MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

APRETEU...
Santiago Alcalá

                                                                    
                                                                                             

Cataluña se ha convertido en protagonista del relato informativo nacional desde hace un tiempo. De la vida política nacional lleva siéndolo desde que el Estado español decidió dedicar todos sus esfuerzos a convertir a Cataluña en la comunidad privilegiada por excelencia en España. Tal cosa, que en sí no tiene por qué ser absolutamente negativa, presenta el grave problema de que su consecución pasa por la postergación forzada de otras comunidades españolas. Es lo que tiene la llamada discriminación positiva, que es lo primero pero no lo segundo.

Hace meses saltaba la noticia de que el Gobierno -en aquel entonces, del Partido Popular- había decidido intervenir para limitar la producción de diversos bienes de consumo en determinadas regiones, entendiendo que podrían constituir una competencia indeseada para los productos catalanes.

Es decir, que el Estado negaba a determinadas comunidades la posibilidad de producir más y competir en el mercado para proteger la economía de una Cataluña cuyas instituciones autonómicas se habían declarado en rebeldía contra la Constitución y el ordenamiento jurídico nacional. Esa rebelión -llamémosle a las cosas por su nombre a despecho de togas serviles- provocó un éxodo masivo de empresas y firmas comerciales varias hacia otras partes del territorio nacional. El Gobierno presidido por Mariano Rajoy, que tanto presumía de su apuesta por el liberalismo económico, se puso a practicar el más descarado y descarnado intervencionismo -al peor estilo populista- para evitar que la desafección y la deslealtad de las instituciones autonómicas catalanas revirtiese en su contra, procurando que el golpe no tuviese consecuencias demasiado graves para sus promotores. En este caso, se ha hablado hasta la saciedad de los políticos implicados, pero se ha pasado como de puntillas sobre la trama mediática y empresarial del golpe. Porque el famoso “procés” de independencia contó con la complicidad de una parte nada desdeñable del tejido empresarial catalán. No voy a ponerme a citar aquí conocidísimas marcas de uso habitual por parte de los consumidores de toda España, porque están en la mente de todos y porque no me da la gana de hacerles publicidad gratuita. Hace tiempo que me cuido muy mucho de no comprar nada que tenga que ver con ese listado. De la misma forma que no me parece justo lanzar una especie de fatwa o anatema contra todos los productos catalanes en general, pues afortunadamente hay casos y casos. Y bastantes problemas tienen ya en su propia tierra quienes han tenido la decencia de no colaborar con el proceso golpista.

Pues bien, para amortiguar las consecuencias de la rebelión a las marcas implicadas en la misma, aparece una vez más el Estado español y decreta que los españoles no tenemos derecho a competir con los productos catalanes e igualdad de condiciones. Si esta actitud -máxime viniendo de un Gobierno que presumía de liberalismo económico- resulta indignante e inadmisible, no es algo nuevo en la vida política y económica de España.

El Estado español lleva casi tres siglos haciendo exactamente eso: frenar la competitividad, el impulso emprendedor y la vitalidad social del resto de España para privilegiar y sobreproteger a una parte de ella. No es un tema baladí, porque semejante conducta institucional ha tenido como consecuencia el que España sea un país terriblemente desigual, tremendamente injusto y los mejores impulsos de sus ciudadanos se vean continuamente frenados y deshechos, desincentivando la creatividad y deviniendo en un país con graves mermas. La tragedia de la emigración ha sido una consecuencia de ese comportamiento del Estado español.

El 2 de febrero de 2014, el diario “ABC” publicó un interesante y revelador artículo de Luis Ventoso titulado “De cómo Cataluña se volvió rica y Galicia, pobre”. Recomiendo su lectura completa, aunque sí podemos recordar aquí algún contenido del mismo. Desgrana la situación de Cataluña y Galicia hasta el siglo XIX. Dice que en 1787, Galicia contaba con 1.300.000 habitantes -y una pujante industria- mientras que Cataluña tenía unos 800.000 habitantes. Cuando se produce la desamortización y los impuestos estatales -en metálico- sustituyen a los eclesiásticos -en especie- el campesino gallego se ve acogotado. A partir de aquí se produce todo un despliegue de medidas proteccionistas hacia Cataluña y Vascongadas por parte del Estado en detrimento de las demás regiones, incluyendo el aislamiento ferroviario de Galicia. Estas medidas suponen un colapso económico y social de Galicia, de la cual tendrá que emigrar una parte sustancial de su población para evitar la miseria y el hambre... en una región tradicionalmente agrícola, ganadera y marinera.

Cita un ejemplo muy digno de ser tenido en cuenta, el de Stendhal, quien en 1839, en su “Diario de un Turista” afirma: “Los catalanes quieren leyes justas, a excepción de la ley de aduana, que debe ser hecha a su medida. Quieren que cada español que necesite algodón pague cuatro francos la vara por el hecho de que Cataluña está en el mundo. El español de Granada, de Málaga o de La Coruña, no puede comprar paños de algodón ingleses, que son excelentes y cuestan un franco la vara”.

Con medidas semejantes, el Estado español fue convirtiendo a toda España en una economía cautiva de Cataluña. Y los nacionalismos vasco y catalán nacieron, promovidos por sus burguesías y oligarquías, entre otras cosas, para apuntalar y blindar esa situación de privilegio. El nacionalismo siempre exalta el hecho diferencial, no aquello que puede suponer unidad y esfuerzo común, sino lo que les convierte en distintos -y según ellos, superiores- a los demás. Y cuando consideran que sus prebendas no son suficientes, recurren a la vieja cantinela del victimismo. Y no hay cosa más repelente que el victimismo de los victimarios.

Digámoslo claro y sin ambages: si la Generalidad de Cataluña se ha sublevado contra la Constitución y el orden jurídico nacional, el Estado español ha traicionado de la forma más vil al resto de los españoles, incluyendo aquellos que en Cataluña no han querido ser partícipes de la rebelión. ¿Será necesario recordar las veces que el Gobierno presidido por Mariano Rajoy -ese mismo sujeto que cuando estaba en la oposición bramaba públicamente por que España fuese “una nación de ciudadanos libres e iguales”- ha saqueado los fondos dedicados a financiar las diferentes comunidades autónomas para subvenir los dispendios de la Generalidad catalana, tales como la tristemente célebres embajadas del Diplocat? ¿A alguien se le escapa que el proceso separatista ha sido financiado no sólo con dinero público autonómico sino con la complicidad del propio Estado? ¿Es de recibo anular inversiones previstas en Extremadura, Galicia, Murcia, La Rioja o Castilla-La Mancha para salir al rescate de los desafueros del golpismo separatista? Pues eso ha hecho el Estado. Y eso continúa haciendo. Y mientras tenemos que escuchar el que un capitoste catalanista diga que para qué queremos los gallegos el AVE si ya tenemos marisco -como el diputado de la entonces CiU Pere Macias, quien protestaba por una modesta inversión ferroviaria de ADIF en Galicia, que él creía que debería haberse hecho, para no variar, en Cataluña, llegando a decir en el Congreso que los gallegos ya teníamos muy buenos percebes- y que a cada anuncio de inversión en Galicia, la Generalidad ponga el grito en... iba a decir el cielo, pero me temo que estos tienen más que ver con el infierno. Lo peor es que una y otra vez esto ha supuesto un frenazo y marcha atrás del Estado, que se ha apresurado a desinvertir en Galicia, Extremadura, Asturias o Castilla-León para regar de dinero público de todos los españoles las perversas aspiraciones de la clase política y la burguesía económica catalanas. Es decir, que -digámoslo alto y claro- el Estado español ha saqueado a España entera para cofinanciar el golpe de los políticos nacionalistas catalanes contra ese mismo Estado. Si eso no es traición y complicidad, entonces no sé de qué estamos hablando. 

En su momento, el sujeto que oficia no se sabe bien si de presidente de la Generalidad de Cataluña o de vicario del señor Puigdemont, el tal Quim (Joaquín) Torra, le dijo a los gángsters de los CDR: “Apreteu i feu bé d´apretar”. Es lo mismo que desde hace casi tres siglos viene diciéndole la oligarquía político-económica vasca y catalana al Estado español: “Apreteu i feu bé d´apretar”. Apretad todo lo que podáis al resto de los españoles para que nosotros podamos vivir mejor que ellos y a costa de ellos; apretad al resto de los españoles para que nos financien el chiringuito, el estanque dorado; apretad a los españoles para que cualquier cosa que se les ocurra hacer no compita con las nuestras; apretad bien a los españoles para desincentivar su espíritu emprendedor, para marchitar sus ilusiones y destrozar sus mejores esperanzas, para convertirlos en una masa cautiva al servicio de nuestros intereses...

Si rebelarse contra el orden institucional del país pretendiendo la secesión constituye un acto de enorme gravedad y absolutamente inadmisible, lo que el Estado español, el Estado traidor, el Estado antinacional, el Estado felón ha venido haciendo con el resto de los españoles, es incluso peor. El Estado no es garantía de nada, como no sea de la preservación de los intereses más sucios y espurios, el Estado español -más bien el Estado antiespañol- constituye un peligro público que en algún momento habrá que atajar si no queremos que ese Estado acabe definitivamente con la comunidad histórica, política, social, jurídica, y humana que conocemos como España. El Estado español es el mayor desastre que le ha podido suceder a nuestro país. Del mismo sólo podemos esperar lo peor cuando suena la voz de su amo: “Apreteu...”

                                                                                                                                

                                                                                                                                
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