, es que el camino de las etiquetas, peajes, mostradores y ventanillas, termina indefectiblemente en las cloacas.

                                                                                                                                

                                                                                                                                
A Página Principal

NUEVO CRITERIO - MILENIO AZUL
Apartado de Correos 47  -  15080 La Coruña, España
milenioazul2000@yahoo.es