MILENIO AZUL
Círculo Nuevo Criterio

 

T E M A S

ECOLOGISMO Y PARADOJA DE JEVONS
Cedric Gossart

 
                          

Bill Gates pidió al presidente estadounidense Barck Obama triplicar los gastos en investigación sobre las energías limpias, sobre todo para no quedarse rezagados con respecto a China. Sin embargo, las tecnologías ‘verdes’, que muchos ven como una nueva burbuja, no siempre tienen los efectos esperados sobre el medio ambiente…

 

Vuestro proveedor de agua os propone adoptar una conducta ecológica y pasar a la facturación electrónica. Argumenta que así se ahorrará el papel. Y, como al hacerlo, la empresa reducirá sus gastos, os ofrecerá tarifas más atractivas. ¡Así que la ecología se uniría a la economía, para el máximo beneficio de todos! Pero, en la práctica, ¿no os incitarán esos precios más bajos a regar el césped o a tomar varios baños a la semana? ¿Sigue siendo tan ecológico eso? Los economistas denominan a esta paradoja ‘efecto rebote’ y decir que este ensombrece las perspectivas de la economía ‘verde’ es quedarse corto.

¿Pero en qué se utilizará el ahorro producido por cambiar, por ejemplo, los viejos contadores eléctricos por los contadores ‘inteligentes’? Algunos estudios no publicados de los servicios de investigación de EDF (Electricité de France) muestran que, cuando las tarifas bajan, las familias de renta baja tienden a aumentar la temperatura de su vivienda. Y los hogares ricos no se quedan atrás, con la frenética renovación del equipamiento avanzado. Cuando un bien o un servicio baja su precio tendemos, sin pensarlo, a consumir una mayor cantidad del mismo. Y, en este caso, en el momento en el que se llega a la temperatura considerada suficientemente confortable, el ahorro económico se destinará a la adquisición de otros bienes de consumo (una pantalla de plasma, un viaje en avión, un teléfono ‘inteligente’, etc.) cuyo balance de carbono será, por otra parte, probablemente más perjudicial para el medio ambiente. Al final, el beneficio ecológico gracias a la tecnología se reduce enormemente –o pasa incluso a ser negativo, en algunos casos- mediante un ajuste de los hábitos individuales. Estos constituyen, sin embargo, el blanco principal de las campañas oficiales de comunicación acerca del ‘desarrollo sostenible’, que ensalzan la imagen del ‘consumidor responsable’.

En este laborioso  inicio del siglo XXI, industriales y gobernantes ven en la tecnología el milagroso catalizador capaz de poner en marcha un nuevo ciclo de crecimiento, de crear empleos, de reabsorber los déficits, de reducir las desigualdades y, por supuesto, de recuperar los ecosistemas naturales. En todas las estrategias planteadas para multiplicar la mejora de la calidad de vida y la explotación de ‘servicios naturales’ –energía, materias primas, gestión de residuos…-, las nueva tecnologías cumplen un papel determinante. La informática, en particular, ofrecería una herramienta esencial para ‘revertir el desafío climático’, mediante la reducción del consumo de energía.

Gracias a las tecnologías verdes de la información (en español ‘TIC verdes’, en inglés Green IT), así como a la permanente reducción de los costes de los productos electrónicos, los ‘productores responsables’ sacan al mercado teléfonos y ordenadores ‘verdes’, fabricados con plástico reciclado, bambú, etc. Algunos llegan incluso a financiar talleres aplicando la normativa europea para el tratamiento de los residuos electrónicos en países que los importan más o menos legalmente. Es una práctica corriente por parte de los distribuidores comprar aparatos usados con el fin de reciclarlos, para que sean comprados de nuevo. Así, todos podemos disponer de un teléfono en cada bolsillo, de un televisor en cada habitación, de un ordenador portátil de todos los tamaños posible, y hasta ‘de música en todas las plantas’. Pero la máxima sofisticación son los funerales virtuales, alabados por la prensa por su ‘ecologismo’, porque es evidente, parece, que ‘permiten evitar un derroche de recursos naturales –por lo menos, en este caso particular, el efecto rebote apenas cuenta-. Por tanto, la consideración de esta realidad podría perfectamente transformar el carácter milagroso atribuido a estas ‘tecnologías verdes’ en simple quimera.

Los economistas distinguen tres tipos de efectos rebote. El primero, denominado ‘directo’, es el más intuitivo: cuando se reduce la intensidad en energía de un servicio, su coste baja; el ahorro así efectuado permite, por consiguiente, consumir más de ese mismo servicio. El ejemplo clásico es el del automovilista que reemplaza su viejo automóvil por un modelo más eficiente, y que aprovecha el ahorro en combustible para conducir con mayor frecuencia y en distancias más largas. Otro caso típico es el de la calefacción.

En Francia, el sector residencial y terciario va a la cabeza en el consumo de energía (43% del total, por delante de los transportes y la industria); dos tercios de este son debidos a la calefacción. Paradoja: por un lado, gracias a los trabajos de administración de la energía, a las reglamentaciones térmicas, etc., el consumo medio para calentar un metro cuadrado pasó, de 1973 a 2005, de 365kWh a 215 kWh; por el otro, el consumo de energía por la calefacción aumentó un 20% desde 1970. ¿Habría absorbido un efecto re bote parte del ahorro conseguido? Todo induce a pensarlo. Entre 1986 y 2003, pese a las políticas de economía energética, la temperatura media de las viviendas francesas pasó de 19ºC a 21ºC (cada gado de más aumenta el consumo de energía en un 10%). Para mucha gente, mejorar el confort implica sobrecalefacción y sobreconsumo, hasta para los administradores de fincas, a los que a veces se les va la mano con el termostato de la calefacción comunitaria. Según la Agencia francesa de Medio Ambiente y Gestión de la Energía (ADEME, por sus siglas en francés), un piso habitado no tendría que superar una temperatura media de 19ºC. Por encima de eso, la sensación de confort puede tener efectos nefastos para la salud (erupciones cutáneas, sudores, hiperventilación).

En Estados Unidos se da el mismo patrón. Según el informe anual de 2010 de la agencia estadounidense de la energía, el consumo energético y las emisiones de CO2 por dólar de Producto Interior Bruto disminuyeron más del 80% desde 1980. Esto no impidió que el consumo total de energía y las emisiones de CO2 del país aumentaran un 25% y un 165% respectivamente durante el mismo período. Por tanto, los beneficios de una campaña pública de sensibilización a la sobriedad energética se anularon.

Algunas políticas son directamente cuestionadas cuando aparece un efecto rebote. Este es el caso de las normas de rendimiento energético, que favorecen la aparición de innovaciones tecnológicas. En efecto, se registra una tendencia a temperaturas más altas en las viviendas más nuevas que en las construcciones antiguas. Gracias a las técnicas para mejorar el aislamiento y la ventilación, mantener la temperatura de las habitaciones de una vivienda en un nivel más alto ya no plantea problema. De ahí que una política orientada a reducir el consumo de energía haya provocado el efecto inverso.

Se utilizan varios métodos para medir el efecto rebote. Por ejemplo, la elasticidad precio: si el consumo en kilovatios-hora aumenta un 2% tras una reducción de las tarifas de la energía de un 10%, el efecto rebote es del 20%. En el sector del transporte, se mide el aumento del consumo de combustible ocasionado por una mayor eficacia de los vehículos. En ese caso, la innovación tecnológica reduce el coste del transporte por kilómetro, algo que tiende a alargar las distancias recorridas, y a aumentar el consumo global de combustible. Para Estados Unidos, ese efecto se estimó entre un 20% y un 30%.

En el Reino Unido, un estudio evaluó en cerca del 30% el efecto rebote derivado de las políticas de ahorro energético implementadas entre 2000 y 2010. Es decir, las ganancias en eficacia energética producidas por esas políticas no pueden considerarse rentables a menos que logran superar ese índice del 30%.

El segundo tipo de efecto rebote es indirecto. Contrariamente al caso anterior, el consumidor estima haber alcanzado un nivel satisfactorio de consumo del servicio cuyo precio ha bajado. Pero gastará de otra manera el dinero ahorrado, lo que conduce a aumentar los flujos de materias en la sociedad. Por ejemplo, una familia podría utilizar la diferencia obtenida al aislar las ventanas en la compra de una videoconsola o de un nuevo televisor. ¿Habrá que ver en ello un efecto de la prescripción paradójica de adoptar un comportamiento ‘ecológicamente responsable’ y, simultáneamente, dotarse del último aparato de moda? El mismo correo que aconseja al cliente, por una conciencia ecológica, adoptar la facturación por Internet, le recuerda cuántos puntos tiene para cambiar ‘gratuitamente’ el teléfono móvil.

El confort actualmente presupone un sobreequipamiento en aparatos eléctricos que consumen mucha energía y contaminan. Los aparatos eléctricos, sin contar los de calefacción, representan el 20% del consumo de energía. A través de un efecto rebote indirecto, el ahorro efectuado en calefacción puede trasladarse al consumo de los productos electrónicos de entretenimiento, que pasó de 18 kWh en 1973 a 321 kWh 25 años después.

La difusión del equipamiento electrónico conduce a un tercer tipo de efecto rebote, susceptible de modificar la estructura misma de las sociedades humanas. Cuando la eficacia con la que se explota un recurso aumenta, el coste de este disminuye, favoreciendo las actividades socioeconómicas que lo utilizan con gran intensidad. Estas últimas atraen en ese momento capitales financieros y colaboradores de alto rendimiento, fortaleciendo su posición hasta dominar la competencia. Como consecuencia, la economía entera se vuelve hacia ese recurso que se abarató.

El petróleo constituye un ejemplo perfecto de este encadenamiento, si consideramos el impacto de su explotación y producción sobre las sociedades mecanizadas, industrializadas, urbanas y motorizadas. De la misma manera, nuestra capacidad exponencial de transportar y almacenar un byte de información está en camino de transformar profundamente la sociedad. Como en el caso del automóvil, puede resultar difícil para los individuos desprenderse de la ‘civilización de los hidrocarburos’ a la que estamos sometidos, en sentido literal.

Aunque estos fenómenos no son nuevos, siguen siendo difíciles de comprender, ya que obligan a concebir, para cada técnica empleada, el conjunto de las consecuencias estructurales que su empleo masivo puede generar.

En 1865, en un libro titulado The Coal Question (‘La cuestión del carbón’), el economista inglés William Stanley Jevons compartía sus temores en relación con el agotamiento, hacia finales del siglo XX, de esa fuente de energía vital para el poder de su país. Es cierto que el carbón no desaparecerá tan rápido como él pronosticó, pero el argumento teórico de la ‘paradoja de Jevons’ conserva su solidez: cuanto más eficazmente utilizamos el carbón, más consumimos. En efecto, si necesitamos menos carbón para producir una tonelada de fundición en bruto, las ganancias de la industria siderúrgica aumentan. Esto incita a los industriales a aumentar sus volúmenes de producción y disminuir sus costes de producción, provocando así un incremento del consumo de carbón y las ganancias obtenidas. En consecuencia, crecen los dividendos y –en teoría- los salarios, así como el consumo neto de los trabajadores y los accionistas. Por tanto, todo descenso del coste de la energía llena el ‘depósito de las demandas no satisfechas’; y un tiempo de trabajo extra tomado del descanso asegura el aumento del presupuesto necesario para satisfacer esas demandas. El consumo del recurso utilizado de forma más eficaz disminuye… pero para tomar nuevo impulso.

Al igual que los combustibles energéticos, las tecnologías de la información son en la actualidad indispensables en todos los sectores económicos. Como el automóvil, estas transforman las sociedades, favorecen innovaciones más rápidas, aumentan las economías de escala. Gracias a ellas, un mayor número de productores se encuentran capacitados para innovar y… la obsolescencia de los bienes y servicios se acelera. Lejos de alargar la vida útil de los aparatos y la capacidad de repararlos, el ciclo de vida de estos productos se acorta, provocando un aumento de la necesidad de materias primas para fabricarlos.

Existen otras causas del efecto rebote: consumimos un bien o un servicio porque nos procura un nivel más elevado de confort o rendimiento, pero también porque nos hace ganar tiempo; y este puede tener importantes repercusiones al difundirse masivamente en la sociedad. Por ejemplo, primará el uso de los medios de transporte rápidos, así como los desplazamientos individuales sobre los colectivos -y, por tanto, crecerán las colas de espera en los aeropuertos o los atascos en las carreteras…-.

Los usuarios de Internet también son víctimas de un fenómeno de ese tipo. El acceso inmediato a documentos que en el pasado habría sido necesario encargar por correo o ir a consultar a una biblioteca genera una profusión de información, y esto desemboca finalmente en que dedicamos más horas de lo previsto a leer esa documentación en la pantalla. Como sugiere  Hartmut Rosa, todo parece como si la aceleración exigiera, paradójicamente, más tiempo.
 

 

Fuente:
LA PARADOJA VERDE
Cedric Gossart
Le Monde diplomatique, agosto 2010

                   

 
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